lunes, 20 de noviembre de 2017

Transplante de Cabeza

Transplante de Cabeza
por Antonio Mora Vélez
Colombia (1941)
Surreal-Paintings-by-Samuli-Heimonen

Mi nombre es Carlos Lince y soy un ciudadano común y corriente de este país. Trabajo en un colegio de secundaria como docente de mandarín, idioma que aprendí de niño en Shanghai durante los años que estuvo mi padre en esa ciudad haciendo parte del cuerpo diplomático de Colombia en la República Oriental China. Vivo en una ciudad intermedia de clima templado y bastantes parques y avenidas arborizadas, fiel copia de las recientemente construidas en los Estados Unidos del Este para descongestionar las antiguas metrópolis. Estoy casado con una mujer menudita de cabellos rubios que me ha parido tres hijos: una hembrita y dos varones que ya están en la universidad. Resido en un barrio de forma circular que tiene como eje un gran centro comercial en donde se encuentran todas las oficinas, tiendas y servicios. Voy a mi lugar de trabajo todos los días en mi automóvil marca Lada.
En mi misma calle reside mi amigo Juan Cruz, también casado y con hijos pero mecánico de profesión; Juan —a diferencia mía— va todos los días a su taller en una motocicleta de alto cilindraje con la que despierta a todo el mundo por las mañanas con su ruido. Su esposa no es rubia sino morena y tiene el mejor cuerpo de la vecindad; trabaja como cajera en una tienda de víveres. La misma que mi señora y yo visitamos casi todos los días para comprar jamón de pavo, lonjas de queso dietético y un pan francés con ajo, para la cena.
La historia de este cuento comenzó cuando supe que tenía un cáncer de riñón con varias metástasis y que ya nada se podía hacer distinto de prolongarme la vida unos años más. “Que sean cinco, doctor —le dije al urólogo—, para poner en orden todos mis asuntos de familia”. Y así me propuse hacerlo con la ayuda y comprensión de mi esposa. Primero redacté el testamento de los bienes muebles y de los bonos y acciones, y traspasé la propiedad de los inmuebles, que no eran muchos, a mis hijos. Después me dediqué a hacer lo que antes había aplazado por mis ocupaciones o mis achaques de salud, como por ejemplo: comer todo lo que me había sido prohibido por los médicos, ir al teatro de conciertos con la familia, jugar ajedrez con los dos varones, ir al campo nudista con mi esposa y visitar a los amigos, en especial a Juan, a quien poco visitaba aunque lo saludaba todos los días cuando salíamos para el trabajo y lo veía salir disparado como alma que lleva el diablo con su Yamaha de alta potencia.
—Un día de estos te vas a matar con esa moto —le gritaba a ratos para censurarle su velocidad por las calles.
No sobra decirles que surgió entonces entre ellos, los Cruz, y nosotros, los Lince, una comunicación permanente de calle de por medio y una gran ayuda de puerta a puerta, que me hizo sobrellevar la tortura de saber que en contados años o tal vez meses, entregaría mi cuerpo a la madre tierra y mi alma al gran espíritu universal que según el cerebro conservado de Stephen Hawking, habita en el mega universo que nos envuelve, el cual filtra a través del Big Bang la energía sutil que después se transforma en las partículas de nuestro mundo y dan origen a las galaxias y planetas que conocemos.
Pero ocurrió algo inesperado pero previsible. Un día, que resultó ser el día menos pensado, Juan Cruz, aficionado a la velocidad, murió estrellado contra un árbol de una de las avenidas circulares exteriores. Su moto tropezó con un pequeño obstáculo de la vía y él salió disparado en dirección al tronco grueso de la ceiba que se encontraba al fondo de la curva. Eso dijeron los periodistas que tuvieron acceso al filme grabado por una de las cámaras de velocidad del sector.
Afirman quienes los vieron —yo no me atreví a hacerlo—, que su cabeza quedó destrozada y que en cambio su cuerpo quedó intacto sin rasguño alguno, tirado contra el piso con los brazos y piernas abiertos.
Aquí debo contarles que los urólogos del Hospital Oncológico me habían dicho que existía la probabilidad de prolongar mi vida y de acabar con el cáncer si encontraba quien me donara un cuerpo sano, proceso éste que tenía el visto bueno de la ciencia y de las autoridades pero que enfrentaba la resistencia de los familiares de donante y donatario. Y por eso exclamé: ¡Eureka! al saber que el cuerpo de mi amigo había quedado sano, porque era un cuerpo de apenas cuarenta años y el mejor conservado del barrio no solo por obra y gracia del trabajo de Juan como mecánico automotriz sino porque era un aficionado a la gimnasia y a las pesas.
Como lo deben suponer, antes de que lo pudiesen cremar, puse en conocimiento de sus deudos mi aspiración de contar con ese cuerpo por el resto de mis días para así sacar el cáncer de mi pensamiento y de mi vida, y vivir más años dedicados a mi hogar y mi trabajo y ver progresar a mis hijos y crecer a mis nietos. A Sara —la viuda— no le pareció descabellada la idea. “Si se lo hubieras propuesto en vida con seguridad lo habría aceptado, enamorado como estaba de su físico”, me dijo. “Además, lo que menos le servía era la cabeza, tan loco como era”, agregó. Pero a mi esposa no le gustó tanto. “Oye ¿no has pensado que si eso ocurre yo tendría que acostarme en adelante con tu cara y tu cerebro pero con el resto de Juan? ¿Que Sara podría alegar derecho de uso sobre el órgano de su marido muerto?” ¿Y que sus hijos querrán verte todos los días en el gimnasio para sentir que tienen todavía a su padre vivo?
—¡Mierda!… la verdad no había pensado en todo eso… pero es el precio que hay que pagar por la vida —le respondí.
Y así fue. Se hizo el trasplante del cuerpo de mi amigo a mi cabeza o de mi cabeza al cuerpo del amigo —como quieran— (cirugía complicada pero que fue bien realizada por los cirujanos con la nueva tecnología quirúrgica y la utilización del polietilenglicol (PEG) para pegar las dos secciones de la médula espinal, que era lo más difícil) y se procedió a la cremación de mi cuerpo invadido por el cáncer y de la cabeza muerta de Juan. Una ceremonia que presentó el dilema de definir dos cosas: Primero: si Juan moría no obstante quedar vivo su cuerpo o si el muerto era yo por haber sido cremado el mío. Lo que se resolvió de manera obvia al dejar constancia de que una parte de los dos moría y que la otra parte quedaba con vida pero que para efectos de la ley el fallecido era Juan Cruz porque ya no podía pensar más y yo sí. Y segundo: definir ¿qué primaba, si la identidad de las huellas dactilares supérstites, que seguían siendo las de Juan, o el pensamiento del nuevo ser que continuaba siendo el mío? Asunto que también se resolvió con el cambio de huellas en mis documentos, previa constancia de la cirugía de trasplante y demás pruebas conducentes aportadas por el Hospital y por nuestras familias.
Pero el conflicto ideológico mayor fue el teológico. Si el alma está unida al cuerpo en vida y sale de éste con la muerte ¿Cuál alma salió y cuál se quedó en el nuevo ser? ¿Salió solo una parte del alma de Juan —la de la cabeza— y la otra se quedó en su cuerpo ahora mío, y también, en mi caso, salió una parte de mi alma al cremar mi cuerpo y la otra quedó en mi cabeza? ¿O lo que es lo mismo, coexistían en mi nuevo ser dos almas diferentes? El debate se abrió y en él, durante varios días, participaron por las redes sociales los más eminentes teólogos del mundo, algunos partidarios de la tesis del alma múltiple según cada parte del cuerpo humano, que fue considerada una burda tergiversación de la tesis aristotélica; y los otros, radicales defensores de la unidad del alma humana, quienes afirmaban que el alma reside en algún lugar de la corteza del cerebro aún no descubierto y que su origen se remonta a los cromosomas que nuestros antepasados del cielo dejaron sembrados en nuestra memoria genética. “El alma que te acompaña es la tuya, la de Juan se fue con su cabeza”, me decía mi mujer para quitarme esa duda de mi pensamiento.
Para no alargarles el relato les cuento que esta gran discusión solo fue cancelada cuando el nonagenario Papa Francisco, haciendo acopio de las pocas fuerzas que le quedaban, apareció ante miles de fieles congregados en la plaza de San Pedro del Vaticano, y ante el asombro de ortodoxos y cristianos y en especial de los llamados obispos masones, caracterizados defensores de las viejas tradiciones amenazadas, exclamó: “¡El alma no existe!” y le explicó a los azorados y atónitos espectadores de todo el mundo, las razones teológicas, filosóficas y científicas de semejante afirmación.
Pero, la verdad, nada de lo anterior fue problema. Como no lo fue el posible rechazo biológico de mi nuevo cuerpo a mi cabeza o viceversa, los cuales se entendieron muy bien desde el principio. Los problemas vinieron después, como paso a relatarles, y espero que no se escandalicen con las situaciones que les voy a narrar. Antes, no está demás decirles que estaba orgulloso de mi nuevo cuerpo. En comparación con el famélico que fue consumido por el cáncer y por el fuego, ahora podía presumir de tener unos bíceps de miedo, unos hombros como los del titán Atlas, un abdomen musculoso y plano y unas manos que parecían de piedra, capaces de tumbar con un solo golpe al más pintado de los bravucones de la comuna. A mis hijos también les gustaba verme haciendo cincuenta lagartijas, levantando ochenta kilogramos de peso y trotando cinco kilómetros todas las mañanas. “¡Estás hecho un toro!, papi”, me decía mi hija.
Pero a mi esposa no le hizo mucha gracia sentir que no era mi viejo físico de setenta kilogramos sino otro de cien el que se subía sobre ella con la, desde luego, loable intención de cumplir con eso que los juristas llaman “el débito conyugal”. Y sentir que, como decían los antiguos narradores de las fantasías orientales, no eran catorce sino veinte centímetros de mi anatomía los que entraban en su integridad desnuda. “Siento que estoy haciendo el amor con una aplanadora” me dijo una vez. Y no dejaba de quejarse por el maltrato que padecía en cada uno de nuestros encuentros íntimos y de pedirme que fuéramos a un consejero matrimonial para ventilar el asunto.
En honor a la verdad, a Sara tampoco le hacía mucha gracia saber que el cuerpo que ella tanto disfrutó en la cama estaba ahora en la casa de enfrente y al servicio de otra mujer que no parecía tener la resistencia suficiente para gozarlo a plenitud. Y en más de una ocasión, siempre en reuniones sociales, aprovechaba el momento del saludo para acariciar el pecho y los brazos que antes fueron suyos y hasta juntar su pelvis a alguna de mis piernas en una actitud abiertamente provocadora que no pasó desapercibida, sobre todo en mi mujer, quien me celaba con ella y por esa razón no le quitaba los ojos de encima.
Al principio no le di mayor importancia al asunto porque pensaba que era yo —mi cabeza, mi pensamiento— y no el cuerpo de Juan, quien tenía la sartén por el mango. Sara no dejaba de espiarme por la ventana cuando salía en pantaloneta a hacer mis ejercicios sobre el césped de la entrada y a caminar por el hermoso bulevar circundante. Y en más de una ocasión salió con su trusa bien ceñida al cuerpo para acompañarme pero en verdad para que le viera sus atractivos resaltados por la prenda. No les miento si les digo que, aparte de contemplarle sus admirables senos y su excitante trasero, lo que siempre hacía cuando tenía mi anterior cuerpo, no sentí en esos momentos nada distinto, acostumbrado como estaba a ver cuerpos de mujeres hermosas en el lago con olas del campo nudista.
Empecé a sentir que las cosas no iban a seguir igual. Un par de años después. La noche del baile de grado de una de las hijas del difunto Juan, Sara me sacó a bailar un bolero interpretado por la centenaria Orquesta Aragón y apretó su cuerpo sobre el mío como seguramente lo hacía siempre que bailaba con su marido cuya memoria por fortuna descansa en paz. Y yo, vale decir el cuerpo de Juan, identificó el roce, el olor, el ritmo, las vibraciones del cuerpo de Sara, que conocía muy bien, y el miembro de Juan empezó a responder al llamado de la querencia y a pedir pista, y mi esposa, presa de la ira, se levantó de su silla y salió con dirección a nosotros para pedirme que bailara con ella y dejáramos el espectáculo erótico y penoso que estábamos exhibiendo. Pero antes de que eso ocurriera, Sara alcanzó a decirme: “Te espero mañana domingo en la noche en mi casa… mis hijos se van para una excursión y quedo sola”. Y se retiró sonriente y sin protestar mientras mi mujer se aferraba a mi cuerpo como tabla de salvación y yo sentía que no era ella la que bailaba conmigo sino la gitana de Cien años de soledad que José Arcadio poseyó en una carpa, porque en ese instante del baile sus huesos empezaron a sonar como “el crujido desordenado de un fichero de dominó”.
Aunque lo pensé mucho, la verdad sea dicha, no pude resistir esa invitación de Sara. Algo más allá de mi mente me decía que debía ir, y al día siguiente como a las 8 de la noche, no sin antes echar mano de toda la astucia posible para despistar a mi esposa, me fui en autobús para el centro recreacional pero con la intención de regresar a la casa de Sara por otra de las rutas circulares. “Voy a jugar bolos con mis amigos”, creo que le dije.
Para no alargarles la historia les cuento que en la vieja alcoba en la que durmió mi cuerpo por muchos años, estuve dos horas dedicado al disfrute mixto más antiguo del mundo y con la mujer mejor dotada de encantos de todo el vecindario. Y que mi mente disfrutó el cuerpo de esa mujer como nunca antes había disfrutado cuerpo de mujer alguna.
Finalizada la faena, que alcanzó hasta el segundo orgasmo, le dije a Sara que me marchaba y ella simplemente me respondió pero dirigiéndose al tronco y a mis extremidades: “No has cambiado nada, parece que fue ayer la última vez que nos acostamos pero con tu cabeza anterior”, frase que acompañó con una caricia de mi bajo vientre. Luego de contemplar esa escena —que seguí con una sonrisa— me despedí con un beso que mi boca —para serle sincero— no sintió tan placentero como el resto de mi cuerpo sintió de placentero el de ella.
Eran como las diez y veinte cuando salí de la casa de Sara por la puerta del patio, di un rodeo y llegué a la mía como si viniera de la esquina de la parada transversal de los buses.
Al entrar encontré a mi esposa sentada en la antesala, esperándome, pero no con un bate ni con una pistola sino con una maleta al parecer llena de ropa. Y con cara de pocos amigos.
—Ya sé de dónde vienes y mejor te regresas con tu ropa al mismo lugar— me dijo con la voz distorsionada por el resentimiento.
Al principio intenté negarlo —lo que hacen todos los maridos infieles— pero mi esposa había constatado que no estaba con mis amigos ni jugando bolos sino en la casa de enfrente con Sara, jugando a otra cosa, todo lo cual me lo explicó con el lujo de detalles de un investigador privado. Y opté por justificarme.
—Mi amor, debes entender que este cuerpo que yo tengo ahora lo disfrutó ella durante sus muchos años de matrimonio y que ambos cuerpos recuerdan lo bien que pasaron juntos. Como tú lo dijiste acertadamente, Sara está reclamando el derecho al uso de su viejo pene. Mi cabeza nada tiene que ver…
—¿Ah sí? ¿Y no dicen que el cerebro lo maneja todo?
—Pues sí, mi amor, pero pasa que en este caso, por obra y gracia de esa memoria que tienen los órganos y tejidos del ser vivo, mi cuerpo no me obedece y está empecinado en volver a transitar por los caminos y honduras del cuerpo de Sara. ¿Qué quieres que haga?
—Mírate en el espejo —replicó Sara, mientras comenzaba a llorar y me miraba como si contemplara a otra persona.
Me giré y observé mi rostro en el espejo de la sala.
Vi claramente la amplia sonrisa y su mirada de picardía.
Era Juan, sin duda.
Era un típico gesto de Juan, reproducido por mis labios y por mis ojos.

Antonio Mora Vélez (Barranquilla. Colombia 1942) es un escritor, gestor cultural, periodista de opinión y profesor universitario colombiano. Considerado uno de los padres de la ciencia ficción colombiana.

viernes, 26 de mayo de 2017

"Extraños sucesos" por Patricia K. Olivera (Uruguay)




Esa fría noche de octubre de 1938 el viejo Andrés había logrado reunir a las  ovejas para llevarlas de vuelta a la granja. Caminaba detrás, apoyado en un grueso bastón, al tiempo que emitía el característico silbido conocido por los animales. A un costado, el ovejero también buscaba imponerse con insistentes ladridos, apurando a las que quedaban rezagadas.
Sin dejar de morder el palillo que llevaba en la boca, el hombre se quitó el sombrero y escudriñó el cielo  que aún mostraba tonos celestes en algunas zonas, dejando ver apenas algunas estrellas  titilando a años luz de la Tierra. A medida que avanzaban, un suave viento comenzó a levantarse; los animales balaron impacientes, ansiosos por llegar a destino. Un nuevo silbido las llamó a apretujarse, y el perro continuó con su tarea de mantenerlas en el rebaño. De un momento a otro, el viento se hizo más fuerte, sacudió árboles y levantó nubes de tierra y hojas. Una extraña  vibración comenzó a oírse, y aumentó de volumen hasta volverse un sonido atronador. Pronto, las sombras dieron paso a una potente luz proveniente del cielo. El viejo se cubrió los ojos  con las manos, buscando distinguir de dónde provenía esa imponente claridad, al tiempo que trataba de protegerse del viento que parecía que de un momento a otro iba a levantarlo en el aire junto con sus asustados animales. Sobre ellos parecían brillar miles de focos, lo que le impedía ver algo; parpadeó varias veces hasta que la luz disminuyó de intensidad, y lo que vio lo dejo de boca abierta: un disco plateado, de monstruosas dimensiones, giraba con extrema lentitud, emitiendo luces de distintos colores. Un brillante haz de luz los rodeó, como una pared intangible que partía del borde del artefacto hasta el piso. Dentro de ese círculo luminoso no se escuchaba sonido alguno y  todo movimiento había cesado; no ocurría lo mismo fuera del perímetro, donde se podía ver que el viento doblaba las ramas de los árboles y arremolinaba las hojas. Con lentitud, mordisqueando el palillo que todavía tenía en la boca, el viejo bajó los brazos,  sin apartar la mirada de la nave que permanecía suspendida allí arriba. Oyó un chasquido, una compuerta se abrió en la superficie del vientre metálico y una plataforma se deslizó en silencio desde el interior.
Cuando el viejo abrió los ojos,  lo último que recordaba era la potente luz blanca que le había dado de lleno en el rostro.  Intentó incorporarse, pero notó que no podía hablar ni mover ninguna parte del cuerpo; solo los ojos giraban de un lado a otro, en un intento por enfocar algo a su alrededor, pero lo único que logró fue marearse. Se obligó a tranquilizarse, extrañaba el palillo que siempre llevaba en la boca, pensó en las ovejas y en el perro: ¿qué había sucedido con ellos? Su cabeza era un hervidero de preguntas a las que nadie respondía. Poco a poco se fue adormeciendo, con el pensamiento puesto en los animales y en la esposa; ya era tarde, tenía que volver a casa...

En las calles de Nueva York imperaba el caos. En un programa de radio acababan de anunciar que había una invasión de extraterrestres. Más tarde, su responsable se vería obligado a pedir disculpas, y argumentaría que solo se trató de una broma por la festividad de Halloween. Todo había sido una parodia. Sin embargo, en alguna parte, un granjero había desaparecido junto con el  rebaño que conducía esa noche. Un círculo enorme de vegetación, de contorno definido, apareció calcinado justo en el lugar por el que acostumbraba a pasar. A excepción de la esposa del hombre desaparecido, la cual hizo la denuncia esa misma noche al ver que este no volvió a la hora acostumbrada, y de los efectivos policiales, conocidos de todos en esa comunidad tan pequeña, nadie del exterior pareció enterarse de lo ocurrido hasta unos cuantos días después. Cuando la policía local ya no supo dónde más buscar, desconcertada por la repentina desaparición y ante una evidencia que no entendía, finalmente dio aviso a los organismos gubernamentales. Sin que llegara a conocimiento del público, y sin que la transmisión del programa radial se viera interrumpida, ya que atrapaba, al mismo tiempo que aterraba, a miles de espectadores  cada día, la pequeña localidad se vio invadida por expertos del gobierno, quienes cercaron la zona para impedir el paso a cualquiera de sus pobladores; levantaron tiendas de campaña por doquier para que los investigadores husmearan dentro del perímetro enfundados en trajes plateados, portando elementos extraños para medir la radiactividad y  hallar cualquier indicio que los ayudara a desentrañar lo sucedido.

Un chasquido proveniente de alguna parte lo sobresaltó haciéndole recuperar el sentido. Otra vez el forcejeo inútil lo obligó a estarse quieto. Oyó que algo se deslizó, quizá una puerta, aguzó el oído, pero no percibió nada. La desesperación ya comenzaba a hacer mella en él. Intentó gritar,  y no logró emitir ningún sonido. Las lágrimas comenzaron a caer sin control. ¿Qué  sería de él?, ¿qué pensaban hacerle?, se preguntaba, sin sospechar que pronto lo sabría. Quiso gritar cuando sobre su rostro apareció un ser extraño que le acercó los enormes ojos al rostro y le apoyó los dedos largos y pegajosos sobre la piel, inspeccionándole los miembros uno a uno. Rodeado por varios de esos seres ―los que gesticulaban entre ellos y emitían extraños sonidos, y lo observaban como  a una cosa sin alma y sin sentimientos, el martirio le llegó al viejo Andrés cuando, luego de una potente vibración, varias agujas de diversos tamaños comenzaron a emerger del espacio oscuro que quedaba fuera del haz de luz bajo el que se encontraba. No pudo aullar de dolor cuando estas se hundieron sin misericordia en distintas zonas de su cuerpo. Mientras, los expertos del gobierno recababan información en el área donde hacía apenas horas lo habían abducido.

Luego de un par de días, al no hallar nada de interés, el organismo gubernamental abandonó el lugar, dejando todo el terreno removido. El pueblo volvió a la vida rutinaria de siempre, y el incidente cayó en el olvido de inmediato. El escritor del momento hizo historia y su obra de ficción La Guerra de los Mundos, emitida en el polémico programa radial, fue el primer escalón que lo llevaría a la fama. En tanto, el viejo Andrés, sin poder moverse, sin poder gritar, y sin ningún tipo de anestesia, se convertía en un cobayo de laboratorio y contribuía a aportar conocimientos indispensables acerca del cuerpo humano.
Pronto tendría su propio espacio en la colección «Especies extrañas de planetas diversos» .

Este texto, editado recientemente, integra la antología alemana de Ciencia Ficción Around the world in more than 80 cifi stories, en la cual participan escritores de varias partes del mundo. Se  puede visitar en el siguiente enlace: https://drive.google.com/file/d/0B65NWCZD5V9MSXpvSld4Q0MyVEk/view?usp=drivesdk

Patricia K. Olivera vive en Montevideo, Uruguay. Ha colaborado en varias revista literarias virtuales, afines al género fantástico, el terror y la ciencia ficción como miNatura, NM (La Nueva Literatura Fantástica Hispanoamericana), Axxón, Cruz Diablo, Historias Pulp y Relatos Increíbles, entre otras. No tiene libros publicados, pero comparte espacio con diversos autores en antologías extranjeras como: Antología de cuentos de terror: Memento Móri. Proyecto A Arte do Terror (Brasil), Antología de cuentos de terror: Cuentos ocultistas. Editorial Cthulhu (México) y Antología de Ciencia ficción:Around de world in more than 80 cifi stories. Editado por Erik Schreiber (Alemania). Es Correctora de estilo en lengua española, y cursa en forma conjunta las licenciaturas en Lingüística y en Letras en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación (Udelar).
Administra el blog De ciencia ficción by Patricia K. Olivera: http://pkolivera.blogspot.com




jueves, 27 de abril de 2017

"Viaje sin salir de mi mismo" por Luis Arbaiza (Lima - Perú)


Aquel que no pueda escribir ciencia ficción que se contente con escribir filosofía, pero usualmente cuando estos dos subgéneros especulativos se funden aparecen relatos como este.   Los viajes en el  tiempo recaen en paradojas y cada autor inventa sus leyes internas para sustentar científicamente los eventos sin recaer en la fantasía y Luis Arbaiza aplica el rigor lógico que lo caracteriza para jugar con el tiempo como se juega con lo sentimientos. 
Suba, estamos por partir. Próxima parada Lima de los ochentas: (el editor).

Ilustración Jorge Miño ©
A Odswardth

Lima angustiada 
Lima violenta 
Lima injusta 
Lima mórbida 
Lima sin nada 
Lima sórdida 

Astalculo. Leusemia

Desperdicié mucho dinero en ese viaje. Me arrepiento. Me animé porque jamás había hecho turismo: nunca había salido de mi pueblo, digamos. Dudé, pero un amigo me convenció. No sabía que pasaría dos de las semanas más tristes de mi vida.
El lugar que visité era hermoso a su modo. La gente era cercana, como primos o vecinos. Un “lugar” que siempre quise conocer. Me asombraban los edificios raros más que bellos: arquitectura colonial apilada contra otra ultramoderna, y ambas borroneadas por el abandono. Pero nada calmaba la melancolía que poco a poco se me convertía en desesperación.
Ella vino a casa. Yo le había prometido algo a cambio de pasar juntos esa última noche y dejarme en el puerto. Imaginé que esa felicidad de tenerla cerca daría paso a otra forma de placer (que quizás compararía luego con algún romance en el viaje). Pero fue una madrugada de angustia y de erotismo frustrado. Defraudado, consideré innecesario cumplir lo pactado.
Se lo expliqué en el taxi. Pero creo que ella contaba con la promesa a cambio de su compañía, así ésta hubiese sido dolorosa. Me sentí frívolo y era acaso presa de un juego interesado que usaba mi deseo y luego me hacía avergonzar de él. Ya frustrados ambos, bajé del taxi. Intenté darle un abrazo al bajar como despedida, pues deduje que ya no me acompañaría. El taxi se la llevó sin que yo recibiera ese abrazo. Caminé por la solitaria madrugada hasta las oficinas. Empezaban 15 días de tedio y de celos. Llegué a la agencia, todo estaba pagado. Me acerqué a la oficinista y le entregué el equipaje. Solo podía llevar ropa neutral para evitar la contaminación.
Retuvieron gran parte de lo que llevaba: no era consciente cuán moderno era casi todo lo que había empacado.
—Es la primera vez que viajo— le dije a la encargada—. Oriénteme por favor, ¿Qué debo hacer?
—No se preocupe, será sencillo. Le ayudaré.
Efectivamente, los trámites eran simples, pero temía que, si cometía un error o descuidaba un detalle, no podría viajar. Ojalá hubiera sido así. Revisó mi papeleo. El aburrimiento de esos trámites prefiguraría la interminable burocracia de las siguientes dos semanas. Todo esfuerzo por entretenerme desembocaba en pensar en ella con tristeza y en un dolor sordo e interminable.
—Haremos una escala en unos diez años atrás, pero no salga, casi de inmediato viraremos hacia el destino final. Acá tiene sus papeles ¿tiene donde alojarse?
—Sí, contraté un hospedaje.
-Felicidades hay una lista de lugares hermosos que visitar.
Lo dijo con culposo cinismo: era un destino barato dada la fealdad de esa época.
Las instalaciones de puerto eran como la de una fábrica muy limpia. Físicos demasiado jóvenes se codeaban con elegantes administradores. La unificación de la física (la tan esperada teoría del todo) había llevado a la física a su meta final y ya no había más que saber. Lamentablemente no había cambiado mucho la vida humana. Sin embargo la industria rápidamente consiguió explotar y convertir esa proeza teórica en unas pocas y vulgares aplicaciones comerciales.
Hice cola con otros elegantes viajeros. La tristeza de ese abrazo que ella no me dio me fue descomponiendo y me desencajó el rostro. Todos a mí alrededor parecían tan felices. He pasado mi vida mirando desde afuera la felicidad de los demás.
Entramos a las instalaciones. El lugar era apretadísimo. La nave debía ser lo más pequeña posible para ser rentable.
De pronto sentimos como si nos estrelláramos. Un quiebre tosco, pero no de materia sino de tiempo. Paradójicamente viajar en el tiempo no tomó mucho tiempo. Instantáneamente estábamos ya en otra época. Aún no salíamos del trasporte pero sabíamos que todo lo que amábamos o conocíamos ya no existía, el mundo que visitaríamos era otro y el mismo, nuestro contemporáneos aun no nacían y era posible incluso que no nacieran. Pero viajar al pasado no es estropear el presente. Lo había leído ya varias veces en un folleto barato de la empresa que lo explicaba sucintamente: …los viajes al pasado son parte del pasado, no se alteran el futuro. Si acaso no se realizaran esos viajes, si se podría alterar…bla, bla, bla…
El silencio y nerviosismo persistían en la cápsula. Esta vez, todos estábamos incómodos. El aire estaba muy caliente. Era normal: la entropía inundaba el artilugio que jugaba con la dirección del tiempo. Empezaban unas dos horas de rutina para salir del crono-puerto.
Las instalaciones, a pesar de estar ya en otra época, eran familiarmente modernas. Sin embargo, por las ventanas se vislumbra esa Lima pasada y atemorizante. Miré a los transeúntes. Me resultó increíble pensar que toda esta gente ya estuviera muerta.
Un pequeño y destartalado automóvil, de ese modelo que llamaban “escarabajo”, me llevó a mi departamento. El taxista me habló ignorando que yo era un visitante del futuro. Reconocí las peculiaridades del idioma, los limeños de clase baja aun no copiábamos el dejo de la clase alta y su conversación dejaba notar una cosmovisión algo pueblerina. Pasamos por calles que yo conocía, pero estaban diferentes. El centro cívico era gris y parecía una ciudad espacial abandonada. Era hermoso, sofisticado y triste, como una sinfonía tocada por un mendigo. En mi época sería un chirriante centro comercial como un inmenso Norkis, escenario para una sociedad más rica pero más ignorante, acaso más feliz también. Ningún edificio  de la avenida Wilson estaba pintado: estaban grises de hollín limeño y sus paredes estaban plagadas de rasgados anuncios descoloridos. La anticuada moda, hacia ver a la gente aún más humilde y los peruanos, que ya somos bastante feos, lo éramos aún más. Ensayé mi sabiduría y erudición hablándole al chofer como si yo fuera un hombre de esa época. Parece que funcionó. Solo al final del viaje, en una calle de la Av. Washington del centro, revelé al chofer que era un turista. No se asombró. Llegaban muchos esos días. Incluso dijo que una hermana suya estaba casada con uno de nosotros. Eso parecía ilegal, además era una paradójica forma de necrofilia.
Mis caseros me recibieron con esas ropas tan feas de 1980. Él era grueso y velludo, educado en los 50´s para ser varón. Ella, precozmente avejentada, pero segura en la monotonía de su matrimonio. La pareja había sobrevivido a los peligros de la juventud y envejecerían juntos. Aún existían los “pobres pero decentes” y ciertos detalles caballerescos en el señor me encantaron. La mujer callaba y parecía, a pesar del barrio difícil, haber crecido en una burbuja de inocencia. En mi época ya no había gente inocente, ni caballeros en ninguna clase social. Nos comunicamos bien y mi dinero moderno sirvió. Por anacronismo consideraron necesario conversar conmigo unos 15 minutos. Yo deseaba que se fueran de inmediato para salir a lo que me urgía.
Había pagado en moneda contemporánea. Luego supe que el cambio no me convenía. Había un mercado negro donde podía cambiar moneda actual más ventajosamente.
Pero lo más urgente que deseaba era hablar por teléfono y esperar que me ella me “perdonara”. Salí. Las calles daban miedo. Los vicios que alegremente dominan el moderno centro de Lima de noche ahora, en 1980, no eran alegres, sino vividos con culpa y con su respectivo castigo, generalmente auto-infligido. Esas dos cosas, culpa y castigo, ya habían desaparecido en mi tiempo, pero no el mal que las causaba. Cambié apresurado mi dinero y entonces me pareció que el cambista era un hombre a desconfiar. Ocoña era una calle peligrosa.
Había estudiado como llamar al futuro. Tenía que ir al crono-puerto, único lugar autorizado y marcar ciertos códigos complicados.
Le pregunté al cambista cómo ir.
—No hace falta, hay unas cabinas por la plaza San Martin —dijo.
Fui, a pie, los jardines del parque estaban secos. El piso estaba sucio de tierra pero en general los que lo recorrían eran gente decente.
Por un módico pago llamé a mi época desde esas cabinas crono-telefónicas. No había que buscar mucho, había varias. Pero no lograba comunicarme, no funcionaban las llamadas, creí haberme equivocado y pedí ayuda. Al final y después de tantas explicaciones descubrí que las cabinas estaban bien. Ella no quería contestar o acaso no podía.
Busqué comida. No iría ni a restaurantes ni lugares famosos. Yo había emprendido un turismo de la realidad (error de principiante) así que busqué comida callejera y empecé a salir del periplo normal. No debería hacer mi circuito propio, puesto que había firmado un acuerdo de solo visitar ciertos lugares, pero no quería obedecer. El turismo es 90% simulacro y yo quería lo real, aunque no fuera bonito. En realidad ya nada me parecía bonito, solo quería volver. La comida era buena pero comí sin gusto. Lima era triste, y yo lo era aún más. Metódicamente había anotado actividades para cada día para no aburrirme. Empecé con el plan, pero el tiempo era duro como una piedra. La impaciencia de esas actividades me aburrió. Todo era deslucido. La llame unas diez veces más ese día, mejor dicho esa noche, pero ella nunca contestó, sonaba 2 o 3 veces y luego la contestadora, otras me mandaba directo a la casilla de voz, su celular estaba apagado o me había bloqueado, nunca entendía la lógica de esos aparatos y prefería no saberlo para permitirme un mínimo de esperanza. El clima en Lima se hacía cada vez más feo. Descubrí que el turismo es frustrante. Las ciudades y los hombres se parecen en todas partes. Lo fundamental está ahí: hombres y mujeres enamorándose, gente en pareja, familias, trabajos, afanes, algunos con un plan y la mayoría con una rutina. Todo lo que los libros de historia remarcaban como singular de los 80´s era en realidad secundario: terrorismo, crisis, movida subte, muerte de la industria… Todo parecía lejano, invisible. Me esforcé por buscar lo diferente. Existía, sí, pero no parecía satisfacerme. Busqué con lupa diferencias, pero hallé pocas. Visité cosas hermosas pero me negué a tomar fotos, las fotos podrían parecer lindas pero el momento que vivía en ellas no lo era.
Por eso la industria del turismo existía, pues la vida de verdad era igual y aburrida en todos lados. Caminé saboreando el tedio, traté de hablar con personas: se supone que son lo más interesante. De pronto un joven me abordó:
— Si has traído cosas podemos comprártelas.
—No traje nada— le dije.
—Siempre hay algo.
Busqué, en el bolsillo tenía un artefacto barato.
—Te lo compraré.
Supuse era valioso ahí. Estaba prohibido intercambiar cosas con los “lugareños”. Pero la oferta si bien no era muy ventajosa era algo, reducía el desperdicio de dinero que era este tonto viaje.
Quedé viendo un poco asombrado al joven vendedor. Éste me dijo:
—Veo que miras todo palteado. ¿Parezco un fantasma o qué cosa?
—Si —dije—. Me asombra verte tan vivo como la gente de mi tiempo, aunque todos ustedes ya están muertos.
—Pero estoy vivo hermano. Siento. 

Ahí empezaron mis dudas. Pensé que en el crono-turismo solo se visitaba el pasado, o sea tiempo muerto, no otro presente: este mundo ya no existía verdaderamente. Solo el presente de donde yo venía era real[1], esta gente que veía por las calles eran  en realidad apariencias o alguna forma estéril del tiempo. Eran autómatas pues no eran libres, su futuro estaba ya determinado, sus decisiones, su destino. En cambio en mi presente nada estaba determinado, éramos libres, podíamos decidir. Nuestro futuro no estaba determinado, por eso había viajes al pasado pero no al futuro. Pues el pasado es inmóvil, ya lo hicimos, el futuro está por hacer y le podemos dar cualquier forma. Si bien estas personas eran físicamente reales, no sentían nada por dentro, estarían vacíos de conciencia. Yo solo miraba su conducta vacía como el diorama de un museo…Pero no estaba seguro y nada de eso le comenté al comprador. Sin embargo creo él ya lo había intuido.
—Para mí, ustedes no han nacido. No existen. Pero sí su dinero.
¿Acaso tenía razón? Entonces ahora no había nadie de mi mundo excepto yo, y el presente era 1980. Pero pensé que así fuera, yo no sentiría esa tristeza de pensar en ella. La imaginaba paseando con otro, o acaso en alguna escena sórdida. ¿Por qué no contestaba? Todos queremos a alguien y era obvio que ella también debía querer a alguien… ese alguien no era yo, entonces podía inferir que…
No había tiempo de pensar en el tiempo. Fui a una crono-cabina de teléfonos. Ya era muy tarde sólo quedaba una abierta, por ello a un precio abusivo. La administraba un hombre andino, rudo y frio, pero honrado, en esta época la ciudad aún no era suya, era aún un extraño y Lima lo aborrecía.
Marqué el número una y otra vez. Frenético. Desesperado.
La portera, una morena ya madura, me dijo:
—¿Todo bien sobrino?
No le contesté, a la usanza de mi tiempo.
Y, milagrosamente, el teléfono al otro lado de 40 años se descolgó.
—¿Cómo estás? —dije.
—Bien —me respondió su voz seca.
—Ya llegué.
—Pues espero que nunca regreses— explotó ella, con un odio que yo no esperaba.
—No digas eso— rogué golpeado.
—¿Dónde estás?
—En San Isidro.
—¿Qué haces?
—Estoy en un carro.
-¿Estás en un bus?
-No. En un automóvil— dijo alzando la voz y exagerando su irritación. 
Ella no conducía ni vivía por ahí. Ambos éramos de barrios pobres. Acaso era un colectivo
—¿Estás en un colectivo? — pregunté
—No— Dijo.
No quise saber más. No me atreví preguntar que hacía. No soportaría la verdad. Pero la sospecha razonable de lo que pasaba en el futuro me enfermó.
—¿Te puedo volver a llamar?
—Si tú quieres…me da igual —dijo, y colgó sin piedad.
La soñolienta morena parecía entenderlo todo con solo verme la cara y me miró con pena. El dueño, con fría violencia. Ambos sabían que ella estaba con otro. Yo traté de convencerme de que no era así.
Caminé por la calle. Un viento muy frio soplaba entre los edificios renegridos de hollín y de noche.
Qué angustia viví en aquel lugar, no relataré eso, sería obsceno. Sólo anotaré que fue como la desesperación de un hombre que se agarra de una baranda para no caer a un abismo y de pronto ve que se suelta y cae.
No…—decía en voz alta mientras caminaba a solas— ¡No!
De nada serviría volver a llamar. Acaso escucharía algo peor.
Sabía qué pensaría en ella toda la noche. Traté de entretenerme en cosas abstractas para no cavilar interminablemente: El pasado en donde estoy solo es un recuerdo. Pero ¿y si fuera un presente tan válido como el que dejé? Siempre había pensado el universo como un camino del pasado al futuro por el que viajaba el presente. Y ese presente era solo uno, el que yo había dejado. Pero ahora había, por lo menos, dos. Y habían otros. Todos los presentes a donde llevaba el crono-turismo existen. Pero ¿por qué yo solo vivo un presente y no simultáneamente el otro? Acaso viajamos en el tiempo pero no estamos hechos de tiempo, sino de materia. Y ¿No es el tiempo algo que le pasa a las cosas y no una cosa en sí? Quizás la conciencia le daba realidad al tiempo que habitaba y no al revés. Es decir toda la historia universal, cada época es real. No solo un recuerdo o una expectativa. Al viajar al pasado yo le daba realidad a ese pasado y mataba la época de donde venía. Pero en esa época también había gente consciente que daba realidad a su época…por eso cuando uno muere no desaparece el tiempo del mundo.
O sea, ahora ella no existe.
No. Ella existía en todas las épocas.
No valía de nada esforzarse, siempre terminaba pensando en ella y en sus palabras. Llegó la madrugada y yo ya estaba frente a mi alojamiento. Mis caseros soñaban sin adivinar el infierno que vivía su huésped. Al menos ahora podría dormir unas horas y estaría más cerca del regreso. Decidí no volver a salir. Pero pasados algunos días me resultó imposible. Tenía que salir.
Había toque de queda, sin embargo había paseantes solitarios en las calles. Jóvenes violentos dominaban las plazas. Los parques abandonados con yerba crecida eran usados por parejas para actos impúdicos. El sexo no era tan lúdico como en mi época, acá implicaba alguna maldad.
Grupos bebiendo, unos marginales otros adinerados. Aunque se dedicaran a lo mismo, no se mezclaban, las diferencias de esa época eran realmente duras, un apartheid limeño, ¿Yo cómo sería juzgado? Al menos en mi tiempo no era tan importante mi color de piel.
Pasé por el cine Colón. Olía fuertemente a orines. Un cuarentón afeminado entraba avergonzado al cine porno, adentro rufianes y señores de familia que se consideraban a salvo de “ese mundo” a pesar de lo que ahí hacían. En esta época los homosexuales vivían su homosexualidad como una enfermedad incurable. Un gay era un hombre quebrado. De por vida.   
Me angustiaba como un drogadicto. El amor es adicción, por eso lo determinan los mismos neurotransmisores y la misma neurobiología que la adicción a las drogas. Vi cantinas cerradas pero dentro se oían ruidos. Debía cansarme para dormir y que pase el tiempo. Pero el tiempo…no pasaba.
Un hombre vendía cigarros. Le pedí uno. Cuando iba a prenderme el cigarro —costumbre ya perdida— pasó algo asombroso:
Sonó un celular en su bolsillo y él contestó.
Mientras hablaba su rostro me pareció familiar. Sus modales…
—Eres del presente, es decir del mío— le dije interrumpiéndolo.
—Sí paisa, — dijo. Habló con dejo sobreactuado de la época. Era un turista que había quedado aquí, más bien un migrante. Había gente tan desesperada en el futuro que decidía viajar a vivir al pasado. Ilegalmente. 
—Creí estaba prohibido ¿dónde conseguiste el celular?
—Puedes conseguir de todo — me dijo—. El gobierno se hace de la vista gorda
Supuse también que las empresas de telefonía habían instalado algunas plantas en esta época o sería imposible que los equipos funcionen.
Salí entonces del centro histórico. Lejos de la Lima antigua encontré computadores algo viejos pero con internet. Las tiendas Tía vendían chucherías de la época pero también impagables equipos digitales. Y en la calle ventas piratas de discos de artistas que aún no nacían, en las aceras de cines que estrenaban como genialidades películas que nadie recordaría.
¿Acaso nunca había salido del presente? Acaso esta ciudad era un montaje. Han ensamblado un centro de Lima ochentero, un pequeño medioevo, un incanato, pero todo el tiempo había estado en mi presente. Nunca había salido de mi época, la única época.
Para verificar mi hipótesis decidí tomar un bus de la línea Enatru y viajar lejos, a donde fuera. Ningún montaje de Lima podría ser tan grande como Lima, ahí pasé unas horas sentado en el bus andaba echando humo espeso corroborando que nadie podía montar toda la ciudad, el rio, los cerros sin casas, el mar. La ciudad no parecía tener fin. Ésta no era una ciudad simulada. Era realmente el pasado.
Tomé un taxi de regreso a mi hospedaje. Era un automóvil viejo, pesado y ancho: una lancha, pero había por lo menos dos artilugios modernos en él. No podía entender.
Acaso estaba perdido en un hibrido de 1980 y 2020, una época ambigua de la que no podría regresar. ¿Por eso nos prohibían salir del circuito turístico? Acaso mi tristeza me había extraviado en este tiempo indefinido, ¿Dónde estaba?
Al entrar a mi alojamiento hallé a mi casero en bividí. Su cuello y sus grandes manos estaban rojos. Olía a licor y tenía esos feos deseos de hablar con extraños de los borrachos. Miró mi cara de consternación. Creo lo había visto en muchos viajeros.
—No te equivoques, no es el futuro, es sólo cosas del futuro en el pasado— dijo con voz rasposa.
Me agobié. Temí me obligara a beber con él. Parecía un borracho pesado y acaso violento.
—¿Puedo llamar de su teléfono?
Asintió con la cabeza.
—No necesitas dar código, marca directo— dijo algo mandón.
Asombrado, la llamé al futuro. Ella contestó de inmediato con voz inocente y algo triste, voz de mujer solitaria.
—¿Aló?…
Pero yo no contesté. Sólo escuché. La rodeaba un limpio silencio. Estaba sola.
Ella supo que yo estaba ahí pensando en ella. Que era suyo. Y por unos segundos ella fue mía, la había raptado de su mundo para estar a solas conmigo a través de esa llamada. No necesitaba más. Agradecí que no me colgara. Yo lo hice suavemente.
El forzudo casero me miró como a un compadre, había esperado impaciente y empezaría a hablarme de cosas y personas que yo no conocía ni me importaban, así que lo esquive.
—¿Cómo se puede comunicar con el futuro así simplemente?
—No hay tal futuro. Todo es presente. Es decir todos estamos juntos —hablaba contra sus compromisos de funcionario turístico por el alcohol.
—Pero ¿no hay una distancia de un presente a otro?
-Sí. Mira hermano, es verdad, pero todos son reales. Además descubrirás que no solo son reales, son iguales— y me lo explicó todo calmadamente hasta que de pronto se quedó dormido y vino su mujer por él. 
Años de comunicación habían contaminado las épocas, los ciudadanos del pasado no se resignaban a vivir anticuadamente y el contrabando había trasformado el pasado, hasta desdibujarlo.
Lima en 1980 era una ciudad inyectada de presente. Solo la parte turística se mantenía casi igual,  Lima era una ciudad mestiza entre lo antiguo y lo moderno, pero esa mezcla era también barata como toda imitación, es decir alienada. El crono-turismo contaminaba culturalmente el pasado que pronto se volvería indistinguible del presente. No solo estas dos épocas, todas las épocas se iban desdibujando en un meta-presente igual y común. El viaje en el tiempo destruía la línea de tiempo, que había sido antes una frontera, ahora todo se volvía una red sólida que conectaba las diferentes épocas que se volvían simultáneas e iguales: tiempo corrompido.
Entré a mi cuarto y esperé los últimos días. No me atreví a salir a esa ciudad terrible que no era ni 1980 ni 2020. No volví a ver al casero. Cuando se cumplieron las 2 semanas la empresa que organizaba esos alojamientos se comunicó conmigo para devolver el depósito de garantía.
Felizmente era el último día. En el Volkswagen que me condujo al crono-puerto, miré esa extraña ciudad, tan real, es decir, contra toda lógica real. El camino estaba muy bien montado para lucir como el pasado pero yo ya sabía que era un embuste turístico. Sí era el pasado pero….
El taxista llegó y se despidió:
—Buen viaje. Espero haya disfrutado.
Me dolieron esas palabras, sé que no lo dijo con ironía. Pero con ellas me alcanzó y venció todo lo sufrido esas dos semanas. Lleno de ira y tartamudeando por los deseos de llorar le respondí:
—Sí, regreso a la  única época real. Ahí somos libres pues no tenemos futuro, sólo pasado. Por eso no existen los viajes al futuro, solo al p…
—¿Y a dónde es que viajas causita? ¿No es al futuro? —dijo mecánicamente. Luego me dejó en el crono-puerto. No me importaba su grosería, quería deshacerme de esa época nefasta.
En el crono puerto aun debía aguardar muchas horas, en las solitarias salas de espera armé con unas sillas una incómoda cama. A pesar de la cruel luz blanca, pude dormir. No me costó ni un par de segundos dormirme profundamente. Soñé un sueño hueco, sin imágenes y sin que siquiera  dentro de él pasara el tiempo, que es movimiento de las cosas o de las apariencias. Ahí estaba aún lejos de los míos que a cuarenta años en el futuro aun no nacían.

Lima me parecería muy bella al volver. Al final de mi viaje de regreso yo iría a verla. Su rostro mostraría algo de aburrimiento, aunque una leve sonrisa traicionaría su fachada indiferente. Unas horas de charla harían aparecer en su cara un gesto de compresión, de gusto de estar a mi lado. Milagrosamente había logrado que me necesitara. Ella demoraría todavía  mucho tiempo en descubrirlo. Quizás ese momento que pasaría con ella mirándola era el futuro de una época o el pasado perdido de otra, o una fugaz fracción resquebrajada de la eternidad, sólida y sin cambios. Solo sabría que al mirarla a los ojos estaba felizmente atrapado en un presente eterno con ella. Y nada podría arrebatarme de ese lugar.  

Pero mientras dormía en la improvisa cama de sillas del crono-puerto, eso aún no pasaba.