lunes, 3 de septiembre de 2018

Otoño retrógrado




 por Jorge Miño. (Ecuador 1966).
Escrito en Febrero de 2018.  
Publicado en Septiembre de 2018 en I antología de Literatura Fantástica Neoindigenista.  

Las hojas fucsia de los cerezos en flor exhalan su último aliento.
El otoño llega ansioso por desplegar su paleta ocre, se presenta con puntualidad y  blande su guadaña hiriendo las hojas con desánimo para empujarlas a su suerte. Chasquean las ramas  secas a los pasos de Hisaito que va hacia el andén.
El vagón, con capacidad para cuatro, aparece en medio del chirrido del freno sónico. Desciende uno de los pasajeros; se trata de un ejecutivo en corbata y traje aluminiado que se topa el ala del sombrero y avanza con marcialidad sobre el piso de mármol. “Abríguense y si salen de casa lleven paraguas, mañana lloverá intensamente”, lanza la indiscreción y  se aleja.
La anciana, que Hisaito tiene por delante, ocupa la vacante y él se acomoda en el asiento posterior completando la cuota.
Este es su enésimo viaje y aun siente mariposas en el estómago, labios resecos, oídos taponados y deberá recuperar el gramo de peso que pierde en cada día de viaje; por fortuna se bajará en el jueves anterior y está a solo dos días retrógrados de su destino. Incluyendo en su dieta unas galletitas con margarina  volverá en poco a su peso ideal. Mínimas molestias asumidas de buena gana pero… nunca se acostumbraría.
El tubo echó a rodar y una súbita corriente de aire acarició el rostro de los pasajeros. El dispensador del antebrazo ofreció grajeas  antioxidantes.
–Los efectos colaterales son tan caprichosos como las formas de los cristales de nieve: un diseño único para cada ser humano –comentó casi a nivel de susurro la joven sentada a su lado topándole el codo para llamar su atención–. En mi caso me duelen las muelas un buen tiempo; las del juicio, estas de acá detrás –dejó la boca abierta en una “a” dilatada.
–Pruebe extirparlas, se dice que no sirven de mucho. Podría ser la primera persona que elimine los síntomas.
–Eso es imposible por la Ley de la Conservación del dolor. Stanislaw Briones lo menciona en su tratado de guías temporales. Dice que el dolor es directamente proporcional a la memoria. Es facultad instintiva preferir el recuerdo de eventos dolorosos del pasado. Flagelarse con ese dolor postizo para reforzar la obligación de tomar mejores decisiones en el presente.
–Lo he leído. La parte que habla sobre aquellos que prefieren rememorar los encuentros felices en relación a sus estadios cuánticos es reveladora. 
–Además, el lindero entre placer y dolor es tenue –echó a reír con desparpajo añadiendo una suspicaz infidencia–. En cierta ocasión se subió un tipo, era su primera vez y como efecto secundario tuvo una erección dolorosa; allí mismo donde usted está sentado, no la pudo ocultar, era muy prolongada y para “salvarle la vida”, ¡se puede morir de eso sabe!, tuvimos que drenarlo aquí mismo. Guardo como recuerdo la gillette, la de mis depilaciones, que utilizamos ese día, ya le muestro –abrió su cartera para escarbar en ella–. No la encuentro –dejó de alborotar y fijó automáticamente la mirada en Hisaito.
Hisaito se sonrojó: “!Ya le dije que mis síntomas son otros!”, exclamó soportando la incomodidad del ardor en la cara.
–Sin duda es usted un buen amante –dijo Cora. Toda esa sangre que pone a tal velocidad en la carita de ángel que trae, si llega allí de estrepitosa y bullente; madre mía yo quiero estar allí para verlo.
–¿A qué va al pasado? –dijo Hisaito para retomar querencia.    
–Sexo. Me espera un acaudalado ganadero en los campos de Dakota para hacer el amor. Le gustan gorditas, obesas, rechonchas, rellenitas; así como usted me ve –se puso de pie para exhibirse girando sobre sus tacos–.  Trabajo para el jardín sensorial de Madame Lepagé. El mejor cabaret temporal de la galaxia. Divas de todos los estilos para atender la gama entre lo romántico, en el infrarrojo, hasta la perversión gore del ultravioleta. Nos vemos cada dos meses. Abordo el tubo en mi febrero y llego en su diciembre. A razón de 400 gramos por libra, perderé un cuarto de libra cuando llegue; eso no es nada y sigo dentro de su canon estético.
–¿Usted a dónde va?
Hisaito diluyó la intención de respuesta para atender a la señal naranja  indicadora de la inminente detención.
“Primera parada Estación Rey Jorge II de Grecia. Destronado, restaurado, desterrado y reestablecido” anunció la voz mecánica, pero el vagón no se detuvo y un joven pasajero se paró indignado para lanzar improperios frente al reloj de pared que seguía su cuenta regresiva:
–Necesito bajar. Tengo un hermano a punto de sufrir un accidente y debo advertirle –se quejó enfurecido.
–Jovencito.   Igual; así se baje en  la  próxima parada, puede informar a su  pariente a que tome precauciones. No altere la paz del viaje. Que se le aparezca un minuto, unas horas, días después o incluso años no altera nada –advirtió la abuelita instaurando la calma.
Tenía razón. El tipo volvió a su asiento, avergonzado de su exabrupto, pero cuando el vagón tampoco se detuvo en la segunda, tercera, peor cuarta estación, los otros bordearon también el pánico.
–¡Bah! No se detiene esta mierda. Mi vaquero de Dakota tendrá este momento trece años de edad. Esta máquina me convertiría en una pedófila si me bajo ahora –se quejó Cora indignada.
–Paciencia jovencitos, de seguro se detendrá en mi estación. Yo voy a ver el vuelo natural del último cóndor, eso es como ir al Pleistoceno a conocer  los dinosaurios –apuntó la abuelita agitando en una mano su folleto turístico.
–Dora le retiró el billete de abordaje para comprobarlo.
En efecto, se trataba de un ticket VIP, de una fiable empresa turística, que concedía desplazamiento diagonal, es decir que podía adentrarse verticalmente en el tiempo pero con vectores sesgados en el espacio que modificaban su cronotopo: Lugar de abordaje (divergencia) año 7710 Boston. Destino (convergencia) Cordillera Pabellón, Municipio de Padvaya, año 2018.
–Imposible, ya entramos en las postrimería del siglo XX. Acabo de marcar el 611 y el reloj parlante informa que afuera discurre ya el año 1977  retrógrado –dijo Hisaito en tono pesimista.
–He cumplido los pasos indicados en la cartilla de emergencias y no pasa nada. –advirtió el joven  y se los tendió a Dora ha ver si ella podía hacerlo mejor, luego se recogió en una esquina fuera de la comodidad de su asiento. La anciana imprecaba persignándose con fatalismo.
Hisaito pensó que se iría definitivamente al infierno. Nunca fue un buen hombre, un avaro para decir la verdad y en el lecho de muerte compró un billete de varias paradas con la idea de emerger y regalar una monedita de oro a algún necesitado. Metió la mano en su bolsillo y tintineó con impaciencia el capital con que alteraría su destino.
“Bueno, podría regalar las monedas aquí mismo entre esta gente; si no nos detenemos haría eso; ojalá sirva” pensó, hallando postiza esta solución, como si ante la decapitación de María Antonieta él tapara su  cuello con una curita.
Dora, al cabo de muchos intentos infructuosos, tiró la cartilla y ocupó sus manos en atrancarse con fruición una bolsa de papas fritas. Entre bocado y bocado reveló lo que había entendido:
–Constan treinta y siete opciones de frenado. Tres son reglamentarias: hidroquantum de potencia radiada, pastillas de Bose–Einstein y discos quark. Ninguno ha valido y solo nos queda la esperanza de que se active alguno de los últimos frenos de emergencia redundante.  
La luz naranja avisó de una nueva parada en que entraría en acción el freno de tesla dispersión, pero el vagón no se detuvo y el joven desató su enojo vía certeros puntapiés en contra de la lucecita naranja. Las damas e Hisaito, en causa común, lo inmovilizaron por la fuerza. Dora sacó de su cartera una cajita de calmantes y le metió tres píldoras al hilo, mientras la recia anciana le tapaba la boca para que se las trague sin llegar a escupirlas. Aflojaron de a poco cuando el tipo, ya sedado se despatarró en el asiento.
–Si no se le para el corazón con la dosis, despertará en unas doce horas. Pobre tipo. Alguien de su familia debería viajar a este presente para advertirle que el vagón no se detendría. Incluso su hermano podría tomar un vagón retrógrado y venir a rescatarlo –dijo con humor ironizando una de las paradojas temporales. El vagón siguió implacable su marcha y los viajeros se adentraban más en el insondable pretérito.
El penúltimo freno ha sido accionado: “Asistencia metafísica”, escintilaba el texto en pantalla.

Canadá, estepa de Nunavut. Angakkuq, el chamán inuk, se detiene sigiloso e imponente levanta la quijada y apunta su frente al cielo para abrir al límite sus fosas nasales oliscando el aire. Exhala y el caldo molecular que le dejan sus inquietudes le confirma que la manada de caribúes que acecha esta cerca: orientar la buena cacería, obrar el cambio climático y curar a los de la tribu es la triada básica que se espera de él.  
Saboreaba ya en su imaginación el astado cuando se vio sorprendido por la voz de Dora pidiendo ayuda. Ningún idioma de las plantas o de las bestias le es ajeno a Angakkuq, pues el ejercicio diario de su vida asceta le coloca en un nivel espiritual tan elevado que percibe las cosas en su real esencia; otros no iniciados hubieran confundido la voz  con demonios interiores que les echaban en cara sus culpas,  para obligarlos a escapar como taimadas  liebres a mejor recaudo; en cambio, él aguzó las orejas apuntando la porosidad de su alma hasta empaparse de la entidad que se hacía audible pidiendo ayuda. Este fortuito encuentro lo refiere Dora, a los otros pasajeros, cuando abre los ojos como platos ya salida de un sueño en el que ella cree haber caído:
–Contacté un chamán. Uno de esos personajes a lo Dalai Lama de los que les interesa el reciclaje y creen que hasta las piedras del río tienen alma. Pero bien el tipo. Desconocía nuestro idioma aun así me entendía claramente. Estaba en un sitio rodeado de agua y hielo. Supo de la urgencia de frenar esta máquina e invocó al águila  para que nos comparta el secreto de su vuelo y frenado. De la misma manera que, cayendo embalada desde las alturas, a poco de chocar contra su sombra, frena su vuelo rapidísima echándose para atrás y tensando sus garras hacia la presa.
–No fue un sueño.  El sistema asimiló el ejemplo y lo puso en práctica. Estamos frenando, aunque poco pero vale. No fue un sueño.
El grupo gritó jubiloso celebrando el avance.
 El vagón disminuye su marcha, en razón de un gramo por hora, pero no es suficiente. Dora trata de retomar su “sueño” pero le es imposible reestablecer el contacto y se pierde.
Angakkuqel selecciona de su bolsa mora de los pantanos, arándano de la montaña, vara de oro, escalera de Jacob, espuela de caballero y algo de trigo sarraceno para improvisa con ello un corto ritual de purificación. Un frailecillo surca el firmamento en rúbrica de que se han marchado. Angakkugel, levemente aturdido con el encuentro con Dora, vuelve a casa.

El Popocatepetel lanza con irritación una formidable columna de polvo de piedra que las vigorosas corrientes  de aire, con que choca a gran altura, se esfuerzan por partirla. Oscar García escolta con la mirada ese humo ascendente; sabe que ese tizne sagrado conduce las suplicas de todos sus antepasados yacentes dentro de la montaña; cree que su intercesión ayudará a calmar el enjambre de temblores acaecidos en esos día. Se imbuye en un diálogo mental con Tepeyóllotl el dios de las montañas pidiendo asistencia extrema para los pueblos devastados. Mal momento para Hisaito que, dormido en su asiento, trata de abordar a García. Una andanada fresca de peyote aguza más los sentidos del chamán, pero está al límite.  Tepeyóllotl también es el dios de los jaguares, es por aquello que Hisaito observa, manteniéndose a distancia, a uno de estos felinos circundar al chamán entrelazando sus rugidos con los tremores de la montaña. El olor es acre, al parecer la fiera acaba de darse un festín puesto que trae su boca ensangrentada y lleva el olor del buitre en el pelaje; manchas que imitan las constelaciones y estrellas.
Hisaito aborta el contacto y su hilo de plata regresa como un yoyo a las manos de un niño apresurado que debe guardarlo porque ha tocado el timbre y se acaba su recreo. Abre los ojos, está empapado de sudor y acepta de buena gana el jarro con agua que le extiende la anciana. Refiere su fracaso. El vagón sigue su marcha.
-Ni modo. Abordamos a este cyberchamán es un mal momento –se disculpa ante las miradas expectantes del grupo-. Nos queda solo la abuela, es mejor que se eche a dormir.
-¿Me cuentan un cuento? –bromea y se acomoda en su asiento, le cubren con una manta y hacen silencio.
Los folletos de viaje detallaban el colosal espectáculo de un cóndor en vuelo, negro como un cuervo, entregado en toda su envergadura a circular por las supremas alturas. Sin embargo, el cóndor que tiene por delante guarda algo de gallina y cerdo por lo que la abuela frunce el ceño; en los escudos de Ecuador y Bolivia se ver diferentes, hasta parecen superhéroes, pero en fin… es que el ave había comido hasta hartarse y daba embestidas infructuosas como una gallina perseguida de los perros, tratando de elevar el vuelo. Anatolio Viracocha esa misma mañana, para reforzar sus objetos rituales, había ido hasta el Valle del Colca con la idea de arrancar unas plumas al cóndor. Imposible atraparlo en vuelo, pero con el simple ardid de depositar mucha carne de vicuña en la hondonada tentaría a los cóndores a bajar y que coman hasta hartarse. Así fue como se encontraron buscando al mismo animal.
García, de cuclillas, desplumaba a la glotona ave cuando sintió un escozor en la nuca que le hizo voltear de inmediato, ahora tenía a la abuela parada en su delante.
Hicieron amistad, la voz de la dama era meliflua y los serviciales modales de García emparejaron con la aparición inmaculada de la abuela que, imbuida en un traje de algodón blanco, collar de perlas y channel 5; aroma que había calado como una garrapata culta al cuello de una yegua elegante y no había perdido el más mínimo brío para punzar el olfato. En poco, no solo dialogaban sobre posibles nuevas soluciones a la caída libre del vagón sino que la señora había aprendido rasgos importantes de la cultura andina.
García diagnosticó y prescribió receta:
–Tenemos que abrazar las piedras, oler intensamente la tierra en que se han cosechado papas, entregarnos desnudos al chapoteo en las cristalinas aguas de la cascada, recostarnos entre la paja  o mimar a los cuyes; tenemos que sentir la materia, eso es lo que precisamente ustedes han perdido en este viaje acelerado. Funcionará como un ancla. La materia se subordina a la idea. Pero necesitamos mucha gente que colabore. Gente buena, humilde, sin pretensiones, con puro deseo de sentir a la Pachamama.
García le entregó una obsidiana grande como un puño cerrado con la petición de que la lleve a sus amigos y pongan sus manos sobre ella. Según indicaba por allí se canalizaría la energía para asociarse a la materia. Convocó a su pueblo y les ordenó que participen en un rito para calmar a unos espíritus errantes. Un centenar de participantes reunidos en su choza, tras escuchar enérgicas arengas y verlo escupir con arte las últimas flechas propiciatorias radiaron hacia el bosque para abrazar la tierra; descalzos, ingenuos, de corazón manso y espíritu dócil hicieron de ancla humana. El vagón apareció en la plaza del pueblo y sus ocupantes descendieron abriendo los ojos a medias por el repentino golpe de luz solar.

Oscar García el cyberchamán que había recurrido a las fuerzas metafísicas para colocarlas al servicio de la tecnología, fungía en realidad como un técnico honorífico de la empresa de transportes, recibió su cheque mensual y un bono extra por haber detenido el vagón. No era muy común que fallen los frenos pero había que estar preparados. Los viajeros regresaron a casa y recibieron las respectivas indemnizaciones. Dora abandonó el trabajo como dama de compañía y se puso una dulcería. El joven estuvo a tiempo para alertar a su hermano del posible percance. Angakkuqel, el chamán contactado por la compañía en el Ártico canadiense fue amonestado con una esquela en relación a mejorar sus procedimientos, en tanto que el chamán de fuego fue relegado del programa y en su lugar enviaron a un ejecutivo atemporal para  tratar de enrolar  a un indio navajo. La abuela, aprovechando su jubilación compró un billete para ir a conocer a Adán y Eva mientras que Hisaito ha ganado el Cielo, según cree; repartió sus monedas entre los habitantes del pueblo y al bajar del andén el otoño había dado ya paso al invierno.

–¡Andén Gabriel Faubre, músico por antonomasia! –anunció el parlante.
–Aquí me quedo. Adiós, que la pasen bien.


Jorge Valentín Miño 26 de febrero de 2018

Reseña del libro en: http://cffbolivia.blogspot.com


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La última rubia CUENTO FUTURO



Clemente Palma (1904)


A don Antonio Rubió y Lluch

El oro se había agotado absolutamente en las entrañas y en la superficie de la tierra. Era tal la escasez de este precioso metal que sólo uno que otro erudito tenía noticias de que hubiera existido. En un museo de Chicago había dos monedas de diez dollars, guardadas en una urna de cristal, que se consideraban como una de las más valiosas curiosidades. En otro museo de Papeete (Taití), se conservaba un idolillo primitivo, tallado en la extinguida sustancia; en París, Tombuctú, Río Janeiro, Estokolmo, guardaban los museos, con extrema vigilancia, dos luises, una moneda de 50 paras, una de 10,000 reis y una de 20 kroners respectivamente. Si no hubiera sido por todos estos museos la antigua palabra oro, auro, en esperanto, habría sido una palabra inútil, aún para expresar el recuerdo de una substancia que, repito, sólo conocían unos cuantos eruditos. En cambio, la elaboración del diamante se había perfeccionado tanto, que por cincuenta francos se conseguía en el año 3025 uno del tamaño de una naranja.

La investigación de la piedra filosofal se hacía con mucho mayor furor que en la remota Edad Media. Un alquimista logró obtener en unas cajas de uranio fosforescente, un depósito de rayos de sol, que sometidos á una presión de 12.000.000.000.000.000.000.000.813 atmósferas, daba una pasta dorada que podía substituir al oro: tenía su consistencia, su peso atómico, sus propiedades químicas y podría tener las mismas aplicaciones industriales si no tuviera la detestable propiedad de liquidarse con el frío y evaporarse; esperaba el químico que, añadiendo tres ó cuatro billones de presión, obtendría una sustancia más durable. Otro alquimista machacaba en un mortero los estambres de la flor de lis, adicionaba bilis de oso polar, y espolvoreaba la mezcla con granalla de selenio ó molibdeno. En seguida envolvía este menjurje en barro de coke, y lo sometía á las descargas eléctricas de una bobina de Rumkffork de 20 metros de largo, y obtenía una substancia amarilla y metálica que decía ser oro, pero que tenía el inconveniente de oxidarse con la sangre, y disolverse en el amoniaco.

Pero yo, que adoraba el arte y la ciencia antiguos, que había leído los libros vetustísimos de Flamel, Paracelso, Cornelio Agrippa y otros muy notables alquimistas, sabía una receta segura para obtener el oro, receta que leí en uno de esos libros en nota marginal manuscrita, que traduzco del latín para que el lector, caso de encontrar el principal ingrediente, la aproveche si quiere hacerse rico: “Tomarás un cabello de mujer ruba (rubicunda fomine capellae) y lo pondrás durante cinco lunaciones á remojar en un matraz con una dracma de ácido muriático; cuando se haya disuelto pondrás el matraz al sol, pero sólo en la época en que Venus es estrella matutina (venere stelle matutinae esse) para evitar que sus rayos nocivos (letalium) toquen el matraz. En seguida echarás en el líquido media dracma de sangre de drago, media dracma del licor que resuda el laurel, y llenarás por fin el matraz con agua marina (aquae maris). El todo lo dejas á evaporar en lo más obscuro de una cueva salitrosa (cava nitrosas) y al cabo de un mes encontrarás la mitad del matraz lleno de un polvillo de la color del licopodio, que es oro puro (aureum vere) y que fundido en un crisol te podrá dar hasta el peso de cinco ducados”.

Figuraos qué enorme fortuna representaba la cabeza de una mujer rubia. Pero es el caso que así como se había acabado el oro, se habían acabado las rubias. En el año 2279 los mongoles y los tártaros, esas malditas razas amarillas, habían inundado el mundo y malogrado las razas europeas y americanas con la mezcla de su sangre impura. No había rinconcillo del mundo á donde esa gente no hubiera llegado y estampado la huella de su maldición étnica: no había un rostro que no condujera un par de ojillos sesgados y una nariz chata; no había cabeza que no estuviera cubierta de cerdosa y negra cabellera. Con verdadera rabia esos salvajes macularon la belleza europea, como para anonadar lo que ellos no podían producir. Quizá para asegurarse así las victorias del porvenir. Esa raza se extendió por el mestizaje, como una hiedra inmensa que hubiera cubierto el mundo, y al cabo de tres siglos apenas había uno que otro ejemplar de raza pura. La belleza germana, el tipo griego, la gentileza italiana, la elegancia francesa, la corrección británica, la gracia española son hoy meras tradiciones de las que sólo en los libros antiguos se encuentran relaciones. Unas que otras familias de montañeses habían conservado los rasgos primitivos de las razas europeas, que el inmundo mestizaje malogró. Así, por ejemplo, mi familia había conservado, hasta hacía cuatro generaciones, la pureza de su raza; pero mi bisabuela se había casado morganáticamente con un acaudalado fabricante de aeroplanos eléctricos, de perfecto origen afgán. Por libros y papeles de familia sabía que mis ascendientes habían sido rubios como el sol, que de las cuatro ramas, tres se habían mezclado: una, la mía, con sangre afgana, otra con las de un mestizo chino y la otra con la de un sastre samoyedo de origen manchú. La cuarta rama se ignoraba qué suerte había corrido. Mi padre me decía, cuando yo le hablaba de la rama perdida:

- Esos parientes son unos estúpidos que tienen la chifladura de la pureza de la sangre.

Me lo decía en esperanto, que es el idioma universal. Yo, a pesar de ser mestizo de afgán, á pesar de mi color bronceado, sentía en el fondo de mi sangre el aristocrático orgullo y el amor á la belleza de esas razas añejas que la ola asiática envolvió y anonadó para siempre; y aplaudía íntimamente el aislamiento de esa rama que había ido á esconder, en oculta cueva ó inexpugnable montaña, los últimos rezagos de su estirpe. ¡Pobres pueblos europeos! Un tiempo fueron formados por razas viriles y dominadoras, cuyas energías, en constante acción, se desgastaron y decayeron rápidamente: ese fue el momento en que la raza amarilla invadió el mundo, como un alud gigantesco se amalgamó, se fundió con las razas vencidas y extinguió para una eternidad el espíritu antiguo. Todo lo que habían progresado las ciencias, habían retrocedido las artes, pero no hacia Grecia sino hacia la caverna del troglodita ó al kraal de la tribu salvaje. En ese cataclismo de los bellos ideales y de las bellas formas substituidos por nociones utilitarias y concepciones monstruosas, sólo en uno que otro espíritu retrógrado, como el mío, había un regreso psicológico á las nociones antiguas, un sentido estético añejo, un salto atrás en el gusto por los ideales y las formas que la ola de sangre infecta había sumergido en el olvido. Tenía la obsesión de buscar por todas las regiones de la tierra la rama perdida ó ignorada de mi ascendencia latina, en donde aún se conservaban los rasgos de la antigua belleza. Sentía vivo, avasallador deseo de contemplar una de esas cabezas rubias, que sólo podía ver en los grabados de algunos libros de la biblioteca de curiosidades de Tombuctú; pero debo declarar, en honor de la verdad, que gran parte de mi afán era debido al deseo de realizar el experimento de alquimia que había de hacerme uno de los hombres más ricos.

Una mañana me lancé por los aires en mi aeroplano, llevando buena provisión de carnalita ó esencia de carne, legumina, aire líquido, etc., todo lo que necesitaba para proveer á mi vida durante un mes. Crucé é investigué prolijamente las serranías y valles de Afganistán y la Tartaria, las islas de la Polinesia, las selvas y cordilleras de la América austral, todos los vericuetos de la accidentada Islandia: en todas partes encontraba la maldita raza amarilla que había inficionado á la mía, y se había extendido sobre el mundo como una mancha de aceite. En la gran ciudad de Upernafich, fue donde encontré la primera huella de esa familia que yo buscaba. Por los vetustos papeles de la familia sabía que mis antecesores europeos se llamaban Houlot. En un paradero aéreo de Upernawick (sic) oí en el libro fónico de pasajeros este nombre pronunciado por una voz extraña. En varios paraderos oí la misma palabra. Y aun en un hotel más adelantado ví, en el espejo fotogenófono en que se inscriben la imagen y la voz de los pasajeros, ví, repito, la figura de un hombre de unos cincuenta años y de dos mujeres, y oí, al tocar el registro, lo siguiente: “Jean Houlot, mujer é hija (esto en esperanto), últimos vástagos de la raza gala (esto en francés), pasaron por aquí el 18 de marzo de 3028, con dirección á cabo Kane, orillas del mar Paleochrístico, 87 paralelo”. Me puse loco de contento y al día siguiente, á primera hora, me dirigí al lugar indicado, á donde llegué cuatro horas después.

En la puerta de una casucha embadurnada de sulfuro de radio, que la hacía en extremo fosforescente, había un hombre cuyo rostro era el que yo contemplé en el espejo-registro del hotel. Yo había aprendido tres lenguas muertas: el español, el latín y el francés. Me acerqué al solitario individuo y le dije en este último idioma:

-Señor Houlot, vos sois mi tío, y vengo desde Tombuctú, sólo por conoceros y saludar en vos al último vástago de nuestra gloriosa y malograda raza.
-Bien venido seas… sobrino,- me respondió, con aire huraño y desconfiado. – Ya me conoces… pero dime, pues si eres de mi raza lo disimulas, ¿por qué tu rostro es bronceado?
- Mi padre es afgán; mi madre era una Houlot. Cifro todo mi orgullo en la porción de sangre materna que corre por mis venas. Dejadme, tío, vivir cerca de vos para que seamos los últimos jirones de esa raza que muere con nosotros.
- ¡Bah!... no reflexionas que ya en tu sangre hay la mancha asiática.
- ¡Oh tío!, pero conservo sin mancha el espíritu de vuestra raza.
- Bueno, quédate si quieres…; pero te advierto que en mi casa no hay sitio para ti.

Y me quedé efectivamente. Hice que unos samoyedos me construyeran una casa á unas cincuenta leguas, ó sea tres cuartos de hora de viaje en aeroplano. Houlot era muy pobre y yo continuamente le hacía obsequios valiosos de carnalita y oxígeno para calentarse, pues el frío que hacía encima del 85 paralelo era terrible, y se sentía debajo de las pieles de oso y de foca que vestíamos, dejando al descubierto las facciones solamente. Houlot y yo llegamos a intimar, y se admiraba de que siendo yo rico sacrificara mi bienestar en los países del Sur por mera fantasía. Houlot era muy avaro y exageraba su pobreza para explotarme á su gusto. Un día, á pesar de sus precauciones, nos encontramos su hija y yo sobre un témpano. Era una joven de unos 25 años, blanca, pálida, de aspecto enfermizo, de ojos y sonrisas picarescos y con algo de esa belleza perdida que yo había contemplado en las estampas de Tombuctú.

Desde ese día nos amamos locamente al parecer: durante tres meses nos vimos en el mismo sitio y á la misma hora. ¡Cuánto hablamos de amor, iluminados por la luz violácea de la aurora boreal! Y, sin embargo, yo no sabía si era rubia: nunca había visto sus cabellos, pues su vestido de piel de zorro azul, sólo permitía verla el rostro y las manos.

- ¡Oh, si fueras rubia, hermosa niña, te amaría más si cabe, te adoraría con delirio y… harías mi fortuna!
- -Rubia soy, - me respondió con adorable mohín de picardía.

Poco después salimos Houlot y yo á coger morsas en un banco de hielo, situado a 68 leguas más al Norte, y durante el camino aproveché esta circunstancia para exponer mis pretensiones sobre mi prima.

-Mi buen tío, es probable que jamás encontréis, para marido de vuestra Suzón, un hombre de su raza. Yo la amo y soy correspondido. Concedédmela, que al fin y al cabo de vuestra raza soy.
- Tú no eres sino un mestizo infame… Primero os mataré á ambos que consentir en esa unión que ha de mancillar el último resto de sangre noble que hay sobre la tierra. Ruín asiático, ruín asiático… - murmuraba enfurecido.

Yo, que conocía la avaricia de mi tío, no hice caso de sus injurias y añadí:

- Estoy en posesión de un secreto industrial que me hará riquísimo. Si me concedéis á Suzón, os haré mi socio, y os daré un tercio de mi fortuna actual y de la futura.

Mi tío se ablandó; á poco accedió y al fin quedó convenido en que Suzón y yo nos casaríamos dentro de seis meses.

Al mes siguiente nos dirigimos á Terranova á pasar el verano. Poco después de nuestra llegada, pedí á mi novia un rizo de sus cabellos. Suzón se sonrío: quitóse la toca de piel y expuso ante mis ojos una hermosa cabellera rubia como ámbar.

- Escógelo tú…

Caí extasiado de rodillas, y con mano temblorosa escogí diez o doce hebras, que guardé cuidadosamente en mi cartera.

En una habitación tenía preparados mis matraces y retortas. Bajé á la cueva é hice con los cabellos de Suzón las preparaciones convenientes, con estricta observancia de la fórmula alquimista. Cuando saqué en la época oportuna el matraz, estaba éste tan empañado y cubierto de mitro, que no podía verse el interior. Lleno de impaciencia vacié el contenido: era un polvillo rojizo entremezclado de cristalitos de sal marina y pedacillos de resina. En medio de todo estaban unas cuantas hebras de cabello negruzco y sin lustre. De oro no había el menor rastro. Quedé profundamente desconsolado y caviloso. Fui á casa de Suzón para pedirle nuevamente cabello, y repetir la experiencia con mayores precauciones. Entré, y no encontrando al viejo tío en la casa, llegué de puntillas hasta el tocador de Suzón. Ella estaba de espaldas á la puerta con la cabeza sumergida en una jofaina.

- Padre, - dijo al sentir mis pasos.
- No es tu padre, soy yo – contesté cariñosamente.

Suzón dio un grito de sorpresa y se volvió: sus cabellos goteaban una agua de color indefinible.

- ¡Ah, pícaro, me has sorprendido!
- Si… perdóname… pero ¿qué agua verduzca es esa?...
- Eso es… ¡Bah! ¿Por qué no decírtelo, si no es un crimen? ¿No me dijiste que me amarías con delirio si yo fuese rubia?...
- Si, ¿y qué? – respondí pálido, con el rostro contraído por la rabia, pues comenzaba á comprender.
- Que todas las mañanas me tiño el cabello para que me quieras más, -contestó, y con cariñosa coquetería me tendió los brazos húmedos al cuello.

Yo sentí como si me hubieran dado un hachazo. Y, rechazándola violentamente, exclamé vibrante de cólera:

- ¡Bestia! ¡Lo que yo amaba en ti era á la rubia auténtica, á la última rubia, á la que murió con tu abuela!...

Y, sin perder más tiempo, regresé a Tombuctú, donde revisando mejor los papeles de familia he venido á saber que allá por los años 2222, un Houlot había ejercido en Iquitos (gran ciudad de 2.500.000 habitantes, en la Confederación Sud-Americana), la profesión de peluquero perfumista y tintorista de cabelleras.

Probablemente no volverá a existir oro en el mundo, y más probablemente aún, tendré que casarme en Tombuctú con alguna joven de ojillos oblicuos, tez amarillenta y cabellos negros á hirsutos.


Clemente Palma
Cuentos malévolos
Madrid, 1904
Clemente Palma ( 1872-1946) es toda una figura de la cuentística peruana. Hijo del no menos célebre Ricardo Palma, autor de las fundamentales "Tradiciones Peruanas" y resucitador de nuestra Biblioteca Nacional, Clemente Palma fue una figura innovadora de la escena literaria de su tiempo. El aspecto polémico de algunas de sus afirmaciones y juicios literarios, lamentablemente, opacaron el lado más trascendental de su obra, vale decir, el apartarse de las tendencias literarias vigentes en su tiempo y optar por la creación de cuentos en los que primaba el horror, la fantasía. y lo macabro. Es innegable su aporte como cuentista, siendo considerado uno de los primeros cultores del género en nuestro país. También participó en la edición de las revistas culturales Prisma, Variedades y el periódico La Crónica.

Mención aparte merecen sus obras de ciencia ficción, las cuales han sido asombrosamente desapercibidas por los propios estudiosos de su obra. Clemente Palma es autor de La última rubia, El día trágico, Aventura del hombre que no nació, y la asombrosa X.Y.Z. (1934), novela que, de publicarse en nuestros días, sería calificada como mínimo de "posmoderna". En dicha novela, clones de artistas hollywodenses son recreados para solaz del protagonista, cientíico que ha descubierto la manera de conseguir duplicados humanos mediante el uso del elemento radio y la albúmina...

Cabe destacar un hecho curioso: Clemente Palma antepone el epígrafe "Cuento futuro" a La última rubia. ¿Era consciente de que estaba transitando una nueva senda? ¿Se daba cuenta de que se trataba de un cuento no basado en fantasías o ensoñaciones, sino en las especulaciones científicas de su époco? Nótese que las iniciales de "Cuento futuro" son las mismas que las de "Ciencia Ficción": CF.

Lo que es decir: la ciencia ficción en el Perú es más de lo que parece.
Daniel Salvo

Relato tomado de