jueves, 27 de abril de 2017

"La noche de la Trapa"por Germán Castro Caicedo (Colombia 1938-007)

Palabras claves: chimpancé, abadía, confesión.


Ilustración Jorge Miño ©

Nadie que, hacia la medianoche de aquel viernes de marzo, hubiese cruzado el paraje poblado de arbustos a cuya vera se alza el Monasterio de Nuestra Señora de la Trapa, había advertido la presencia de un tipo alto, bastante entrado en años que, embozado materialmente en el cuello de su gabán se aproximaba al alto por-tón señoreado por el escudo de los cistercienses reformados.
El viento era frío y sacudía uno que otro tallo raquítico, mientras se oía allá lejos la voz unísona con que los monjes entonaban motetes corales de tiempos de Or-lando de Lasso. Una máscara de nubes envolvía la luna y la oscuridad era casi absoluta.
El intruso asió decididamente el macizo aldabón y llamó una, dos, tres veces, con golpes sonoros. De haber luz, sus cabellos se le habrían visto arremolinados sobre un rostro malsano, de verticales arrugas. Transcurrieron unos minutos antes de que un diminuto postigo, resguardado por una rejilla, se abriese para enmarcar unas vegas facciones.
—En nombre de Dios, ¿qué busca?
—Me llamo Melchor de Arcos —dijo el extraño—. En el mundo era el profesor de Arcos, un eminente biólogo y ecólogo. Ahora quiero solamente la paz del claus-tro.
—¿A estas horas de la noche? ¿Porque escogió la orden trapense?
Una ráfaga azotó la fachada de fábrica romántica, flageló el almenaje que corona-ba los muros, así como las columnas exentas y resaltadas de los machones, y fue a colarse luego, con sordos gemidos, por las bóvedas en cañón.
—Tuve que hacer un viaje largo. He oído que los trapenses atienden a su manu-tención por medio de trabajos manuales, pero consagran a los ejercicios espiritua-les y al estudio la mayor parte de su tiempo. Es el género de vida que apetezco para mi vejez.
—Ojalá no lo apetezca desordenadamente. También suele haber desorden en las vocaciones monásticas. —Quiero convertir mi vida en algo útil.—Nunca es tar-de.Algo crujió y se abrió el portón, chirriando sobre sus goznes.
La silueta de un monje de hábito blanco, con escapulario y capucha negros, se dejó entrever en la penumbra aureolada por el resplandor de una lámpara de pe-tróleo que él sostenía con la mano derecha.
El profesor avanzó a tientas, hasta trasponer el locutorio y salir a un patio de re-miniscencias medievales, alumbrado por una hilera circular de faroles de gas, donde otros monjes se paseaban y mascullaban oraciones.
Todavía se oían las voces corales, pero su son era más familiar ahora.
—Tendré que hablarle al abad.
Marchaban como sombras bajo los haces de luz.
—La Trapa sólo posee un abad, cuya sede es Roma, nuestro correspondiente al capítulo general es un monje superior, que lo recibirá inmediatamente. ¿Ha comi-do ya usted?
—No tengo apetito. Preferiría que me condujera de una vez ante el superior.
Subieron por una angosta escalinata cuyas tinieblas iba horadando siempre la au-reola de petróleo. Un pasillo de mármol conducía a las celdas, yuxtapuestas en hilera y adosadas al muro exterior. El monje golpeó en una de ellas, cuya puerta rechinó al instante para serles franqueada.
—In nómine Dei...—Fray Roberto de Claraval, nuestro superior —anunció el guía.


El abad se inclinó. Por la mente del profesor cruzaron los nombres memorables que componían aquella enseña de combate. San Roberto, abad de Molesme, fun-dador de la orden de Cister para restaurar la observación ad pédem litterae de la regla de San Benito. San Bernardo de Claraval, el incansable predicador de la se-gunda cruzada, el perseguidor implacable de la filosofía y la dialéctica. Aquellos nombres llenaban dos siglos y estaban vinculados estrechamente a la norma tra-pense.
Ahora estaba a solas con fray Roberto.
En la penumbra, los rasgos del religioso se desdibujaban, pero podían advertirse, con un esfuerzo, un rostro enjuto y escarolado, unas manos trémulas y un conti-nente endeble. Se habían sentado el uno frente al otro, sin más iluminación que la proporcionada por la lámpara de petróleo que el guía, antes de retirarse, colocó sobre una ménsula.
La celda era ahogada y desnuda. Un taburete, un catre de tijera y un crucifijo era todo lo que podía verse. Bajo el camastro ocupado por el fraile estaba archivado un alzapiés.
—¿Puede saberse qué cosa lo indujo a venir aquí? Ya sabe, la vida monástica es dura.
—Es una rara historia, algo de lo cual no quisiera acordarme.—¡Hace ya tanto tiempo!
—Muchas veces el hombre propende a exagerar sus faltas. Es un pecado contra sí mismo y, no obstante, no pocos santos varones lo tuvieron como virtud. ¿Quisiera arrojar una luz sobre su conducta pasada? Hasta cierto punto, esto tiene el valor de una confesión.
La ventanilla de la celda, abierta a la noche, permitía ver allá arriba el parpadeo de Altair de Águila. Otros hachoncillos, y otros, se amontonaban en el recuadro del alféizar. Melchor de Arcos se estremeció.
—Es lo más tremendo de que tenga noticia. A menudo no sé si lo he soñado.
Fray Roberto esbozó un mohín de incredulidad. No parecía impresionarlo el tono ligeramente patético empleado por el profesor para dar comienzo a su historia.
—En pocas palabras, algo que acabé por buscarme. Ya sabe que soy uno de los investigadores más respetados en el campo de la ecología.
—Perdone...
—Es la parte de la biología que se ocupa de la relación de los organismos entre sí y con el medio que los rodea. Presupone por supuesto un conocimiento de las formas, las estructuras, la fisiología. Soy biólogo de la Sorbona. Mis padres fueron ricos y costearon mis estudios en aquella Europa de comienzos de siglo, ávida de progreso, sedienta de audacias.
Fray Roberto oía devotamente.
—De regreso acá, me sentí lleno de ideas innovadoras. Todo lo que veía me pare-cía mezquino. Eso nos pasa a todos los educadores en el extranjero. Mientras mis colegas se preocupaban por hacer dinero, yo leía, investigaba, dictaba conferen-cias no siempre ortodoxas.
El viento volvía a fustigar las almenas. Por un momento, sus zumbidos parecieron traer un sonsonete de burla.
—Un día, al meditar sobre ciertas premisas, caí en cuenta de algo verdaderamente extraordinario. No sé si me esté explicando bien, pero la verdad es que me puse a pensar que no es el medio el que plasma y modifica al hombre, sino éste al medio. Me dije que, desde el lapón de las tundras hasta el congolés del trópico, la huella dejada por el hombre, ya sea en objetos labrados, ya en grandes bloques arquitec-tónicos, es única, impar, diferente a la dejada por otros seres. ¿Y por qué razón? Pues porque el hombre, más que animal racional, es animal insatisfecho, materia antojadiza, no está a sus anchas en el marco de la naturaleza, por maravilloso que ésta sea, y pretende alterarlo... Por donde pasa un hombre, la naturaleza es alterada inmediatamente, unas veces con grandes ciudades, otras con simples jeroglíficos o tallas en las piedras.
—Está bien —rezongó fray Roberto.
—El hombre no está a sus anchas en la naturaleza y, por tanto, no es susceptible de recibir su influjo. Al contrario, es él quien la influye y la modifica a su sabor.
Se había puesto de pie y recorría a grandes zancadas el aposento.
—El nacimiento de esta insatisfacción —prosiguió—, es lo que a su vez determi-na el nacimiento de la especie humana. Si Darwin tenía razón en el aspecto fisio-lógico del asunto, yo lo tenía en el psicológico. Me consagré, pues, a realizar concienzudos estudios de las biocenosis humanas. Viajé mucho.
Estaba agitado. El monje lo observaba con infinita tristeza.
—Al cabo de 5 años y gracias a mi tesón infatigable, había reunido buena canti-dad de datos y experiencias. Entonces pude darme a la tarea que secretamente acariciaba. Partiendo de sólidas premisas, yo podía demostrar con hechos concre-tos la posibilidad de asimilar al género humano animales de grado superior en la escala zoológica. Usted dirá, ¿de qué manera? Era algo más difícil de comprender que de realizar: estimulando, de un lado, los factores orgánicos imprescindibles a esta transformación y creando, del otro, las circunstancias psíquicas inherentes al fenómeno. Allí estaba la miga del asunto y yo, fray Roberto, era un genio.
El religioso pareció sobrecogido de violentas sacudidas. Permaneció en su sitio, sin embargo, y se cuidó de no decir nada.
Allá lejos, Altair seguía brillando irónico.
—¿Comprende usted la magnitud de todo aquello? En poco tiempo, las condi-ciones de laboratorio para verificar mi experimento eran insuperables. Con dos cercopitecoides, del género antropoide, algo así como dos chimpancés que ser-vían a mis propósitos, y a los cuales bauticé Chip y Chop, me entregue a ese dia-bólico trabajo. Me sentí Dios.
Volvió a acomodarse en el taburete. Sabía que el fraile lo escuchaba con vivo in-terés. Su mirada había ido agradándose.
—A nadie comuniqué mi intención. Poco a poco, y en dosis progresivas, saturé a mis animales del suero preteológico que habría de cambiar su anatomía. Y al mismo tiempo, comencé a emplear lo que llamé «flujo del hábito», una poderosa fuerza magnética dirigida a transformar sus reflejos cerebrales, a engendrar en ellos el morbo de la insatisfacción psíquica, privilegio del ser humano. ¡Fue un éxito! A la vuelta de pocos meses, Chip y Chop reaccionaban en cierto modo co-mo personas; habían adquirido el hábito del lujo, preferían ciertos manjares a sus antiguos alimentos.
Ahora, el eco lejano de los motetes corales se había extinguido y un silencio de muerte reinaba en el viejo monasterio de la Trapa.
—Fue entonces cuando, una noche, Chip se escapo del laboratorio sin dejar ras-tros. Me alarmé en un principio pues ignoraba cuáles serian, a fin de cuentas, los resultados de mi experimento. Los monos comenzaron a habituarse al cine, que yo les proyectaba, y a otras recreaciones cultas, pero no me era posible albergar una exacta certidumbre respecto a su proceder de mañana. Podían convertirse en monstruos, que sé yo... por fortuna no ocurrió así. Aunque no volví a saber de Chip, el comportamiento de Chop llegó a tal perfección, su anatomía sé metamor-foseó con tal éxito que, sin aguardar a más, una buena tarde lo declare hombre.
Jadeaba con ansias.
—Mis relaciones con Chop, a partir de aquel momento fueron las mismas que in-forman el rito familiar. ¿Un hijo? ¿Un hermano? ¿Un amigo? No lo sé. Comíamos en la misma mesa, con mi mujer y mis hijos pequeños, únicos testigos del experi-mento. Chop (cuya edad era directamente proporcional a su edad antropoide, esto es, el equivalente de unos veinticuatro años) se distraía con chicas de su edad, estudiaba... una noche ocurrió lo imprevisto. Lo chocante. Volvía yo de la univer-sidad, donde dictaba agotadores cursos de biología, cuando sorprendí algo extra-ño en la alcoba de mi mujer. Me apresure a entrar y hágase cargo de mi estupor: ¡en mi propia cama, como un infame, Chop gozaba a mí legítima esposa, me trai-cionaba descaradamente, aprovechándose de aquel atuendo humanoide con que yo, un genio lo había revestido!
Hubo un general estremecimiento que no hubiera podido ubicarse en sitio preci-so. Fue como si en la materia, ante la revelación monstruosa, se crispara, hacién-dose hirsuta, volviendo a sí misma.
—No me quedó más recurso, fray Roberto, y descerrajé un tiro de mi pistola sobre el engendro antinatural dotado de vida humana. Murió casi instantáneamente. Pero antes de hacerlo pidió perdón a gritos, revolviéndose en el suelo como un puerco.
Fray Roberto callaba.
—Desde entonces, y aunque tuve corazón para perdonar a la madre de mis hijos, no he vivido tranquilo. Nadie supo nunca la suerte de Chop. Lo sepultamos en el jardín, como un perro. Pero yo me preguntaba: ¿hasta donde alcanza mi culpa? ¿He matado a un hombre o a un animal? Y el interrogante me ha estado, durante años, secando el alma a puntillazos. Por eso hoy, muerta ya mi mujer, mis hijos, brillantes profesionales, yo mismo corroído por la vejez he tocado a la puerta del Cister. Porque quiero desalojar de mi espíritu a todos estos intrusos, purificarlos en esta vida de sacrificios. Y mi pregunta, fray Roberto, es esta: ¿acepta la orden del Cister un criminal en su seno? ¿Soy ante Dios un criminal por haber dado muerte a esa criatura que no era más que fruto de un cerebro alienado de científi-co?
Fray Roberto de Claraval se puso en pie y anduvo hasta su ventana. Altair se des-tacaba a lo lejos, más fulgurante cada vez. El fraile parecía abrumado por el peso de una tristeza sobrenatural cuando dijo:
—No hay más remedio que aceptarlo. Yo no soy juez de los actos humanos. ¿Quién sabe el mal que usted ha hecho extrayendo dos seres del mundo animal para integrarlos al de la metafísica, que es el más lacerante de los males? Por lo demás, me alegra conocerlo. Ha de saber que yo soy Chip, el mono que se escapó cuando su metamorfosis estaba en proceso.


© Germán Espinosa

Reseña biográfica de Germán Espinosa:
Germán Espinosa nace en Cartagena (Colombia) en 1938 y muere en Bogotá (Colombia) en octubre del 2007. Escritor, periodista, catedrático y diplomático. Autor de La Tejedora de Coronas, novela que ha sido considerada la novela colombiana más importante del siglo XX después de Cien años de soledad.
Espinosa es un escritor reconocido desde la publicación en 1970 de su novela “Los cortejos del diablo”, que recibió elogios del escritor Mario Vargas Llosa y de la crítica internacional. Dicha obra fabula la cacería de brujas desatada por el Inquisidor General Juan de Mañozga en la ciudad de Cartagena de Indias. Su obra cumbre “La tejedora de coronas” trata de un recorrido casi centenario, que va del instante en que Cartagena de Indias es sitiada por la flota del rey Luis XIV de Francia en 1697 hasta muy avanzada la segunda mitad del siglo XVIII, durante el cual la protagonista y narradora, una criolla culta y sensual de nombre Genoveva Alcocer, experimenta tanto en América como en Europa el turbión de las ideas iluministas y enciclopedistas que habrían de desembocar en la Revolución francesa y en la Independencia hispanoamericana.
El acercamiento de Espinosa a la ciencia ficción es anterior a su éxito como novelista y ensayista, y se resume en el libro de cuentos titulado La noche de la Trapa (1964), que recoge relatos cortos, mejor descritos como literatura fantástica que como ciencia ficción propiamente dicha. Por el hecho de resumirse su obra al enunciado libro de cuentos, Espinosa bien merece ubicarse en la categoría previa al nacimiento de la CF colombiana, en lugar de ser considerado un escritor de ciencia ficción como tal. Otros autores lo incluyen en la lista de "padres de la ciencia ficción colombiana", por ser contemporáneo a los otros padres de la ciencia ficción y por ser el escritor más importante que se ha acercado al género en Colombia.
Al tiempo que novelista, Germán Espinosa ha publicado varios libros de ensayos literarios y filosóficos. Sus novelas incluyen: Los cortejos del diablo (1970), (…) La lluvia en el rastrojo (1994), Romanza para murciélagos (1999), (…) El sueño ético en Atenas y otras prosas (2003), La vida misteriosa de los sueños (2005), y Torquemada, el fraile diabólico (2005).

martes, 25 de abril de 2017

Síndrome de Simpatía

El presente cuento tiene tres vertientes: 
1. Las máquinas se tomas la ciudad y a manera de zombis renguean ladeados para tratar de morder los autos veloces, mientras una turba de monjas androides ha descubierto como rezar en código binario para detener la hecatombe. 
2. Cuando se ha agotado la fuerza de la antimateria para empujar al hombre hasta los confines del universo conocido; aparece un nuevo combustible: la energía oscura con la cual la siguiente parada será el mismísimo Cielo
3. Las dos ideas anteriores se enlazan cuando Akhaia, un príncipe marroquí, en un juego de cartas, pierde livianamente un iglú sagrado y en su afán por recuperarlo viaja en el tiempo hasta  la isla de Tristán de Acuña. 
En honor a la verdad. Nada de esto pasará en este cuento, porque "Síndrome de Simpatía" está tan bien escrito, atendiendo a la economía de palabras e ideas, que si doy apenas un indicio a manera de introducción; lo desarmo. Así que estimado lector bienvenido; pase, véalo por usted mismo y que disfrute la opus al mejor estilo Federici. (el editor).


Carlos M. Federici



(Ilustración: gentileza de Reed Crandall)


–¡O
h, vamos, vamos, señor Iaggo!—. El psicoanalista amonestó a su pacien­te con un índice gordezuelo—. ¡Pensé que habíamos superado esa etapa!
Aquel hombrecillo que se inclinaba hacia él, aferrándose convulsiva­mente al borde del escritorio, apenas si era otra cosa que un manojo de nervios tensionados en torno a múltiples complejos, observó un tanto anticlínicamente el profesional, con velado suspiro.
—¡Pero le aseguro que ahora sí puedo probarle mi teo­ría, doctor! ¡Tengo una gráfica integral que...!
Gloria, la garbosa recepcionista, pasó en dirección de la puerta, mecida en incitante repiqueteo de tacones.
Hasta mañana, doctor… ¡Hasta pronto, señor Iaggo! canturreó.
—¡¡No!! aulló inesperadamente el pequeño individuo, saltando de su asiento¡¡No salga a la calle!!... ¡¡No la deje salir, doctor!! ¡¡O vamos a ser responsables de...!!
El terapista necesitó apelar a toda su energía, pero finalmente logró que la sana lógica se impusiera. La joven cerró la puerta tras sí, bajó las escaleras…
...y el aullido de frenos, abajo, en la calle, se mezcló con la agónica exclama­ción de Iaggo, horadándose mutuamente, confundiéndose hasta compenetrarse y engendrar un terrible y anonadador estoque de sonido que hendió sin piedad el cerebro del doctor.


E
l tipo del aeropuerto no daba señales, por lo menos hasta el mo­mento, de to­marlo en solfa; y esto a pesar de la desairada posi­ción en que el incidente que poco antes protagonizara ante los pasajeros del avión colo­cara a Iaggo. Aun cuando sus trazas (él mismo estaba consciente de ello) no eran las más indicadas para servirle de recomen­da­ción, aquel individuo no parecía inclinarse a expulsarlo de su la­do, a diferencia de lo que solía ocurrirle con todos los demás… Hasta lo había invitado a sentarse a su mesa.
—¿No va a tomar nada, enton­ces?
Iaggo sacudió la cabeza. No dejó de advertir cierto matiz de perplejidad en la mirada de su interlocutor, y se atrevió a contabilizarlo en favor suyo.
La semipenumbra resultaba grata en aquel rincón de la cafetería del aeropuerto, se dijo. Se estaba bien allí, casi en total silencio, salvo por algunos rumores apagados que llegaban de una mesa cercana, más el ocasional ronquido de motores “jet” a la distancia.
Le confieso que me asombra comentó el otro hombre—. ¡Habría jurado que lo que usted buscaba era un traguito gratis!
Hace mucho que no tomo… repuso Iaggo—. No soporto las… cosas que hace ver el al­cohol.
El otro sorbió con parsi­monia. Observó atentamente a Iaggo, algo fruncido el ce­ño. Iaggo, por su parte, tam­bién lo estudiaba: no era tan maduro como podría hacerlo pensar la casi desnudez de su cráneo; los ojos, salto­nes, exhibían una movilidad voraz y reluciente.
—¿Usted sabe quién soy yo? interrogó de súbito el hombre.
—¿Cómo dice, perdón…?
No se preocupe... Me imagino que el nombre de Roger Laporte no le evocará na­da. ¡Mejor así!
—¿Eh? La confusión de Iaggo era notoria.
Eso indicaría que no abrigaba... designios precon­cebidos al abordarme.
—¿Desig...? ¡Lo único que quiero es evitar que muera! Ni usted, ni ninguno de los otros!... ¿Acaso no me oyó advertírselo? ¿O tampoco me creyó, como los demás?Abatió la mirada—. Se rieron de mí..., ¡como si fue­se un loco suelto! ¡Trato de salvarles la vida, y mire có­mo me pagan!
Laporte alzó una mano.
No se angustie. Mire…, ¡posi­blemente hoy sea su día de suerte!
—¿Quiere decir que us­ted...? el aliento de Iaggo brotó entrecortado.
Soy escritor. También investigo, estudio, recopi­lo... Chasqueó la  lengua—. Se me considera una autoridad en lo relativo a ciertas facetas de lo insólito... ¿Conoce a Charles Fort? ¿A Berlitz?... Bueno, no tiene importan­cia. ¡Acaba de encontrar a su oyente ideal!

M
aquinalmente, Iaggo se apoderó del vaso y consumió de un golpe el resto del licor que conte­nía. Laporte ocultó su sonri­sa acariciándose el mentón.
Iaggo apoyó ambos brazos sobre la mesita.
Yo... yo hice mis estu­dios de todo esto declaró—. Documenté observaciones, lle­vé estadísticas..., todo. ¡Fue labor de años..., décadas! Pero, por desgracia, también estaba aquejado de algunos trastor­nos psíquicos leves, y...
¿Mmm?
Cosa de nada... Neuro­sis recurrente, controlada…, alguna tendencia a la depre­sión... Estaba en tratamiento con un psicoanalista.
   Ajá.
—Sí. Y quise exponerle mis puntos de vista... ¡Cual­quiera habría hecho lo mismo! Pero fue un error que todavía lamento… El hombre estaba prejuiciado en mi contra, desde luego.
—¿Ah, sí?
—¡Claro! Yo era su paciente. ¿Qué credibi­lidad le podía merecer?... Pero cuando Gloria, la recepcionista del consulto­rio, murió, él...
Laporte levantó un dedo.
—La muerte de esa recepcionista..., ¿confirmó sus predicciones?
—Pero fue solo después de la tragedia que el doctor finalmente consintió en oírme—. Iaggo alzó los hombros, con expresión desolada—. ¡Cuando ya nada se podía hacer!
—Suele ocurrir. ¿Y ese psiquiatra...?
—Cayó por el hueco de un ascensor, unos meses después..., ¡cuando ya estaba con­vencido de mis teorías, y con seguridad me habría respalda­do! Hasta trabajó con­migo...; incluso llegamos a elaborar el borrador de una monografía conjunta, bajo el titulo de El Síndrome de Simpatía... —La voz de Iaggo fue apagándose.
—¡Vaya! ¿De veras?  —inquirió Laporte.
—¡Sí, de veras!... Me acuerdo de que me felicité por haber conse­guido la ayuda de un profesional tan prestigioso… ¡Y cómo me reproché por haber pensado mal alguna vez de ese hombre tan comprensivo y tan brillante!...
Meneó la cabeza, infinitamente abatido. Una vieja amargura le retorció los labios.
—¿Sintió súbita simpatía por  aquel  doctor, verdad? —insinuó Laporte.
—Sí —admitió Iaggo. En seguida, elevando la vista hacia el otro, añadió—: ¡La misma que experimenté hacia us­ted y los otros pasajeros de ese avión!... ¡Oh, Dios mío! —se apretó la cabeza entre los diez dedos—. ¿Por qué tuvo que caerme esa cruz…, por qué?
Laporte levantó el vaso (ya no lo soltaba, tras haber constatado las tendencias más bien rapaces de Iaggo respec­to a la bebida) y observó al hombrecito a través del cris­tal convexo.
—Acaba de poner el dedo en la llaga —sentenció.

–¿E
h? —los párpados de Iaggo telegrafiaron su desconcierto.
Ya en 1912 Volzineff presentó los primeros traba­jos sobre Ondas-Pro y Ondas-Anti explicó Laporte, adornando sus frases con movimientos de la mano que sostenía el vaso Melvorsky en el 24, y sobre todo Thippestein y Hostereld, a fines de la década del cincuenta, confirmaron las observaciones de Volzineff y las ordenaron en forma sistemáti­ca...
—¿Observaciones?... La boca de Iaggo era un aro atónito—. ¿Ondas?...
Déjeme terminar, por favor… Supongamos, para que me entienda, que minutos o segundos antes de fina­lizar un ciclo existencial cualquiera (y no me haga definir el término, porque la cosa se alargaría demasiado), supongamos, digo, que, en el umbral de la extinción, y an­te determinada influencia aún inefable..., imperceptible para las restringidas facultades del ser humano común, pe­ro evidente por cierto al Ojo Cósmi­co..., el ser o la cosa que está en trance de desapa­recer emita, en mecanismo au­tomático o reflejo, una con­centración de Ondas-Pro (o sea, “simpáticas”), a modo de cierre de telón, o bien como compensación o balance de su insatisfactoria trayec­toria anterior...
—¿…?
...Supongamos, a la vez prosiguió Laporte, sin la menor intención de dejarse estropear el discurso, por estúpida que llegase a resul­tar la expresión de Iaggo al escu­charle, que ciertos sujetos particularmente dota­dos al efecto (su caso, amigo mío), reciben naturalmente esas “ondas simpáticas”, y de pronto les sobrecoge inex­plicable atracción hacia la persona, animal u objeto que tan sólo momentos antes inclu­sive detestaran... ¿Qué opina de eso?
El silencio que rubricó la pregunta se prolongó va­rios minutos. Renegando para sus adentros, Laporte sacrificó su vaso. Lo llenó a medias y lo tendió casi imperiosamente a Iaggo.
Este no atinó a recibírselo. Sus ojos permanecían atornillados a un punto indefini­do del espacio.
Ondas le oyó murmurar al fin Laporte—. Simpatía... irradiada. Ahora que lo pien­so..., en estos últimos tiem­pos, al empeorar la cosa, hasta me pareció...
—¿Sí?... saltó Laporte.
Hasta creí ver algo! Pero...
Los largos brazos de Roger Laporte se estiraron por encima de la mesa, con riesgo para la semivacía botella. Sus dedos se engancharon en la ropa de Iaggo.
—¿Dice que vio algo? interrogó, exaltado ¿No sería como un... aura?
—¿Eh? ¿Qué?
—¡Un halo, hombre, un halo!... ¡Oh, bueno! ¡Como una es­pecie de... su diestra viboreó en el aire luminosidad tenue alrededor de la figura!... ¿Me entiende lo que le digo?
El cráneo ovoide del hom­brecito osciló con lentitud exasperante, de arriba abajo, unas seis o siete veces.
S-sí... Su voz se elevó, atrayendo alguna mirada en la que no reparó siquiera. Los ojos enrojecidos buscaron con ansia los de Laporte—. ¡¡Sí!! ¡Eso mismo fue lo que vi!

E
l investigador se echó para atrás, satisfecho.
Emisiones de Ondas-Pro, pensaba. Aura premonitoria. ¡E inclusive previsiones de muerte inminente!... ¡El tipe­jo podía llegar a convertirse en una mina de oro! Laporte se inclinó para beber, con intención de ocultar unas especulaciones nada conve­nientes de exhibirse por el momento.
—¿Qué se hizo de sus trabajos con el doctor ese? indagó, tras una pausa—. ¿No hay apuntes, borradores..., algo, de la monografía que prepara­ban?
Yo tuve copia de cada página... Pero en algún momento las extravié, o tal vez... No sé... No sé.
Laporte se sirvió licor.
—¡Lástima!  dijo—. Pero no me parece que resulte muy difícil recomponerla, al me­nos en parte. Yo estoy bien familiarizado con el trabajo de investigación metódica, que es justamente lo que vie­ne haciendo falta aquí. ¡Verá como todo se simplifica, trabajando en colaboración!
—¿Quiere..., quiere de­cir que usted...? Iaggo oscilaba entre risas y sollozos ahoga­dos—. ¡Dios…, esperé tanto por algo así! ¡Sufrí tantos desengaños!...
Laporte contempló aquella faz enjuta y barbuda, las ojeras violáceas, las manchas amarillentas de la dentadu­ra... ¡Pobre diablo!... ¿Y si, después de todo, le debiera la vida? ¡No dejaba de resultar irónico!
—¿No va..., no va a su­bir al avión, verdad? interrogó fútilmente Iaggo, en tono anhelante.
El investigador sacudió la cabeza, con una sonrisa.
Su función de hace una hora, frente a los pasajeros, por supuesto que no habría bastado para disuadirme aclaró—. Pero hubo en juego otro elemento que pesó en la balanza: ano­che tuve un mal sueño, sabe.
—¿Eh?
—¡El mismo sueño que me despertó, hace cuatro años, cuando en compañía de otros
cinco, hacía noche en un refugio ubicado en la ladera del Monte Cervino!... Les acon­sej
é que variasen la ruta de ascenso, porque en aquel desfiladero sin duda nos esperaba la muer­te, según mi sueño... Pero ellos se empecinaron, y al fin me dejaron atrás.
—¿Y qué... pasó?
El pulgar de Roger Laporte punzó su propio pecho.
Está hablando con el único sobreviviente dijo.

J
usto entonces brotó, a través de los altavoces del aeropuerto, el anuncio del vuelo fatídico. Laporte se limitó a parpadear, pero le alarmó comprobar que su compa­ñero de mesa se ponía en pie de un salto.
—¡No me puedo quedar sin hacer nada! clamó Iaggo, en pleno acceso, sobresal­tan­do aun al flemático camarero que merodeaba por las inmediacio­nes—. ¡¡Hay que impedir que despegue ese avión!!...
Espere, viejo interpuso Laporte—. ¿No es mejor que reflexione si conviene...?
Pero Iaggo ya había echa­do a correr, entre exclamaciones de:
—¡La  Torre!  ¡Tengo que llegar a la Torre!
¡Vaya con el maldito imbé­cil!, rezongó Laporte para sí. Luego, asaltado por los peo­res temores, se apresuró a se­guir al otro.
Lo suyo le costó arreglar el desaguisado. Iaggo se las había compuesto para irrumpir en la torre de control de vuelos, rebasando a tres indivi­duos que intentaron detener­lo, sin advertir el rapto fe­bril que lo exacerbaba.
Merced a sus credencia­les, algún nombre importante bien traído a cuento, y el don de gentes que adquiriera en más de veinte años de flirteos con las RR. PP., consiguió Laporte sose­gar los ánimos.
—¡Pero es que van a mo­rir! chillaba Iaggo, reteni­do a duras penas por Laporte. Sus brazos parecían aspas de molino—. ¡Esos pasajeros están todos condenados!
Cálmese, viejo recomendó Laporte, en tono suave—. Usted ya cumplió con avisar­les, ¿no es así? ¡Ahora la res­ponsabilidad recae en otros!
Y para sus adentros:
¡Te acogoto si me dejas sin prueba! Hasta ahora todo es hipotético..., ¡pero si es­te avión de veras no llegase a destino...!
El repentino gemido de Iaggo, a quien aún contenía, le hizo dar un respingo. Los ojos del hombrecillo se desorbitaban; le temblaba el labio inferior, tan blanco como sus mejillas...
...Para él, la aeronave que evolucionaba en la pista se inflamó de súbito, en com­bustión fría y cárdena. Len­guas fluctuantes de apagado fulgor envolvieron las alas, la cola, los motores.
—¡No! barbotó  Iaggo—. ¡El aura!

C
on ímpetu irresistible se liberó de Laporte. Abalan­zándose sobre un técnico a quien, por llevar auriculares y un pequeño micrófono, supu­so encargado de impartir la orden de vuelo, le aferró por la chaqueta y lo zarandeó, al tiempo que vociferaba:
—¡Paren ese avión! ¡Está condenado! ¡Párenlooo!...
Sucumbió ante el núme­ro... Sus ojos suplicantes se volvieron a Laporte, quien desvió la vista, carraspean­do. Iaggo tenia inmovilizados los brazos; entre cuatro hombres lo mantenían sentado a viva fuerza.
En aquel trance llegó a odiarlos, sin exceptuar a La­porte…, que omitía jugarse cuando de veras lo necesita­ba. El tipo al que agredie­ra, pálido y contrariado, aclaró la voz antes de proce­der a recitar la fórmula para autorizar el despegue.
—¿Pero por qué no me creen? gimoteó Iaggo, desesperando ya—. ¿Por qué no puedo convencerlos nunca?
—¡Hagan callar a ese chiflado! rezongó el del micró­fono. Luego añadió—: ¿Todo O. K.?
El Boeing levantaba vuelo ya, en dirección de un firma­mento aguijoneado de minús­cu­las luminarias. Su propio resplandor (perceptible únicamente a la ultrasensibi­lidad de Iaggo), confería un matiz dramático al sereno telón de fondo.
—¡Un  aparato  tan  hermoso!... se lamentó el hombrecito.
Paseó su mirada rencorosa de uno a otro hombre. ¡La muerte de todos aquellos inocen­tes caería sobre sus cabezas!
...De súbito, le  acometió un temblor incontrolable.
El hombre de los auriculares…, los técnicos…, aun los mismos gorilas que lo inmovilizaban, e incluso Laporte... Iaggo sintió se­ca la garganta. ¡Ya no los... aborre­cía! Antes bien...
—¡El vuelo 313! gritó un técnico, despavorido—. ¡El radar indica...!
—¿Eh?
—¡No los... tuvimos en cuenta! ¡Dios Santo, en cuestión de minu­tos…!
—¿Qué diablos pasa? inquirió Laporte, con cierta inquietud.
—¡Y usted lo pregunta! ¡De no haber sido por ese energúmeno que trajo, esto no habría…!
Sus figuras refulgieron. Ondulantes halos las circundaban, fantasmagóricos, en cín-gulo indivisible y fatal.
El avión, a media altura, viró rugiendo para evitar el vuelo 313, repentinamente surgido de la nada; el capri­cho de las corrientes hizo el resto.
—¡Los amo! Los amo a to­dos!  alcanzó a proferir la voz de Iaggo, antes de que la Torre sucumbiera a la em­bestida del Boeing descontro­lado, en una apoteosis de llamas y esplendor.

 

(Ilustración: gentileza de Joe Orlando.)