lunes, 28 de mayo de 2018

Sino es A es B

Por Jorge Valentín Miño (Ecuador)
Ilustraciones: René Alejandro Díaz (Cuba)

Primer Premio Concurso de relatos de Ciencia Ficción Juventud Técnica 2018 La Habana-Cuba.

A

Los gasterópodos se coagulan en la punta del alfiler. El arlequín se pregunta si es oportuno dejar libre el helio para que la interfaz ascienda. Un gato parco y un elefante diagonal observan el reloj de sombra.
En la tarde llegó el bauprés y me ha dicho que aún no me toca, que mi turno de bajar a la mina es en la noche. No hay diferencia entre bajar de día o de noche a la mina porque son oscuridades paralelas.
Anteayer fui minero dedicado al socavón. Me duele la espalda.
Ayer en cambio fue un día extravagante. Pasé todo el día como un soldado novato en un campo de entrenamiento. Hice como mil sentadillas.
Hoy es diferente. Hoy sí ha pasado algo inaudito, hoy soy un asesino y lo ratifico, no porque haya matado a nadie, pues son apenas las siete del día y no es bueno para la hepatitis matar con el estómago vacío.
Ella cantaba en la ducha: “Niñito heavy, llévame de aquí / llévame al apocalipsis donde yo morí…”.
Agua jabonosa fétida y corrosiva que matas a mis hermanas las bacterias. Las células muertas tienen prioridad para engrosar los caldos nutritivos del futuro. Como la cancioncilla esa me gustaba, me senté en el retrete, muy despacio para no hacer bulla y oírla cantar hasta el final y luego la mataría, ella continuaba: “…Rómpeme como me rompe cada mañana. Con su mazo de hierro me duele el alma, me duele el alma…”
(Ahora sí le damos, ¿o no?).
(Hay una ley en este universo cerrado que debo explicar: 1.- Estamos en un sitio del espacio-tiempo, en que estos alienígenas, no sé por cual estúpida razón, se levantan un día en diferente cuerpo. Asumen sus papeles y pasan un día movidos por tal libreto. Es por eso que mi personaje anteayer fue un minero, tres días atrás se despertó como un jugador de naipes y ahora es un jornalero a destajo, pero también funge como asesino).
De pronto, allí sentado en el retrete, escuchándola cantar y observando cómo se humedecía lentamente el papel de baño, fui alcanzado por revelaciones de la vida personal de esta pre-víctima. Discerní, guiado por una visión algodonosa, de que ella poseía una libretita rosada en que anotaba números. Figuraban éstos como últimos: 10,24 + 11,63 + 17. (Advertencia: Esta narración no pretende ser un enigma del tipo iluminati como pretexto para desarrollar una zaga de persecuciones y enigmas para mantener en vilo o desanimar al lector. Usted está absuelto de este engorroso ejercicio).
La secuencia de números en la libreta obedece a lo siguiente: La joven anota el tamaño y pertenecen a la recua de sus amantes, por eso va sumando los centímetros que se morfa en sus encuentros carnales. Tiene entre ceja la idea de meterse simbólicamente el diámetro de un meteorito. Ha escogido del catálogo Dulkien-Orals uno de modestas proporciones, que mide apenas 879 centímetros.
Guiado por estos tres últimos números: 10,24 + 11,63 + 17, se deduce que sus últimos amorcillos han sido respectivamente un africano, un gringo y un tailandés. Habría que hurgar en sus oscuros avernos para entender estas obsesiones, pero la mente es un nicho de amapolas negras y la fantasía no tiene tiempo para espulgar las alas de los ángeles en busca de garrapatas.
Una joya sin duda, pero ¿debía morir?
Un hombrecillo diminuto, con una voz opaca, habla desde mi interior, dice: “No podrías vivir con el peso de haber detenido el tiempo-espacio de una persona, tú no eres un Interferente, confórmate con ser solo un Vector; pero la voz es diminuta y casi inaudible, así le haría pobre caso.
Mientas devolvía la bolea a mi yo interno con un golpe de revés, la pre-víctima dejó de cantar y advertida de mi presencia, tomó recaudo eligiendo el ataque y no la defensa y de súbito me envolvió con la cortina de baño, saltando sobre mí para golpearme con un jarrón de basalto negro. Las flores (lavanda, guiado por el olor) saltaron por los aires. Me alcanzó en la oreja que machacada sangraba profusamente. Hasta reaccionar, ella había huido. Tronó la puerta.
Vuelvo a casa, pido comida china. Me encanta el wantán, duermo la siesta (sueño en sicodélicas volutas de hierro que emana un poro abierto en la frente de Rasputín). Despierto, faltan minutos para que caiga la noche. A las ocho todos caemos dormidos, mañana despertaremos otros, con una nueva asignación vital. Quisiera ser un piloto de aviones comerciales y hacer un viaje de dos días a Calcuta; es que me encanta la comida de avión, pero no es lo mismo comerla en un tren o en una bicicleta porque si no ya no sería comida de avión. Es como esos suvenires, piedras que un amigo te trae de la Luna de obsequio y ya en la Tierra se vuelven terrestres. En fin… lo que sea, seré lo que el sistema crea conveniente. Antes de caer dormido, me pregunto si las elecciones de quién ser cada día son aleatorias o hay un tipo que pasa a duermevela adjudicando las asignaciones. (Esta eventualidad amerita una nueva ley interna: 2.- En efecto, hay un tipo que hace las asignaciones, pero no es conveniente que lo sepa el personaje porque bajaría el tono muscular, languidecería de ímpetu y mortificaría la obra. Hoy desperté como escritor de ciencia ficción e indago cómo son los alienígenas).
Tres segundos para las ocho, caigo dormido.

B

Canta el gallo en el alba. Abro los ojos. Quinielas. Gano la lotería. Han venido esta mañana a entregarme el premio del nuevo día. Una apología del mal gusto, encuentro el techo salpicado con amaneramientos del tipo Art & Craft, abusos de estuco rosa y en el centro destaca la caprichosa mujer con pelo de choclo que arruinó la vida de William Morris.
Sé que soy un jardinero VIP. Cuido las flores del Jardín del castillo de Idígoras. Son días de sequía. Los geranios me necesitan y debo atenderles con agua, abono, humus. Escucho que me llaman los lastimeros quejidos de las plantas como un ejercito de fantasmas perro a los que el verano les ha pisado la cola y aúllan famélicos. Pero un jardinero no solo es para poner agua, sino sería una nube no un jardinero.
Podaba el lateral sur del pabellón circular que rodea a los árboles sexagenarios mientras los pájaros arcoíris liberaban del glotis la tierna esencia de su barítono gutural. Suspiré la melodía como bebiéndome agua bautismal a través de la nariz. Solté la podadora y me dejé caer sobre una banca de granito. El frío de la piedra entró en metástasis bajo mis nalgas.
Con la mirada vacua, diluida entre los espigados olivos del malva del horizonte, reflexionaba en la condición vital de la noche anterior. ¡Es que ayer fui un asesino!, al menos quise representar ese papel, asumirlo a cabalidad pero escapó la víctima consecuencia de mis excesivas dilaciones.
El hule calcinado de la ira rodaba el asfalto de mis venas y me resultaba fácil levantar el mango taraceado de la hoja deslumbrante, pero hubo demora y perdí la oportunidad, ella saltó para envolverme con el plástico de la cortina y luego vino lo del mazazo en la cabeza. En fin, alguien despertará con ese dolor que ya no me pertenece. Además, resulta difícil eliminar a alguien mientras canta algo tan bonito. (“Niñito heavy, llévame de aquí / llévame al apocalipsis donde yo morí…”). Me levanto y vuelvo a las flores. Paso el día con ellas. Termina la jornada y me llevo tierra bajo las uñas como material de la oficina para trabajo en casa.
(Se impone una tercera ley: -Estos seres pueden recordar, por espacio de tres días lo que habían sido, luego se borran los registros. Así, el personaje recuerda que ayer fue un asesino, anteayer un minero y hace tres días un soldado mientras que hoy dejará de ser un jardinero.
Las plantas se han saciado, ha caído la tarde y regreso a casa para tronar la cabeza sobre la almohada; a las ocho como está previsto.

C

Estoy aterrado. Primero porque he despertado en este nuevo día embutido en el cuerpo de una mujer y eso de por sí es áspero. Ayer fui un jardinero, lo digo por los que puedan sintonizar el relato desde aquí (como si encendieran un televisor). Aterrado porque la quiniela ha dispuesto que hoy yo sea la víctima.
¿Recuerdan el tipo que hace poco había entrado al departamento?, irrumpido silenciosamente en el baño mientras ella se duchaba cantando esa de heavy metal archiconocida; pues otro ha despertado en ese cuerpo ávido de sangre y ahora acecha para concluir la faena pendiente por culpa de las dilaciones. Parece ser que la muerte regresa por el descabello si la espada hizo hueso en el envión.
El rito de la ducha debe cumplirse, la vaca expiatoria debe sumergirse en agua jabonosa, yo entono la melodía, espero a que llegue el depredador y también confío enque le guste el ritmo y se siente en el sanitario a escucharme cantar.
Confío en que la profundidad de la letra y la dulzona entonación de mi voz desvie sus pensamientos, esto será tiempo suficiente para envolverle la cara con la cortina de baño y darle con el jarrón en la cabeza para confundirlo y huir.
Estoy aterrada. Encerrada en casa, me he duchado tres veces y no ha llegado. Sé que me busca. Mi asesino habrá tenido un atascó de tráfico o de repente se volvió bueno. Van a ser las ocho, casi la hora de dormir y aún no ha llegado. Quizás mañana, pero ya no me corresponderá a mí estar alerta. Si me dan a elegir, mañana quisiera ser un inspector de bandas de la Marina.

D

Tétrico. Cuadro nefasto. Desperté. Ahora soy un forense. Han llegado dos cuerpos frescos, salidos de una escena tibia que yacen contiguos en sus camas de latón. Reconozco en ellos al Vector y al Interferente. Yo fui a su debido tiempo cada uno de ellos: el prospecto de asesino y luego la joven que cantaba bajo la ducha.
Según la indagación, este nuevo Interferente amaneció sordo y no se dejó embaucar por la música. Ocurrió el golpe con el jarrón, preciso en la oreja; lo suficiente para aturdirlo pero dejarlo aún con vida y luego el forcejeo. Ella muestra señales de defensa con rastros de piel ajena bajo las uñas, él laceraciones astrales luego de una descarga mortal de indiferencia (calibre 2:22 en el ego).

E

Han pasado ocho días desde el episodio y conforme a la ley tercera de este universo cerrado, he olvidado el incidente. He despertado como un dador, es decir el tipo que hace las asignaciones. Me la pasaré, en aburrimiento total,programando el día siguiente para los demás. Mañana tú serás “F” y así hasta el omega.

lunes, 14 de mayo de 2018

Cincuenta y siete años-sombra



En el entorno de la conquista del espacio, a donde quiera que el hombre llegue por primera vez, se dará cuenta que el amor ya ha llegado antes que él; posiblemente se deba a esa afectación terrícola de mirar y desear las estrellas como se desea a un amor perdido en el tiempo. Sin embargo en esta batalla de plumas, en el relato que viene a continuación hay muertos y heridos bajo esa constante. Federici es un romántico que ya había estado allí, al final del universo cuando muchos de nosotros recién aparcábamos. El mundo aún no está preparado para leer esto, pero ya no podemos esperar más. JM

C. M. Federici
CINCUENTA Y SIETE AÑOS-SOMBRA

Ilustración Barquero. Tomada de la Revista "Más Allá" en el cuento Requiem de Robert Heinlein.



E
strellas —dijo—. Galaxias. Constelaciones.
Cientos de millares de reflejos se posaron sobre el cristal de su escafandra “Visión 3-60” como una mininevada inmaterial. En medio de la negra bóveda salpicada de orificios brillantes, la cabeza de Gervasio Corso, contenida en su globo, semejaba un sol en ruinas a cuya agonía asistía el corro de su sistema con parpadeante estupor.
Saboreó cada sílaba al musitar sus nombres:
—Rígel... Aldebarán... La Cabeza del Caballo y Andrómeda... ¡Lejana Fomalhaut de mis pesadillas!... Achernar... Miranda y Oberón... Sirio, ¡tan luminosa!...
Levantó ávidamente los ojos, estirando los músculos del cuello en un vano intento de aproximar lo remoto. Lo atravesaba un hierro en ascuas, pero no se quejaba, ni tampoco fluían lágrimas de sus ojos, secos desde su muerta juventud.
No estaba cómodo en aquel traje espacial,  fabricado más de medio siglo atrás, pero necesitaba sentir cómo le ceñía el cuerpo, doliéndole en las axilas y en las corvas, y oprimiéndole la cintura, envilecida por el vientre vergonzante que engendrara su largo período de inactividad... Suspiró, al tiempo que sus pupilas se comían los puntos luminosos de lo alto. ¡Una vez  —hacía tanto, Dios— se había movido con soltura entre esos puertos ardientes del espacio..., devorando años-luz con la glotonería de poderosos motores atómicos! Cruzar el cosmos era cuestión de horas, en tiempo subjetivo, y Proción y Nínive 3 quedaban a la vuelta de la esquina...

E
l dolor le contorsionó las facciones, viejas y curtidas, en un rictus que jamás  habría permitido que ningún curioso sorprendiera. Su sufrimiento era cosa suya. Nínive 3... ¿Por qué demonios tuvo que venirle a la mente, entre tantos lugares en los que había estado durante sus años de espaciero?
—Todo eso tengo que enterrarlo —murmuró, con un rechinar de dientes—. Muy, muy hondo.
Pero era demasiado viejo, reconoció enseguida, para pretender engañarse a sí mismo como a un niño... ¡Aquello estaba prendido a sus entrañas y  a su mente con la tenacidad de una araña-pulpo de Umbriel! No era sino otra de las facetas de su castigo..., rumiar malos recuerdos.
—Es raro —volvió a decirse (sus largos años de soledad le habían inculcado el hábito de hablar para sí mismo, y a veces contestarse)—, ahora, de acuerdo a los cánones del romanticismo, correspondería que yo creyese ver los ojos de Eurídice entre las estrellas... ¡Pero maldito si me puedo acordar  de qué color eran! ¿Azules o verdosos? —Sacudió la cabeza, tanto como se lo permitió el casco espacial—. ¡Lo que no olvidaré jamás es que brillaban demasiado fuerte!
Otros atributos de ella le venían más fácil a la memoria. Aquel cabello rubio, que se ataba en una sola trenza, larga y retorcida, casi viva... La gracia de sus movimientos, aun con el traje de presión puesto... Una risa que acababa por contagiar, incluso a un individuo de natural  taciturno como Gervasio Corso... Y aquellas espléndidas, delicadas, suaves y flexibles...

A
pretó los párpados, al asaltarle un retortijón del alma más fuerte que los anteriores. ¡Había cosas que ni aun mentalmente podía permitirse nombrar!
La Base Cósmica Nínive 3 estaba convulsionada, cuando se conocieron, porque se avecinaba el acontecimiento más sensacional en la historia del Hombre. ¡El contacto con una raza extraña se había formalizado al fin, y sería precisamente en Nínive 3 (en el sector Proción) donde habría de operarse! Joven, e idealista —aunque este aspecto suyo no trascendiera, porque Corso era tímido para expresarse—, esperaba con ansia el gran momento de la confrontación... ¡Un hito para la Humanidad! ¡El ingreso a la última frontera, y el principio de una era de imprevisibles posibilidades! Algo realmente inmenso, que le hacía latir el corazón casi con la misma fuerza que la turbadora proximidad de Eurídice, quien al principio fue nada más que una mesera del Sector Restorán, para pasar, de a  poco, a convertirse en una  idea fija.
—¿Cómo serán estos Zeheranos? —se había interesado ella, durante una de sus largas conversaciones de sobremesa—. ¿A ti te adelantaron algo? Digo, como trabajas en Mantenimiento...
—Si me toca turno cuando lleguen —había improvisado él, para impresionarla—, es posible que esté tan cerca de ellos como lo estoy de vos... ¡No veo por qué no! Aunque uno nunca sabe, viste... ¡Los turnos los deciden los de arriba, y uno a veces no tiene ni voz ni voto, pero...!
—¡Si los ves, me vienes a contar enseguida, ah! —el acento, estriado de portugués, de la chica, lo deleitaba—. ¡Cómo me gustaría estar ahí! Pero no soy más que una mesera... ¡Tú eres el importante, Vasio! ¡Prométeme que me lo relatarás todito, con pelos y señales! ¡Vamos..., júramelo por Aldebarán!
La euforia provocada por la cercanía de ella lo tornaba incluso ocurrente:
—Te lo contaré con señales —bromeó—, pero de pelos..., no creo. ¡Esos tipos son re-lampiños, según dicen! Cabezones, blancos como el papel, brazos y piernas como alambres, y...

E
lla rió, dándole una palmada.
—¡No seas malo, Vasio! ¿Cómo hablas así de los E.T., que están infinitamente por encima de nosotros, y se dignan bajar hasta acá, a Nínive 3 de Proción, para conocernos y que los conozcamos?
—¡Es que así son! —la provocó él, deliberadamente—. Monstruos, ¡fenómenos!... ¡Pero buenitos en el fondo, o por lo menos eso es lo que afirma el Director de Xenocontactos!
—¡Eres incorregible, Vasio! —Ella lo azotó blandamente con su trenza—. ¡Merecerías una semana de castigo en el Eje!
—¿El sector desgravitado? ¡Bah! ¡Minga de castigo! ¿Te pensás que soy novato Afuera? ¡Toda la vida la pasé acá, nena! ¿O dónde te creés que nací, eh? ¡Conozco de sobra el nulgrav! ¡Me muevo sin peso igual que una sílfide! ¡Quisiera que me vieras!
Lo de siempre: discusiones, bromas, y mucha risa por parte de ella. Pero de ahí no pasaban, quizás porque él, a los treinta y dos años, era tan apocado como un adolescente del siglo anterior... Pero en los períodos de descanso (denominados convencionalmente “noches” por los habitantes de la base Nínive 3), se permitía jugar con ciertas fantasías que habrían hecho subir los colores a las tersas mejillas de Eurídice, quien, fuerza es reconocerlo, era varios puntos menos desvergonzada que el estándar femenino de la década.
—¡Qué idiota fui! —se reprochó el Gervasio Corso anciano, solitario en medio del silencioso fulgor estelar—. Si le hubiese insinuado algo antes..., en el momento debido... Quizás las cosas no habrían...

¡C
uán lejano estaba todo aquello! Cincuenta y siete años, pensó. Cincuenta y siete años-sombra... Sus viejas coyunturas rechinaron dentro del equipo espacial, al iniciar él un pequeño paseo bajo las galaxias. Miríadas de ojos relumbrantes, aunque ciegos al avatar humano...
Una eternidad mirando a otra, se dijo. Las estrellas y mi desgracia: cada cual en su propia escala, dos eternidades. ¿O no?
De repente, un arco finísimo hendió calladamente el terciopelo negro del domo sideral. La boca de Corso se retorció en una ácida sonrisa. Una estrella fugaz, pensó. ¡Hay que aprovechar a pedir un deseo!
Deseos... El deseo más ardiente de ella, lo había comprendido de inmediato, era ver a los Extraños. Se le iluminaban los ojos al hablar de eso; casi le resplandecía la cara, como a la Bernardette de la gruta cuando mencionaba a la Señora. ¡Y él, Corso, le había fallado miserablemente! Aún le dolía evocar la expresión de desencanto de Eurídice, cuando le informó que definitivamente se le había excluido del “team” de recepción. Fue al verla a punto de llorar que se decidió a hacer algo temerario.
—¡Está bien, nena! —la consoló, con cierta torpeza—. Si tanto lo deseás, yo te voy a meter en eso... ¡Tengo mis recursos, sabés!
Casi se le había echado en los brazos, de tan exaltada. Fue lo más cerca que Gervasio Corso estuvo del éxtasis, sintiendo virtualmente en su pecho los latidos alborozados de aquel corazón en llamas. Ya no podría retroceder, se dijo. ¡Sería jugarse el todo por el todo!

Y
 lo consiguió, sobornando a unos y engañando a otros. El gran día, cuando Nínive 3 estaba sujeta a la regla de Asepsia General, y todo el personal debía llevar traje espacial en consideración a los Zeheranos (que no soportaban siquiera el roce de la seda sobre sus cuerpos, y temían la exposición a microorganismos extraños),  Corso logró hacerse de dos de los uniformes “autorizados”, distinguibles por su color amarillo. Embutió en uno a Eurídice, reservándose el otro. ¡Se “colarían” en el sector de recepción aunque fuese lo último que hicieran!
—¡No doy más de los nervios, Vasio! —su susurro angustiado le llegó a través del  Intercom del traje—. ¡Creo que me voy a desmayar!
—Agarrate bien de mí, y no te hagas notar ...—Se sentía fuerte y protector. La presión de la mano de ella en la suya, a través del espesor de los trajes, envió un escalofrío delicioso a su espina dorsal—. ¡Vas a ver qué bien vemos todo!
La fortuna es de los audaces. No hubo percances, aunque en un par de ocasiones, bajo la inquisitiva mirada de un guardia de Seguridad, Corso sintió el corazón entre los dientes. Como suele ocurrir, sin embargo, el acontecimiento no resultó tan grandioso como ambos anticiparan. Los Zeheranos arribaron a la hora prevista, pero su inmensa nave quedó en órbita lejana, desde luego, de manera que no pudieron contemplar sus maravillas. En cuanto a los seres en sí, rodeados de aparatosas medidas de seguridad, apenas si lograron vislumbrarlos desde el sitio en que se ubicaran...  En  menos de lo que dura un bostezo, ya habían desaparecido para instalarse en su sector reservado, a cubierto de cualquier riesgo.
Así y todo, Gervasio Corso pudo comprobar que ella le había quedado  muy agradecida. Y al encontrarse en la soledad de un corredor, lejos del alcance de ojos indiscretos, ella se le apretó hasta donde se lo consentían  los trajes y juntó su casco con el del hombre, en un beso simbólico.

–¡E
stuviste estupendo conmigo, Vasio! ¡No sé como agradecerte! ¡Te adoro, grandote!
—Yo también —barbotó el, rojo detrás del visor—. ¡Desde que te vi, flaca!
Hubo un silencio, porque ninguno de los dos  había esperado pasar tan pronto de la befa a lo serio. Pero el temblor de Corso, aun amortiguado por el traje, no escapó a la percepción de la mujer.
—Fuiste tan bueno siempre... ¡Quisiera poder expresártelo de otra manera, pero...!
—No podemos sacarnos esto —dijo él—. La orden es estricta, y si nos pescan...
—No importa —sonrió ella—. Ya habrá tiempo para que nos conozcamos. Quizás...
—¡Pero es que dentro de un par de terrahoras salgo para el Cinturón! ¿No te acordás que te lo dije? ¡Mi grupo va a pasar  seis orbitales trabajando en la base de ahí! ¡Es mucho tiempo!
Se quedaron callados, respirando fuerte a través del sistema de los trajes. Finalmente, ella tomó la iniciativa. Con lentitud se quitó uno de los guantes y lo animó a que la imitara.
—Sé que te gustan mucho mis manos —dijo suavemente—. Me di cuenta de cómo me las miras... Y es raro, porque casi todos se fijan en otras cosas..., pechos,  piernas...  ¡Vamos, sácate el guante! Al menos nos tocaremos las manos... Yo sé que lo estás deseando, Vasio. ¡Hagámoslo!
Y era cierto. Corso no era como los demás hombres, quizás porque había vivido siempre en el ambiente rudo y sin sofisticaciones del espacio, en una de cuyas bases le concibieran in vitro... Las manos se juntaron, y para él fue tan íntimo y plenificante como un acto sexual.
Aun de viejo,  las vibraciones de aquel instante mágico conmovían tenuemente sus fibras... Palideció.

D
e súbito, un rectángulo blanco irrumpió entre las estrellas. Una silueta de apariencia gigantesca se recortó en su luz, y Corso supo que el tiempo se le había terminado.
—Hay que volver a la celda, Corso —advirtió el guardia—. ¡Si sigues haciendo buena letra, el mes próximo te traigo otra vez!
—¡Estrellas, galaxias, constelaciones..., off! —dijo el preso, y el universo virtual se disolvió en un “amanecer” computarizado. Una tenue luminosidad borró los últimos astros, mientras Gervasio Corso retornaba a su realidad cotidiana.
...Habían cometido su acción culpable a cubierto de miradas, pero las videocámaras de vigilancia jamás se distraían. Cuando toda una raza alienígena se extinguió, debido al contagio de un virus de resfriado terrícola común, se supo a quiénes culpar por ese cosmicidio. La Federación Galáctica (¡que, oh, sí, existía!), dictó la sentencia..., una sentencia de alcances terribles.
A través de largos pasillos, que recorrían en un pequeño y veloz vehículo, Corso, cambiado ya el viejo traje espacial por su uniforme de convicto, reasumía su confinamiento  perpetuo, en lo más profundo de la urbe subterránea... Lo mismo que el resto de los seres humanos, ya no podría volver a contemplar las estrellas verdaderas, porque se les había exiliado de la superficie planetaria, confinándoles al subsuelo.
Su castigo, el castigo de una especie, era vivir...,  indefinidamente, una vida de años-sombra...  ¡Por un solo minuto de amor!
—Como aquellas antiguas letras de tango... —murmuró el preso, al cerrarse la puerta de la celda a sus espaldas—. ¡Qué lástima no haber nacido poeta!