jueves, 6 de febrero de 2020

"Diálogo entre dos extraterrestres mientras observan el planeta Tierra por un televisor que transmite imágenes a larga distancia" por Campo Ricardo Burgos López



Tomado de Revista Cosmocápsula número 15. Octubre – Diciembre 2015. Cápsulas literarias.

– ¿Por qué los humanos adultos gastan tanto tiempo tratando de convencer a otra persona de que se vaya a vivir con ellos?

– Yo tampoco lo entiendo. Parece que cuando otro adulto humano les succiona sus labios o frota su cuerpo contra el de ellos, ellos derivan placer de ese frotamiento. Buscan tener alguien cerca para que les proporcione ese placer con frecuencia.

– ¿Eso es lo que llaman “sexo” o ”hacer el amor”?

– Creo que esos son los chistosos nombres.

– ¿Y por qué los humanos adultos necesitan de ese “sexo” o de ese “hacer el amor”?

– Ya te dije. Primero es por placer, y en segundo lugar porque al tener “sexo” ellos consiguen crear un tercer individuo y así se reproducen.

– ¡Qué extraños! ¡Quién hubiera pensado que en el universo existieran conductas tan raras como ese “sexo” o que para reproducirse fuera necesario frotarse repetidas veces.

– Es verdad, y esa necesidad les condiciona toda su cultura. Debido a ese deseo de frotamiento mutuo es que viven en parejas y luego con los sujetos pequeños que nacen como producto del frotamiento. Ellos no son como nosotros que por ser totalmente autosuficientes no nos vemos obligados a crear esos grupos llamados “familias”. Debido al deseo de frotamiento es que su arte (sea cine, teatro, pintura o literatura) insiste tanto en esas historias que ellos denominan “románticas” y que tratan de todos los sufrimientos de un sujeto para conseguir que otro sujeto de su especie acceda a frotarse con él por mucho tiempo. Debido al deseo de frotamiento crean legislaciones para proteger tal posibilidad o muestran esa obsesión por la mentada fricción que es epidémica en sus medios de comunicación.

– Reconozco que no comprendo gran cosa de los humanos y que aún debo estudiarlos mucho, pero tengo la impresión de que ellos pierden demasiado tiempo útil por esa obsesión de convencer a otro humano para que viva con ellos.

– Desde nuestra óptica, lo que dices es verdad. Pero parece que a ojos de ellos, lo que denominan “cortejo” es tiempo bien invertido. No obstante, también es cierto que si no perdieran tanto tiempo en esos “cortejos” y “seducciones”, podrían dedicar más tiempo a conocer las realidades existentes, su conocimiento sería superior y su ciencia no estaría tan atrasada.

– ¿Tú dirías que ellos están atrasados como civilización por su obsesión con el frotamiento mutuo de cuerpos que les ocupa tanto tiempo?

– Es una de las razones. No la única.

– He pensado que quizá podríamos hacerles el favor de viajar hasta su mundo y extirparles su llamado “deseo sexual”.

– Es una idea loable de tu parte, pero recuerda que si les extirpáramos su “deseo sexual”, ellos dejarían de buscar frotamientos con otros, no se reproducirían y entonces se extinguirían.

– En eso tienes razón. Pero entonces ¿su especie está condenada a avanzar siempre muy poco debido a todo el tiempo que pierden buscando que otro caiga en eso que denominan “enamoramiento”?

– Yo diría que sí. Nuestra piedad nos mueve a pensar en liberarlos de la servidumbre que sufren ante “el sexo”, pero es imperativo respetar que ellos desean estar atados a esa cadena, parece que disfrutan esa alienación.

– ¿O sea que por “respeto” debemos dejar que continúen avanzando a ritmo de pox1, en vez de ayudarles a avanzar a un ritmo decente?

– Sí. Si ellos desean andar a ritmo de pox, esa es una de sus prerrogativas.

– Lamentable. Por otra parte ¿por qué los humanos emplean trapos para cubrirse todo el tiempo? Rara vez se los ve libres de esos trapos.

– Eso que tú llamas “trapos” ellos lo llaman “ropa o vestuario” y lo cargan todo el tiempo por dos razones básicas. Una es que sus cuerpos necesitan protegerse del medio ambiente, y otra para simbolizar diversos rasgos culturales. Por ejemplo, los que se visten de ciertos colores son lo que ellos denominan “policías”, los que usan otras vestimentas demuestran así que buscan alguien que se friccione con ellos. Los humanos no son como nosotros que podemos bioformar nuestro cuerpo las veces que queramos para adaptarlo al entorno, además, dado que nosotros podemos leer directamente las mentes de otros, no estamos forzados a emplear esas vías indirectas de simbolización.

– ¿Por qué sólo tienen una cabeza?

– No todos pueden ser perfectos.

– Estoy hablando en serio ¿Por qué sólo una cabeza?

– Yo también estoy hablando en serio aun cuando tú creas que estoy bromeando. No todos pueden ser como tú o tantos otros. Además, es obvio que las condiciones de vida en un planeta como la Tierra hacen recomendable para organismos mamíferos como esos, una estructura fisiológica con un solo receptáculo para proteger el único cerebro. En ese planeta esa estructura es de lo más adaptativo.

– ¿Sabes qué..?

– ¿Qué?

– Me están dando ganas de que me bioformen como humano y me trasladen a su planeta para sentir lo que ellos sienten. Debe ser divertido sentir como ellos sienten.

– Te puedes inscribir en el programa.

– ¿Cuál programa?

– En este momento hay un programa dirigido a voluntarios para que se bioformen y vayan a vivir un tiempo en la Tierra. Te podrías inscribir. Ahora mismo tenemos casi un centenar de sujetos viviendo bioformados allí; tenemos de todo, desde científicos hasta aventureros. Incluso a uno lo mataron.

– ¿Lo mataron?

– Es parte del riesgo. Ellos son muy primitivos y uno de los nuestros se enredó en un problema y un humano lo asesinó. ¿Eso te quita las ganas de ir?

– No. ¿Acaso no lo pudieron revivir?

– Claro que podíamos, pero en una cláusula especial este aventurero pidió que si los humanos lo mataban, no lo reviviéramos. Cumplimos sus deseos.

– Bueno, pues si a mí me matan, yo sí quisiera que me revivan.

– No hay problema. Lo podemos hacer. ¿Quisieras ser bioformado como macho o como hembra?

– ¿Cuál es la diferencia?

– Para nosotros es difícil entenderlo pues carecemos de género, pero digamos que los machos son estúpidos y las hembras estúpidas.

– ¿Es un chiste?

– Sí y no.

– Me da igual. Puedes bioformarme como macho o como hembra. Quiero ver qué se siente ser a la vez tan limitado y prepotente.

– De acuerdo.

– ¿Cuánto tiempo permaneceré como humano?

– Casi siempre lo permitimos por un lapso igual a diez años del planeta Tierra.

– ¿Por qué tan poco?

– No queremos arriesgarnos.

– ¿Y qué pasa si yo acabo viviendo con otro humano como es endémico en su especie? ¿Qué ocurre si me llego a reproducir?

– Eso ya está contemplado. Si llegas a vivir con otro humano, lo sacamos de ese planeta y lo bioformamos dentro de nuestra especie, lo mismo hacemos con un posible “hijo”. Ya tenemos varios ex humanos viviendo como miembros nuestros, todos coinciden en que lo mejor que les ha pasado es abandonar la condición humana, todos expresan que no entienden cómo pudieron vivir siendo primates de ese tipo.

– Pero entonces eso demuestra que sí podríamos bioformar a todos los humanos y que ellos estarían agradecidos de que los sacáramos de su menguada condición. Podemos salvarlos de tantos rasgos que los lastran.

– Es verdad, pero es que aquellos a quienes hemos transformado, son personas que en términos humanos sufrirían lo que ellos experimentan como ausencia de un “esposo”, “esposa”, “padre” o “madre”. Tenemos un deber hacia aquellos humanos que se involucran con un bioformado de los nuestros, con los demás no.

– Ellos están más solos de lo que creen. En este universo poblado por tantos seres inteligentes, a veces ellos me dan pena. Destruirlos sería un acto de misericordia, quizá debamos permitir que la naturaleza terrestre baraje de nuevo para que empiece otro proceso evolutivo con otra especie, quizá allí se desarrollarían cucarachas inteligentes o delfines que escriban libros.

– Eso que tú planteas ya se ha discutido varias veces. Hace siglos – hablando en términos humanos – alguien ya propuso liquidarlos. Por el momento hay un convenio tácito en dejarlos continuar otro tiempo para ver hasta dónde pueden llegar, hay quien afirma que si les damos tiempo, los humanos podrían sorprendernos.

– ¿Y tú lo crees?

– Algunos de nuestros personólogos creen que la raza humana está ad portas de un cambio radical, de algo que podría disparar su velocidad de desarrollo de un modo insospechado.

– ¿Aún con ese lastre del sexo que les permite progresar a ritmo de pox?

– No. Ellos creen que si los humanos ingresan a otro ritmo de desarrollo, deberán abandonar ciertos pesos muertos como ese del sexo, está comprobado que los seres asexuados evolucionan a una velocidad muy superior. Además, según los reportes que hemos obtenido, lo que ellos denominan “placer sexual” es infinitamente menos excitante que algunos de los placeres más elementales que nosotros podemos proporcionarnos. En eso, ellos son como niños.

– Otra cosa ¿por qué ellos creen en esos seres fantásticos llamados “Dios” o “dioses”?

– De nuevo tiene que ver con su estado infantil de desarrollo. Como su ciencia y su tecnología son incipientes, necesitan de diversos placebos para tranquilizarse ante un universo que siempre acabará matándolos. Es una reacción ante el hecho de que aún no controlan la muerte. Nosotros sabemos que toda cultura planetaria que acaba dominando la muerte, deja de creer en “dioses” o “Dios”. Por supuesto que un “Dios” podría existir, pero hoy sabemos que si es así, se abstiene de intervenir en el multiverso.

– No sólo la creencia en Dios es un placebo, buena parte de las prácticas religiosas de los humanos también lo son.

– Es verdad, no obstante, con el tiempo acabarán entendiéndolo. Ese es otro peso muerto que también deberán abandonar si consiguen saltar al siguiente nivel evolutivo.

– Por cierto, me llama también la atención esa singular conducta que denominan “rezar” ¿Creen que si expresan en silencio sus deseos personales, aumentan la probabilidad de que sus deseos se hagan realidad?

– Sí. De nuevo es el placebo al que nos hemos referido. Muchos de ellos creen que la probabilidad de que un deseo se cumpla se incrementa si pronuncian unas fórmulas en voz alta o si repiten esas mismas fórmulas mentalmente. Es lo que los mismos antropólogos humanos llaman “pensamiento mágico”, esa es otra rémora de la que se librarán si alcanzan la siguiente etapa de evolución.

– He escuchado algunas oraciones humanas y algunas son bellas poesías.

– Sin duda. Las religiones tienen mucho de obra de arte.

– En cambio, he escuchado otras oraciones y son de una vulgaridad impactante. El otro día vi en esta tele un humano que en su oración pedía la muerte de otro o que al menos a ese otro le sucediera una desgracia.

– Otra prueba de la puerilidad de la especie.

– Escuché una vez una oración de un humano y en ella le solicitaba a su Dios que por favor existieran extraterrestres y que por favor se contactaran con los humanos. Me pareció muy tierno y hasta sentí ganas de complacerlo.

– En efecto, era una oración muy tierna, a veces los humanos son de una dulzura desarmante. A veces uno quisiera contactarlos y arreglarles de una vez por todas el noventa y nueve por ciento de sus problemas, pero también sabemos que si nosotros procediéramos así, hacia el futuro les generaríamos una dependencia respecto de nosotros mismos que a la larga tendría fatales consecuencias. Al menos hasta cierto punto, ellos deben llegar solitos.

– En otra ocasión escuché otra inclasificable oración, alguien pedía a su Dios que hubiera un poco menos de poesía en el mundo, que estaba harto de que todo (de lo minúsculo a lo mayúsculo) en el universo, rebosara poesía.

– ¿Eso era una oración humana? ¿Estás seguro?

– La mujer (o lo que parecía una mujer) a quien vi haciéndolo estaba de rodillas, con las manos juntas y adoptando la típica actitud de un humano orante.

– No entiendo bien ¿qué ganancia podría obtener un humano orante de que hubiera menos poesía en el mundo? Además ¿cómo diablos se puede definir la poesía para efectos de disminuir su cantidad en el universo? ¿acaso la poesía se puede cuantificar? Tengo la impresión de que esa mujer realmente estaba pidiendo otra cosa, no sabía lo que pedía o estaba loca.

– A mí se me ocurrió pensar que tal vez ella intuía que nosotros o alguien más la estaba observando, que quizá ella lo hacía para impresionarnos de algún modo.

– Esa idea es sugestiva ¿Habrá al menos algunos humanos que sospechen que todo el tiempo están siendo observados por nosotros? ¿Que llevamos mucho tiempo estudiándolos? ¿Que ellos son uno de nuestros programas con más alta sintonía? Si esa perspectiva fuera cierta, nosotros mismos quizá deberíamos replantear nuestra conducta al menos con ese segmento de la población.

– ¿Y qué sugerirías hacer?

– La directiva oficial sería la de no hacer nada, la de nunca proporcionarles información a estas personas para que confirmen sus sospechas. No obstante, quizá valdría la pena discutir una excepción respecto de la orden fundamental. Tú ya sabes que yo sí creo que vale la pena invadir un planeta por razones artísticas o dejar de invadirlo por esas mismas razones estéticas.

– ¿Qué harían los humanos si abruptamente los invadimos? Su frágil arsenal no resistiría mucho tiempo. La verdad es que sería un crimen nuestro.

– Y esa es una de las razones por las cuales no lo hacemos, somos conscientes de nuestra abrumadora superioridad científico-técnica y de que si cediéramos a la tentación, acabaríamos cometiendo un genocidio.

– Es verdad, los humanos son muy quebradizos… ¿Qué te parece si cambiamos de canal?

– Buena idea, pásale a ese otro donde se observa ese planeta de seres que se suicidan por exceso de inteligencia, tengo una teoría sobre ellos.

Bogotá, julio de 2015

1 “Pox” es un ser muy lento de la galaxia de estos extraterrestres.



Campo Ricardo Burgos López. Es bogotano, se graduó de psicólogo, pero por fortuna no ejerce la psicología. Obras suyas son Libro que contiene tres miradas (poesía), José Antonio Ramírez y un zapato y El clon de Borges (novelas) y textos críticos como Pintarle bigote a la Mona Lisa: las ucronías, Otros seres y otros mundos. Estudios en literatura fantástica e Introducción al estudio del diablo. Compiló también la Antología del cuento fantástico colombiano. En la actualidad es profesor en la Escuela de Filosofía y Humanidades de la Universidad Sergio Arboleda de Bogotá.

miércoles, 6 de febrero de 2019

Los días de la histeria


                                                     
       

Nada gusta a los hombres 
tanto como tener y luego
 ver si son realmente como 
uno se los imaginaba.
                                                             
Ítalo Calvino


Las máquinas nunca duermen. Desde mi escondite puedo escuchar ese rumor al que, por fuerza, me he terminado por acostumbrar y ya es prácticamente imperceptible; esa vibración de los transformadores que permite y delata la constante revisión de las listas de culpables.
Me siento muy débil. Apenas me he movido en los últimos tres días, agazapado como estoy en este cubículo, y en mi mano aprieto enfermizamente la última lata de conservas que poseo. Pronto caerá la noche y las máquinas comenzarán su recitación. Lo presiento, sé que hoy escucharé otra vez mi nombre en la fatídica lista. Ellas me condenarán y supongo que con razón.
Ahora recuerdo el nefasto día en que el alcalde celebró con orgullo oficialista la adquisición, por parte del Gobierno de la ciudad, de la docena de máquinas que facilitarían la vida de los habitantes de Adelma. Reunidos en la plaza principal, todos vitoreamos el advenimiento, ahora sí, de la modernidad. Era la nuestra una «ciudad» en tanto estaba poblada de edificios de cristal y acero, sitios de comida rápida, avenidas asfaltadas que ardían al mediodía, discotecas, bares, monumentos … pero, por lo demás, era dueña del infierno grande que hubiese correspondido a cualquier pueblito de campo. Construida a propósito en una región aislada y de clima tropical, Adelma contaría con una extensión de cinco kilómetros cuadrados. Sus habitantes no rebasaban la cifra de los diez mil y a menudo se podía tener la impresión de conocer a cada uno de ellos.
Se trataba de una ciudad joven, heterogénea, recién estrenada. Nadie tenía más de cuarenta años. Estaba conformada principalmente por emigrantes que habían llegado de los más inesperados lugares bajo la promesa de mejoramiento económico, como casi siempre suele ocurrir. Adelma no se supeditaba a ningú país, el territorio que ocupaba había sido comprado por un conjunto de corporaciones privadas para proyectar allí una ciudad ideal; utopía que sus autores consideraban totalmente realizable una vez que se tuvieran los recursos y la disposición para llevarla a cabo, tal y como ellos los tenían.
Su perímetro era meticulosamente custodiado por guardias de seguridad y vallas electrificadas, pues una vez que se entraba a Adelma no era posible salir. El perfecto funcionamiento de la ciudad ideal debía permanecer en secreto, por lo que una vez firmado el contrato no había vuelta a atrás. Aunque se suponía que aquellos aditamentos estuvieran allí para, más bien, evitar la entrada de individuos no autorizados –puesto que no se contaba con antecedentes de personas que hubieran decidido abandonar Adelma una vez establecidas allí– a veces me provocaban una inquietante claustrofobia.
Era esta, por lo tanto, una ciudad diseñada pensando en el futuro. La Administración había puesto sumo cuidado en controlar el equilibrio entre la cantidad de habitantes del sexo masculino y el femenino; y se hacía mucho hincapié en el aspecto de la fertilidad. Los aspirantes a ingresar en ella tenían que someterse a un riguroso ciclo de pruebas (médicas y de habilidades). Luego de la cuarentena previa a la entrada definitiva se debía firmar un documento en se daba autorización para utilizar toda la información privada que uno podía poseer. Tal exigencia se hacía con el objetivo de garantizar una completa seguridad, confort y complacencia. A nadie parecía interesar mucho el particular contenido de esta "letra pequeña" en el contrato de ingreso a la ciudad; sin embargo, llegado su momento, este acuerdo previo se habría de convertir en crucial para el desenvolvimiento de nuestras vidas.
En mi caso, llegué a Adelma huyendo del tedio y la miseria de mi pueblo de pescadores. Luego de la muerte de mi madre ya no quedaba nada que me atara a ese lugar. Había trabajado, desde mi mayoría de edad, como profesor de lengua en la única escuela que allí existía. Nunca sentí que encajara en el pueblo de todas maneras. Los que me eran contemporáneos siempre me miraron con desconfianza, gracias a ese extraño hábito de andar leyendo todo lo que se me cruzara en el camino –que realmente era bastante poco, dada las circunstancia de pobreza y desidia–, mientras ellos se iban a hacer el trabajo en verdad productivo: la pesca submarina que sostenía precariamente la economía del centenar de familias que habitaban aquel lugar, que por rancio, no tenía siquiera un nombre oficial, sino que era llamado por todos, a falta de una denominación más certera, "el pueblo".
No tengo muy claro qué factores influyeron para que aceptaran mi solicitud de vivir en Adelma pues no poseía yo habilidades fuera de lo común… incluso las tareas más pedestres he solido hacerlas siempre con cierta torpeza y morosidad. Pero supongo que incluso los proyectos utópicos necesitan de sujetos mediocres. Lo cierto es que me aceptaron y llegué a la ciudad con toda la ilusión que a un cínico le es permitida albergar. Me instalé en un complejo de apartamentos construidos con pladur y fibra de vidrio en lo que se pudiera denominar la periferia de la ciudad, mientras veía crecer cada día aceleradamente la urbe y proliferar los síntomas de la prosperidad y la armonía.
Desde la toma de posesión del alcalde Bursio, Adelma se reafirmó como un sitio para la experimentación y la implementación de proyectos, sobre todo de cariz tecnológico-medioambiental. De aquí la multiplicación de aerogeneradores; de automóviles y otros dispositivos que funcionaban a partir de energías limpias; de bioproductos o de edificios inteligentes que regulaban por sí solos, por ejemplo, la temperatura o la iluminación interior. Sin embargo, este mismo ánimo ambientalista revestía a la ciudad de cierto carácter agreste. Nos hacía vernos a nosotros mismos como los granjeros glorificados de un enorme rancho que gustaba disfrazarse de metrópoli.
De aquí el entusiasmo ante la llegada de las impresionantes supercomputadoras, a las que nuestro insuprimible instinto pueblerino nos hizo llamar genéricamente "las máquinas". La empresa Avantis Inc. –asidua suministradora en Adelma de productos informáticos, cuyo sello característico era una estética retro, justificada en el romántico intento de recobrar los atributos de la edad dorada de la cibertecnología– se había vuelto muy popular entre nosotros por sus rústicos, pero simpáticos teléfonos móviles «Martin Cooper Tribute». Dicha empresa había acabado de firmar contrato con el alcalde para probar la efectividad y utilidad de sus últimos artefactos que, de resultar exitosos, supondrían una revolución en cuanto a robótica e inteligencia artificial, según nos habían dicho.
Aquella mañana se cortó ceremoniosamente la cinta inaugural, se pronunciaron los discursos de rigor y se colocaron aquellos pesados armatostes en esquinas estratégicas del centro de la ciudad. No lucían muy diferentes a cajeros automáticos, pero su función era mucho más trascendental. Las máquinas, con su mecánica omnisciencia, fungirían a manera de oráculos y darían respuesta a cualquier pregunta que se les hiciera. Igual, serían capaces de emitir ciertas predicciones con un mediano plazo de cumplimiento y un alarmante estimado del ochenta y nueve por ciento de certeza.
Como gesto simbólico, el alcalde Bursio ingresó en la cabina, presionó los botones indicados y formuló la primera pregunta. "¿Quién será el próximo alcalde de la ciudad", dijo y una voz de sonoridades estereofónicas respondió por los altoparlantes que se hallaban a ambos costados de la cabina: "Adelma no tendrá otro alcalde que Regino Bursio". Ante tal respuesta se produjo una ensayada ovación. Nadie pareció captar en aquel momento lo que de apocalíptico implicaba una predicción como esa.    
Al inicio, la gente de Adelma se acercaba tímidamente e ingresaba en aquellos confesionarios a interrogar a sus nuevos dioses sobre cuestiones más bien pedestres: qué tipo de dieta sería mejor llevar si se padecía de acidez o cálculos biliares; qué automóvil comprar atendiendo al consumo y la comodidad; cuál zona de la ciudad era la más idónea para vivir con niños pequeños. Luego, las preguntas se fueron tornando algo más «metafísicas» y versaban sobre la profesión por la que algún individuo debía decantarse o la siempre socorrida elección de la pareja ideal; a tal grado que las máquinas antes parecían horóscopos que complicadas Inteligencias Artificiales diseñadas para optimizar la vida de los humanos en la democrática era de la información.
Un aspecto curioso del funcionamiento de estas Inteligencias era que sus respuestas siempre se emitían por los altavoces de los costados y a un volumen considerable; de aquí que se escuchaban, si no perfectamente, a varios metros a la redonda. La explicación para tal peculiaridad era que la información pertenecía por entero a la ciudad, por lo que no tenían cabida los secretos. En todo caso, al tratarse de un experimento, todo el proceso de intercambio y utilización de las máquinas debía ser visible (más bien audible), para facilitar su valoración por parte de los funcionarios de la Avantis Inc., quienes habían colocado sus oficinas-observatorios en las afueras de Adelma. Esto volvió harto más ruidosa a la ciudad, cuyos bullicios del tránsito y la muchedumbre se mezclaron ahora con las estereofonías constantes de las sentencias de las máquinas y el implacable zumbido que emitía el generador de electricidad que las mantenía funcionando.
Al cartel de las instrucciones, colocado a la entrada de cada cabina, lo acompañaba otro en que se explicaba que los juicios y dictámenes de las Inteligencias se basaban en cálculos estadísticos hechos a partir de datos suministrados por encuestas, sondeos, revisiones de recibos, páginas web visitadas, post en redes sociales, correos electrónicos y mensajes de texto de los ciudadanos de Adelma; y que, por lo tanto, estos juicios no eran infalibles. Aunque se pudiera objetar que los medios de obtener la información violaban las más elementales libertades individuales, todos habíamos accedido a renunciar a la privacidad en pos de un bien mayor. En definitiva, tal y como explicara Bursio en sus sermones, este experimento no hacía más que vaticinar el futuro: la unión global en una mente única en detrimento de lo corpóreo. Compartir sin ningún tipo de restricción todos nuestros secretos era un paso mínimo, pero indispensable para lograr el salto evolutivo hacia una humanidad más perfecta; si se quería, una post-humanidad.
Así, a pesar de saber que tales métodos no eran a prueba de fallos, progresivamente nos fuimos volviendo más y más dependientes de la extraña magia de máquinas. Llegó el momento en que nos sentimos totalmente incapaces de tomar una decisión, por minúscula que fuera, sin antes consultársela. Se debieron tomar medidas pues las filas para acceder a las cabinas se volvían kilométricas; se producían embotellamientos en las principales arterias y, básicamente, la gente estaba dejando de trabajar para dedicarse a reflexionar y pensar en el futuro. Así que se racionó el acceso a las cabinas a una vez por semana y a dos preguntas por ocasión; lo que reducía considerablemente el número de consultas diarias. 
De todas maneras, el radio de influencia de las máquinas se fue agrandando. Mientras más tiempo pasaba, más información recopilaban. Terminaron por intervenir en los aspectos más privados posibles. Pero lo realmente insólito fue que las autoridades de la ciudad, las organizaciones que dictaban las leyes y las hacían cumplir, comenzaran a utilizar las predicciones de las máquinas para administrar y decidir el destino de Adelma.
Que ocurriera esto fue lo más lógico. En los primeros cuatro meses las máquinas se ganaron nuestra confianza y admiración pues fueron capaces de predecir, con exactitud milimétrica, tres accidentes de tránsito masivos, un temblor de tierra de dimensiones considerables y un intento de atraco al banco principal de la ciudad. Esto, sin contar la multitud de casamientos y también divorcios celebrados bajo su auspicio. Evento que presagiara las máquinas, evento que indefectiblemente ocurría. Luego nos dimos cuenta: de ser negativo, tal evento podía muy bien no ocurrir si se tomaban las medidas necesarias para evitarlo.
Pero muy pronto el centro de las preocupaciones de las personas y, por ende, de las predicciones de las máquinas dejó de ser "el bienestar citadino". Las máquinas ahora discernían sobre cuestiones más íntimas y delicadas. A estas alturas es imposible discernir quién hizo la primera pregunta incómoda, pero la mayor envergadura mediática la recibió aquel incidente en que el presidente de la compañía de seguros, Inmanis Morbus, acusó a su vicepresidente de tener planeado un desfalco a la empresa. Sus pruebas consistían en los inapelables datos que había recibido de las máquinas. Y a pesar de todas las advertencias de los creadores, de todas las letras rojas en los panfletos e indicaciones de uso, la policía accedió a apresar al susodicho vicepresidente, la fiscalía a acusarlo y el órgano judicial de Adelma a condenarlo por malversación.
Este suceso provocó una proliferación de casos similares en que futuras víctimas denunciaban a tiempo los crímenes que habrían de cometer sus victimarios. En todas las ocasiones los sospechosos fueron juzgados y condenados. Una de las supercomputadoras fue trasladada de manera permanente al cuartel general de la policía de la ciudad y aquella conducta de adelantarse a los acontecimientos, valorada como prudente y provechosa, se naturalizó entre los ciudadanos de Adelma. No pasó mucho tiempo antes de que se realizara el primer homicidio preventivo. Nadie puso reparo alguno al tratarse de un potencial pederasta, pero, ciertamente, los días de la histeria estaban comenzando.
Recuerdo con exactitud la primera vez que me dirigí a una de las máquinas para realizar una pregunta. Obré como todos al principio, sin tomarla demasiado en serio y con ideas de utilizarla a la manera de cualquier inútil test de redes sociales que te indicaban el dibujo animado hubieras sido o cuál de tus contactos estaba secretamente enamorado de ti. Actué, lo juro, más por curiosidad que por otra cosa; luego aquello se fue volviendo adictivo.
Ingresé a la cabina. Oprimí el botón de inicio y la máquina me dio la bienvenida con automática cordialidad. Al ser mi primera vez tuve que decir mi nombre y número de cédula. Acto seguido, un escáner recorrió mi cuerpo de arriba a abajo un par de veces; y ya la máquina supo todo lo que debía sobre mí. Sin embargo, me pidió que confirmara mi ocupación laboral. Al declarar que era guardia de seguridad en la Biblioteca Central de Adelma la supercomputadora demoró unos segundos en continuar su interrogatorio, como si le costara trabajo procesar una información como aquella. Quizás para su entendimiento, un trabajo como el mío era totalmente inoperante. Una biblioteca es una especie de almacén de información, y la información, en la particular ideología de las máquinas, pertenecía a todos, por lo que no tendría sentido alguno la existencia de alguien que la custodiara. Estas elucubraciones, por supuesto, son producto de mi reciente paranoia y de mis no tan paranoicos hallazgos, que me ha hecho ver segundas intenciones en todo el comportamiento de las Inteligencias y de quienes las controlaron –al menos durante un tiempo–, que me ha inducido a imaginarlas dueñas de una conciencia y un propósito. Pero ruego que se me entienda, mi mente ha necesitado crear esta treta para justificar la ruina de nuestra ciudad.
 "¿Está en mi destino… enrollarme con Leslie Green?" pregunté finalmente, queriendo sonar sarcástico y pensando conocer de antemano la respuesta. Sin embargo, la máquina contestó de manera insufriblemente enigmática: "El destino de Adán Guada en Adelma es la soledad". Confieso que la respuesta me desilusionó bastante, pero, a fin de cuentas, no distaba mucho de la que podría haberme ofrecido cualquier test virtual. Me arrepentí de haber utilizado la palabra "enrollarme" pues quizás pudo causar algún tipo de confusión para la máquina que solo captó la noción de "destino", por eso el matiz misterioso de su respuesta. No quise dar demasiado crédito, por mi propio bienestar mental, a aquel presagio… ni a las máquinas en general. De aquí que quedara tan conmovido cuando comenzaron los juicios por crímenes anticipados. No entendía cómo todos podían tomárselo tan en serio.
Si bien en un primer momento las predicciones que hacían las máquinas de las posibles infracciones les brindaron cierta ilusión de seguridad a los habitantes de Adelma, pronto un estado general de paranoia se fue apoderando de la ciudad. Aquel fenómeno se dio a conocer por los medios locales –los únicos que existían– como "los días de la histeria". Las televisoras y la prensa instaban a las personas a mantener la calma, pero estas, por centenares, continuaban acudiendo diariamente a las cabinas. En definitiva, las máquinas eran imparciales. No les interesaba realmente quiénes éramos o quiénes decíamos ser; les era imposible discernir entre el bien y el mal, conceptos indiscutiblemente humanos. Su labor se limitaba, pues, a resultar útiles. Así, ayudaban a sus usuarios a discernir los aliados de los enemigos, les indicaban cómo proceder ante algún desagravio, les aconsejaban huir en caso de no quedar otra alternativa. Con Dios y con el diablo, las Inteligencias continuaron desempeñando su esencial labor… hasta las últimas consecuencias.
Ahora las preguntas más comunes eran: "¿corro algún peligro?", "¿quién intenta hacerme daño?", "¿alguien ha pensado asesinarme?". Las respuestas solían ser muy alarmantes porque, si se piensa bien, cualquier persona en su sano juicio ha fantaseado alguna vez acabar con la vida de alguien, o ha hecho, siquiera, un chiste al respecto. Todos hemos estrangulado virtualmente a un jefe, un colega de trabajo, un contrincante, un familiar… la muchacha bonita y uniformada que te mira con desprecio a la salida de la Biblioteca, cuando el resto se va a los bares a olvidarse de las preocupaciones, mientras tú recién comienzas la jornada de trabajo. Sí, lo admito, en más de una ocasión había fantaseado con asesinar lenta y tortuosamente a Leslie Green. Estas fantasías siempre cobraban un matiz erótico y terminaban provocándome una ridícula erección.
El caso es que la respuesta a preguntas como esas poseía un alto grado de volatilidad e impulsividad, típicas del género humano; nada que el raciocinio inflexible de una máquina pudiera comprender cabalmente. Pero los usuarios no realizaban estas inferencias. Ante la confirmación de que alguien había pensado alguna vez infringirle algún daño, o aún mejor, asesinarla, la persona se dirigía a las autoridades clamando por justicia.
La policía, por su parte, comenzó a cuestionarse si su actuación había sido la más justa y conveniente, al tomar tan al pie de la letra la opinión suministrada por las máquinas para juzgar y condenar a los futuros criminales. Lo cierto es que esta se reusó a seguir aceptando pruebas de aquel tipo para encausar a delincuentes en potencia. Ante el desamparo en que los dejaba la oficialidad, los vigorosos habitantes de Adelma no tardaron en tomar la justicia por sus propias manos.
La ciudad se volvió un completo caos. La gente se agrupó en especies de clanes para lograr una mejor protección frente a los enemigos, que ahora estaban en cualquier parte. Comenzamos a desconfiar de todo, incluso de las máquinas… ¡sobre todo de las máquinas! Desconfiar parecía ser el único lazo que nos conectaba con nuestra humanidad; una humanidad trocada en dígito, estadística, lógica implacable. Algo, pensamos, no estaba funcionando bien. ¿Acaso las máquinas también se habían vuelto histéricas? Lo natural hubiera sido, entonces, destruirlas. Sin embargo, las necesitábamos. Solo los que alguna vez hayan sido dependientes de una sustancia, únicamente aquellos que hayan experimentado el sometimiento ante una adicción pudieran llegar a comprender qué sentimos, pudieran llegar a sospechar la enfermiza relación de amor-odio que establecimos con esos artefactos.
Yo mismo no sé cuántas veces desesperé por consultar cualquier frivolidad. Más que con preguntas, me dirigía a ellas con dudas ontológicas que, aunque bien sabía que no estaban dentro de su competencia responder, me ayudaban a lidiar con el absurdo de mi existencia mediocre en el sitio que se pensaba a sí mismo como el mejor de los posibles. Creo que llegué a experimentar los síntomas de la abstinencia cuando el salir a las calles se volvió un auténtico peligro. Los homicidios preventivos aumentaron, acometidos ahora por las propias víctimas potenciales, y las autoridades no supieron qué hacer con la incontrolable ola de crímenes.
Lo más curioso era la vertiginosidad con que ocurría todo esto. De la noche a la mañana Adelma se convirtió en un pueblo fantasma. Los comercios cerraron, las televisoras locales dejaron de trasmitir, Avantis Inc. clausuró sus oficinas y se marchó de la ciudad. Cosa que no podía hacer el resto puesto que ni el contrato, ni los guardias de seguridad apostados en el perímetro de la ciudad se lo permitirían. Las calles se volvieron una amalgama de silencio y polvo en la que no era posible hallar ningún transeúnte. Todos sentían miedo. La gente había aprendido a matar o a esconderse para sobrevivir.
Yo fui de los que decidió esconderse. Nunca he tenido la suficiente sangre fría para matar más que insectos y roedores. Hubiera deseado intentar huir de la ciudad, pero ya era imposible dejarse ver a la luz del día sin recibir un disparo o ser víctima de una bomba casera. Al principio me refugié en la Biblioteca. La conocía de punta a cabo y me hacía sentir seguro. Me escurría lo más sigilosamente posible por sus sótanos y en las tardes incluso me atrevía a ir a los pisos de arriba en busca de cualquier cosa comestible y algún libro con el que entretener mi simulacro de vida.
Cierta noche ocurrió lo inesperado. Luego de semanas de ininterrumpido silencio –puesto que ya no había persona que se atreviera a ponerse al descubierto y dirigirse a una de las cabinas– las máquinas volvieron a escucharse en cada uno de los rincones de la ciudad semidesierta. Pero esta vez hablaron al unísono, como si simularan un escalofriante cántico gregoriano. Sus idénticas voces, reduplicadas hasta el infinito, se escucharon con total claridad gracias al inmenso mutismo que reinaba.
"Louis Benes ha planeado por mucho tiempo la muerte de su hermano mayor, Thomas Benes, para apoderarse de la Compañía que juntos fundaron al llegar a Adelma. Louis Benes está escondido en la calle 17, en la buhardilla del Casino Magno. No merece vivir. Berta Nívia pensó en muchas ocasiones asesinar a su propio hijo recién nacido. Llegó a sostenerlo delante de la ventana abierta dispuesta a arrojarlo a la Avenida Principal. Ahora se esconde en una ferretería ubicada en la calle D. Berta Nívia no merece vivir. Gastón Uribe ha pensado…".
Aquella información era recitada por las máquinas sin una inflexión, un dato a continuación del otro. La lista de acusaciones era interminable y en la ilimitada impiedad de las Inteligencias todos merecían morir. No alcanzo a comprender a qué se debió este cambio en sus comportamientos, esta sorpresiva autonomía que las hacía delatar a cada uno de los individuos que ahora habrían de esperar el momento de morir o asesinar a su adversario. La posible mutación que se produjo a nivel de su funcionamiento interno, la tecnología con que fueron creadas escapa totalmente a mi rústico entendimiento, pero supongo, en pos de hallar alguna explicación lógica, que en algún punto las máquinas terminaron por contagiarse con la paranoia de los habitantes de Adelma y acabaron por percibir como verdades absolutas las murmuraciones, desahogos y secretos que fueron dichos en su presencia. No pudieron más que ver pecados y crímenes en la conducta de los humanos. 
Traté de seguir con mi rutina de vana supervivencia bajo las nuevas circunstancias en que las delaciones de las máquinas ponían a la ciudad. Ahora, además, funcionaban como si fueran noticiarios y no solo sentenciaban a aquellos que debían morir, sino que informaban del estado general de los "ajusticiamientos". Así, todos permanecían atentos y enterados de que Kalima Frías, jefe del clan que se hizo llamar los Justicieros Ciegos, había sitiado el Centro Comercial donde se hallaban escondidos algunos asesinos mentales notables, para darles muerte y acabar con su reinado del terror. Tres días le llevó acometer su ataque, pues los asesinos, pertenecientes al clan de los Altruistas, también habían sido advertidos de que Kalima Frías y los suyos querían darles muerte. De manera que se creaba un bucle de advertencias y muertes preventivas del que parecía ya imposible escapar. A veces se creaban pactos tácitos entre individuos que conocían su plan de ser asesinados el uno por el otro y decidían simplemente no actuar, en una especie de tratado de paz sin armas nucleares de por medio. Mucho más fácil era cuando el culpable no pertenecía a ningún clan y resultaba presa fácil para recibir su merecido.   
En honor a la morbosa verdad, las cosas se volvieron algo más animadas. Fue como si me hubiera vuelto seguidor de una truculenta novela radial que podía interrumpir la redundancia de mi día en cualquier momento. Así, cierta tarde, en una de mis andanzas cotidianas por la biblioteca me llevé la casi mortal sorpresa de encontrarme, parapetada detrás de un escritorio, a la mismísima Leslie Green, temerosa quizás de escuchar su nombre en boca de las máquinas o ser sorprendida por algún psicótico justiciero, sicario de brocha gorda, de los tantos que abundaban por aquellos días en Adelma.
No traía consigo ningún arma con qué defenderse. Tuve que agarrarla muy fuerte y taparle la boca para evitar que nos delatara. El desaliño del post-apocalipsis incrementaba la sensualidad en su habitual estética de empleadilla de limpieza. Cuando se tranquilizó, me miró unos instantes y luego se cubrió sus ojos oblicuos con las manos para llorar silenciosamente. Horrible como siempre he sido para las consolaciones, solo se me ocurrió darle unas torpes palmadas en el hombro. Esto pareció surtir algún efecto pues ella volvió a levantar la cabeza, tragó en seco y me preguntó si tenía algún plan para escapar.
Por supuesto que no tenía ningún plan, además de vagar en silencio por los pasillos de la Biblioteca hasta que finalmente me descubrieran. Caí en la cuenta, en ese momento, de mi latente instinto suicida y mi socio-apatía. Yo tampoco contaba con un arma en caso de que alguien me sorprendiera; nunca me había dirigido a las máquinas para preguntar si querían asesinarme –presumo que no me consideraba lo suficientemente interesante para suponer un obstáculo a eliminar para cualquier otra persona–, en fin, no tenía planeada otra estrategia que esperar y ver cómo se solucionaban las cosas por sí solas. Sin embargo, cuando Leslie me preguntó de manera tan determinada si tenía un plan, deseé por unos instantes ser diferente. Lo hubiera dado todo por sonreírle y decirle con voz grave y enigmática que lo tenía solucionado y que pronto la sacaría de aquel infierno. Pero mi reacción fue la perplejidad.
Ella me miró decepcionada y a sus ojos oscuros vi asomarse por unos instantes el desprecio de ocasiones anteriores en que me sorprendió escudriñándola a la salida del trabajo, hurgando con mi mirada, adivinando sus formas bajo el uniforme de blanco delantal. Le dije, buscando desesperadamente su aprobación, que tenía, en cambio, latas de conserva que podía compartir con ella. Aquello pareció ser suficiente por el momento.
Ya empezaba a oscurecer cuando nos retiramos al sótano y abrimos una lata de atún. Ella se comió su porción con cierto desespero; luego me confesó que hacía días que no probaba bocado. Mientras, yo miré el envase con una conmoción semejante a la nostalgia y le comenté, queriendo sonar como sonaría un hombre cautivador, que quizás aquel atún había sido pescado en mi antiguo pueblo.
Hablamos un rato, con la franca sinceridad que suele practicarse entre los completos desconocidos, sobre nuestros terruños. Ella provenía de muy al norte y, antes de llegar a Adelma, no conocía más que el frío y la nieve. Me dijo que Leslie no era su verdadero nombre; había tenido que cambiarlo para encajar mejor. Su nombre real era Qanik, que en inuit significaba "copos de nieve en el aire". Yo pensé confesarle, a cambio, mis fantasías en las que intentaba estrangularla y cómo estas terminaban todas las veces en una dulce y larga violación; pero preferí hablarle de cuánto me gustaban sus labios, que era una verdad menos inquietante.
Me acerqué y la besé, no sin titubear por un instante. Leslie Green, ahora Qanik solo para mí, respondió a mi beso con lentitud, pero con disposición; abriendo despacio su boca, rozando con la punta de la nariz y con su labio superior mis comisuras, introduciendo de a poco su húmeda lengua para buscar la mía, en una danza que ya me imaginaba ritual y en algún sentido milagrosa. En aquel momento, por un breve intervalo, pensé que, después de todo, las máquinas se habían equivocado en su respuesta a mi primera pregunta; y tal error me hizo recobrar tenuemente la esperanza en nuestra salvación.
De repente, a mitad del beso, en una brutal e inadmisible violación de aquel prodigio, un sonido estereofónico nos provocó un susto de muerte. La ronda de acusaciones de aquella noche daba comienzo. No tuve tiempo de emitir un solo sonido antes de escuchar como la letanía de las máquinas pronunciaba: "Adán Guada ha deseado violar y asesinar a Leslie Green en múltiples ocasiones. Se encuentra ahora escondido en los sótanos de la Biblioteca Central de Adelma. No merece vivir".
Vi como en la cara de Qanik, de mi recién descubierta y conquistada Qanik, se dibujaba una mueca de terror. Intenté en vano explicarle que aquello no era cierto, hacerle entender la irracional paranoia de la que todos estábamos siendo víctimas, pero ella ya había echado a correr pegando fuertes gritos delatores. Corrí tras la estela de su histeria mientras le suplicaba que callara pues nos haría matar a los dos. Ella, sin embargo, ya había dado alcance a la puerta principal y en carrera frenética se había lanzado a la avenida. Me detuve instintivamente en el umbral y vi su silueta, confundida con las opacidades de la noche, doblar en una esquina y desaparecer, ya para siempre, de mi vista.
Caí de rodillas en la entrada de la Biblioteca y una sensación de asfixia se apoderó de mis pulmones, subió por mi garganta y llegó a mi boca convertida en un sollozo. Las máquinas habían terminado su pavorosa recitación. En el aire quedó flotando el eco de su último "no merece vivir". Unas desacostumbradas lágrimas me empañaron la vista y pensé, por largos segundos, en mi propia y realmente merecida muerte.
Se escucharon ruidos de explosiones. Logré ponerme en pie y me escabullí por una callejuela al costado de la Biblioteca. Corrí enajenado por calles ruinosas e inciertas hasta que me introduje en unas construcciones que parecían haber sido oficinas de algún puesto administrativo. La noche interminable se aderezó con el sonido de continuos estallidos, hasta que con las primeras luces de la mañana sobrevino la calma. 
Al clarear recorrí sigiloso el perímetro de la habitación en que me hallaba y caí en la cuenta de que se trataba de las oficinas de Avantis Inc. En el desorden de papeles y escritorios volcados se hacía evidente la premura con la que habían abandonado Adelma. Miré distraído algunos esquemas en que se representaban circuitos eléctricos y me sentí tremendamente impotente al no comprender ni una tilde de lo que allí se explicaba. Al parecer aspiraba a encontrar entre aquellos papeles una justificación para el enloquecimiento de las máquinas. En aquel momento aún las culpaba de todo lo ocurrido en la ciudad: de la histeria, los asesinatos preventivos, la paranoia… la muerte de Qanik.
Entonces encontré unos papeles algo extraños. Se trataba de una especie de bitácora del devenir de la ciudad desde que se instalaras las Inteligencias: las primeras reacciones de la gente, la progresiva histeria a la que fuimos sucumbiendo, la violencia, la destrucción, la muerte… siempre la muerte. Si en algún momento yo había sospechado algo así, lo achaqué a otro de los síntomas de mi paranoia. Pero ahora no quedaba dudas. Todo había sido un experimento de Avantis Inc. Sus funcionarios habían estudiado metódicamente nuestras reacciones e interacciones con las máquinas y dejaron luego que el asunto se les saliera de las manos, no pudiendo hacer otra cosa que huir.
Miré por la rendija de una ventana y descubrí que afuera hacía un sol radiante. Justo al frente de las oficinas, a unos cien metros, se levantaban unas estructuras parecidas a unos almacenes. Hasta ese momento no fue que noté cómo el rumor de los transformadores se sentía con mayor intensidad desde mi nuevo escondite; de lo que concluí que aquellos cobertizos debían albergar el generador de electricidad que mantenían a las máquinas funcionando.   
Desde entonces han transcurrido idénticos los días. No hay en este sitio más que el agua de los bebederos descompuestos. Las provisiones de conservas –que me había acostumbrado a llevar en los bolsillos de mi chaqueta, por eso las traía conmigo en el momento de la huida– se están terminando. Mi único entretenimiento ha sido escribir estas líneas para luchar contra la culpa y los cada vez más genuinos deseos de acabar con mi propia vida. Escribir pareciera ser el único acto que se me tiene permitido entre tanto inútil papel de oficina.
A la caída de todas las noches las máquinas emprenden su aberrante recitación. Sus voces arañan mis tímpanos y me hacen retorcerme en este estrecho cubículo al que terminé por autorrelegarme y que en algún momento me brindara una tibia sensación de amparo. En cada oportunidad hay menos nombres en las listas de culpables. ¿Cómo conocen ahora nuestros paraderos? ¿De dónde obtienen ahora los datos? No puedo pensar en otra explicación: las máquinas pueden leer nuestros pensamientos. Quizás siempre pudieron, solo que no los interpretaron de la manera correcta, de la manera imperfectamente humana.
Las sentencias han continuado siendo ejecutadas por los individuos que aún se hallan diseminados por los rincones de la ciudad. Es como si los que quedaran se hubieran dado a la tarea de limpiar lo que subsiste en Adelma de pecaminoso, como si su necia cruzada los redimiera de sus propios crímenes: imaginados y reales.
Aunque mi nombre no ha vuelto a ser mencionado he sentido la tentación de atravesar la puerta y caminar por las calles hasta recibir el balazo que acabará finalmente con esta angustia. También existe una alternativa; siempre hay una. Pero, preciso es advertirlo, esta es la historia de un cobarde. No esperen de mí ningún acto de heroicidad. Hubiera sido fácil acometer esa tan esperada maniobra y salir corriendo de mi escondite para desconectar las endemoniadas máquinas, destruirlas a puros golpes, dominado por la rabia y la venganza. A fin de cuentas, el generador se halla justo enfrente. Pero no me atrevo y he llegado incluso a pensar que eso ya no tendría ningún sentido. Quizás las máquinas tengan razón y todos merezcamos morir.
La noche está cayendo. Dentro de unos instantes, no sabría explicar cómo, sé que volveré a escuchar mi nombre pronunciado unánimemente por las voces de las máquinas. Desconozco cuál será esta vez mi acusación, si seguiré pagando la culpa de la mil veces fantaseada muerte de Leslie Green o existirá algún cargo nuevo. Ya empieza: "Adán Guada quiere dar muerte a… Adán Guada. Se esconde en el kilómetro 0, en las Oficinas de Avantis Inc. No merece vivir".


Salí a la calle. Por buen rato deambulé entre las ruinas de Adelma. La oscuridad amasaba formas inquietantes en cada esquina, pero el miedo ya me había abandonado. Vi las ventanas rotas de los edificios, los modernísimos autos volcados, la basura esparcida por las aceras. No parecía quedar nadie con vida. A cada tanto tropezaba con algún cadáver a medio chamuscar. Ese particular olor a carne quemada lo envolvía todo. 
Me he dirigido y actualmente estoy frente al punto de control que da el acceso a la ciudad. Las vallas electrificadas han sido desgarradas y nadie hace guardia en la posta. Parece que algunos lograron sobrevivir y escapar. Está por amanecer. De fondo, las máquinas continúan repitiendo, como si se hubieran averiado, la letanía de "Adán Guada no merece vivir". Quedan dueñas de Adelma. Ninguno sobrevivió a sus delaciones, ninguno se atrevió tampoco a destruirlas. Quizás todos resultamos ser unos cobardes.
Frente a la otrora puerta de entrada, ahora únicamente servible como salida, me volteo por última vez hacia la ciudad. La luz amarillenta del crepúsculo matutino descubre para mis ojos un paisaje grisáceo debido al humo de los últimos incendios. A mi alrededor, impregnando mis ropas, haciendo arder mis ojos y mi garganta, flotan diminutas pelusillas de ceniza, como si de copos de nieve en el aire se tratara.
Cuando me haya marchado, las máquinas se sumirán en una mudez culpable, resentida… inevitablemente solitaria. No puedo imaginar una mejor venganza.



Maielis González Fernández. La Habana, 1989. Narradora e crítica literaria. Ha participado en varios eventos sobre los géneros fantástico y de ciencia ficción en su país y en el extranjero. Ha publicado varios artículos y ensayos sobre el tema en revistas cubanas e internacionales. Graduada en el 17° curso de técnicas narrativas del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, recibió en 2014 la beca de creación literaria Caballo de Coral, otorgada por esta institución. Obtuvo el segundo lugar en el concurso de cuentos de ciencia ficción Juventud Técnica, 2015. Obtuvo el Premio de Narrativa Breve Eduardo Kovalivker en 2016, a raíz del cual se publicó su  primer libro de relatos Los días de la histeria por la Colección Sur. Su relato "Seudo" fue incluido enAlucinadas II: Antología de relatos de ciencia ficción en español escritos por mujeres, Sportula, Barcelona, 2016. Ha publicado además Sobre los nerds y otras criaturas mitológicas, por la editorial española Guantanamera en 2017.