sábado, 6 de agosto de 2016

La noche de Alejandro

-Pida un deseo.
-
-Correcto. Viajar al pasado... Concedido. !Hey!... !no tan rápido! Se ha ido.
Así de veloz será este cuento. Viajar en el tiempo es posible ya verá. Homero Carvalho Oliva, desde la Ciencia Ficción boliviana nos presenta esta imaginativa variación de las paradojas temporales. ¿Tiene tiempo? Pues léalo.  Jorge Miño. (Quito, 6 de agosto de 2016)




por Homero Carvalho Oliva (1957)

Qué vuelo de relámpagos surgió 
en mi mente para que esta noche 
mi vida haya tenido tanto miedo de mí?
                                                    Émile Verhaeren

            
            Después de degollar al hombre en su propia casa, Alejandro Llanos limpió, con un paño amarillo, metódica y escrupulosamente, sus huellas del lugar. Antes de salir volvió a repasar mentalmente los objetos que sus manos habían tocado y se convenció de que las había limpiado todos y cada uno de los posibles rastros.En el baño lavó la afilada hoja de la cortapluma, con la que había asesinado al hombre, y se quedó mirando cómo la sangre resbalaba por la blanca loza para perderse en el hueco del desagüe. Luego se enjuagó las manos con mucho jabón, se secó con papel higiénico que metió, cuidadosamente, en una bolsita de plástico y lo guardó en uno de los bolsillos de su pantalón. Se acomodó la camisa, subió el cierre de su chamarra hasta el cuello, se miró ante el espejo y no pudo encontrarse en sus oscuras pupilas, dio media vuelta, cerró la puerta del baño, atravesó la casa, el jardín, abrió la puerta de calle, la cerró y salió a la fría noche de invierno.
            Alejandro odiaba el invierno, porque en la ciudad de Santa Cruz de la Sierra es la estación cuando llegan los vientos fríos del sur y congelan hasta los huesos. A Alejandro le gustaba el calor, para caminar con poca ropa, una polera, un jean, un par de cómodas sandalias y, a veces, cuando el sol calcinaba, un sombrero de jipijapa que le había regalado una bailarina ecuatoriana que conoció en un table dance. Alejandro afirmaba, ante sus compañeros de trabajo, porque no tenía amigos con quienes conversar, que era un lobo solitario cazando en la ciudad, que el calor era necesario para los hombres, pues era la estación que propiciaba que las muchachas se vistieran como si fueran aves de vistosos colores y, bastaba un viento ligero para que sus alas se levanten y dejen, al vuelo, ver lo que está reservado para los elegidos; pero no para los agradecidos transeúntes, que por un instante, ante tan maravillosa y sensual visión, lograban olvidar sus problemas. Se consoló pensando que ya faltaba menos de un mes para que terminara el invierno y llegara la primavera. Pasó revista a los sures fríos que aún faltaban por llegar y recordó que quedaban dos de ellos: el de Santa Bárbara y el de Las Mercedes que siempre llegaba, puntual como los cobradores, para la efeméride departamental del 24 de septiembre. Caminó un poco, con las manos en los bolsillos de la chamarra, y tuvo la suerte de encontrar rápidamente un taxi; saludó amablemente al chofer, le indicó la dirección y, mientras el vehículo se dirigía a su bar preferido, recordó cómo había llegado hasta su última víctima. Después de haberlo visto en su trabajo, mientras era atendido por otro de los vendedores, copió los datos del fichero y se dedicó a seguirlo durante dos semanas, para asegurarse que vivía solo en una pequeña casa del barrio Sirari.  La noche del crimen se presentó en el domicilio como un experto en computación que pertenecía a una nueva empresa que iniciaba, puerta a puerta, una promoción de softwares de última tecnología que estaban siendo probados al azar, para medir la receptividad del público cruceño. Sus finos modales, su ropa casual, pero elegante y su amplia sonrisa, le garantizaban la inmediata confianza de los hombres sacrificados por sus instintos criminales. El hombre, un joven de unos treinta cinco años, cuyos pasatiempos eran los juegos en línea, el facebook y el twitter, le abrió la puerta de su hogar, le invitó un vaso de refresco de tamarindo y, después de conversar un poco sobre el mercado de la informática, lo llevó a su estudio. Alejandro llevaba, en esas ocasiones, un maletín negro de cuero, del que extrajo algunos cedes con novedosas aplicaciones y juegos; el hombre, a gusto con el promotor, se sentó confiado frente a la pantalla, mientras Alejandro se colocaba detrás de él, metía la mano en el bolsillo derecho de su pantalón, acariciaba la cortapluma automática que tantos placeres le había brindado, para luego agarrar la cabeza del hombre con su brazo izquierdo, apoyando su robusto cuerpo sobre la espalda, inmovilizándolo completamente, y pasarle rápidamente la cuchilla por la garganta. Sintió como la sangre, roja y caliente, del joven que no llegaría a cumplir treinta y seis años, se escapaba a borbotones junto con su vida; sintió algo parecido al orgasmo que sentía cuando hacía el amor y, en un macabro ritual, levantó los brazos en silencio y con los ojos cerrados. Estuvo así un minuto, como suspendido entre el pasado inmediato y el presente sangriento. Ya estaba hecho, ahora sobrevendrían las consecuencias y, por unas horas, su vida volvería a ser un inevitable naufragio .
            Llegó a su destino, le pagó al taxista, se despidió con la amabilidad que lo caracterizaba, y que lo había hecho un buen vendedor, e ingresó al bar Rock Star, ubicado en las cercanías del parque zoológico, lugar que le agradaba, porque pasaban los éxitos de las mejores bandas roqueras; pidió una cerveza Huari individual y la tomó de un sorbo. Pidió otra, ya sabía que después del gusto de la noche triunfante, vendrían los remordimientos que lo hacían sentir profundamente horrorizado, y que tenía que aplacar necesariamente con alcohol. Esa noche de viernes, como otras similares, no iría al Night club al que asistía los fines de semana para acostarse con alguna de las meretrices; pues como siempre que asesinaba, tendría que emborracharse hasta perder la conciencia, y no saber cómo había llegado a su dormitorio. Esto era algo que se repetía, sin falta, después de cada uno de los asesinatos, como si fuera Sísifo condenado al mismo castigo para la eternidad. Luego de algunas cervezas, pidió cubas libres y le solicitó al barman que pusiera sus piezas musicales preferidas. El barman lo conocía y sabía que le gustaba el rock clásico y lo fue complaciendo, mientras Alejandro, solitario, se iba emborrachando. Ni en ese bar ni en otros que, a veces iba, lo habían visto acompañado nunca, siempre solitario.
            Al día siguiente despertó vestido, con una tremenda resaca que le agudizaba el sentimiento de culpa, “como si hubiera matado a alguien” lo escuchó decir a un colega de trabajo que describía cómo se sentía después de una tremenda farra, y no pudo menos que sonreír por la ocurrencia, porque lo que era un broma para otros, para él era una fatídica realidad. Tomó un jugo de frutas de la heladera, lo bebió con ansiedad junto con una pastilla de paracetamol, se duchó y se fue a trabajar en la empresa de un tío suyo que importaba computadoras. En el día después intentaba concentrarse con fervor en el trabajo, pues temía caer en su propio abismo .
            En el negocio atendía a los clientes, les llevaba los aparatos a sus domicilios, se los instalaba y les hacía mantenimiento. También realizaba visitas para cobrar las cuotas cuando los equipos eran obtenidos a crédito. Esto le permitía salir de su trabajo, sin despertar sospecha alguna, y dedicarse libremente a su mortal pasatiempo. Desde allí, desde la pequeña empresa, había elegido a algunas de sus víctimas, a otras las escogía en la calle o en el supermercado.
            Alejandro ya había perdido la cuenta de a cuántos hombres había asesinado, pero eso sí nunca pensó siquiera en matar a mujeres ni a niños, él tampoco podía explicarse con claridad este impedimento. Era un asesino en serie que tenía sus límites, pensaba Alejandro de sí mismo. Al que primero mató fue a un médico ginecólogo que hacía abortos, al que le había instalado un equipo de computación y, por casualidad, descubrió el verdadero oficio del profesional. De ese crimen hacía como tres años y, desde entonces, lo venía haciendo cada cuatro o cinco meses. Los remordimientos, que se convirtieron con los meses, en agudas depresiones, no solamente lo acechaban después de cada crimen, sino también lo asaltaban cuando algún cliente o alguna persona en la calle, se parecía físicamente a una de sus víctimas. Le costaba conciliar el sueño y tenía que recurrir a las pastillas para dormir; pero aún así tenía horribles pesadillas, en las que sus víctimas se le aparecían para reclamarle por haberles quitado la vida y    recordarle, desde la más oscura región de su mente, que la muerte no prescribe .
            La policía, el primer año, pensó que se trataba de crímenes aislados, pero luego, por el modo de operar del asesino, llegó a la conclusión de que se trataba de la misma persona. Sin embargo, no poseían pistas concretas que los llevasen a identificar y detener al asesino en serie; porque después del primer crimen, Alejandro se había vuelto mucho más cuidadoso para no dejar huellas. Los medios de comunicación se ensañaban con él, llamándolo el “Degollador nocturno” o “el horror de la noche” y lo describían como un monstruo sediento de sangre. Un avezado periodista de crónicas rojas lo había bautizado como “la bestia del zarpazo”, porque comparó el corte en la garganta de los difuntos con la herida producida por las garras de animales salvajes. Cada vez que la policía descubría una nueva víctima, el hecho era ampliamente difundido por los medios de comunicación hasta el paroxismo y la ciudad entraba en pánico, pánico que se curaba en las próximas horas o días con el descubrimiento de otros crímenes más violentos que los de Alejandro. Los alias no lo molestaban, lo que de verdad le preocupaba, y le hacía sentir más culpable aún, era que sabía que no podía dejar de matar.  Lo había intentado de varias maneras, quiso suicidarse y no pudo hacerlo, porque algo dentro de él, una fuerza misteriosa que lo aferraba a la vida, se lo impedía. Incluso había ido varias veces a la Iglesia a pedirle a Dios que ya no le permitiera seguir matando gente; le había suplicado que lo haga morir de repente, atropellado por un camión o por un violento ataque al corazón; pero nada, seguía vivo y seguía cegando la existencia de otros, disparado por un impulso irrefrenable. Era como si hubiera nacido con ese instinto salvaje y cruel, como si el instinto lo llevara en los genes, como si fuera una herencia maldita. Una noche sus remordimientos fueron tan profundos y angustiantes que maldijo a su madre por haberlo engendrado.
            Pasaron unos meses desde su última víctima y sus demonios interiores estaban inquietos, susurrándole que necesitaban de sangre para alimentarse. Anduvo atento buscando a la próxima víctima; pero no encontraba a nadie que le llamara la atención, hasta que en un supermercado observó a un extraño individuo, que vestía como si fuera un nerd, con la camisa blanca cerrada hasta el cuello, las mangas largas abrochadas en la muñeca, pantalones grises de casimir y zapatos que brillaban reflejando las luces eléctricas. Se cercioró que las compras que hacía el hombre fueran para una persona, lo siguió al estacionamiento, lo vio subir a su coche, un modelo antiguo y sucio, y lo siguió en su motocicleta hasta una casa situada un poco lejos de la ciudad. Una vivienda con una barda de tres metros de alto, que tenía alambre de púas electrificado, según lo advertía un letrero. Al día siguiente, temprano, volvió por el lugar, dio unas vueltas en su moto, advirtió que el hombre no salió a trabajar, tomó nota de este detalle que comprobó durante tres días. En su pesquisa descubrió que le entregaban en el domicilio paquetes que provenían de empresas electrónicas, mecánicas y de informática. El hombre vivía solo y trabajaba en casa. Era como si el diablo lo hubiera puesto en su camino.
            Días después, al caer el sol y llegar la noche imaginada para el crimen, agarró su cortapluma y la limpió con un paño, tomó un taxi y se hizo dejar a cuatro cuadras de la casa del nerd. Llegó hasta la vivienda y tocó el timbre, de adentro le preguntaron qué quien era y qué quería y Alejandro respondió que traía un paquete que debía ser entregado en persona. Cuando el hombre le abrió la reja metálica y, después, de comprobar que su simpatía no le daría resultado con esta persona, optó por el camino directo, lo empujó violentamente hacia adentro, cerró la reja y con el arma blanca en el cuello de la nueva víctima lo introdujo a empujones a la casa. No tuvo problemas porque Alejandro era un hombre corpulento, medía un metro ochenta de estatura y pesaba cerca de cien kilos, en cambio su víctima era un pelele que apenas alcanzaba el metro sesenta y era flacucho y débil. Una vez en el interior, el dueño de casa, asustado y nervioso, le preguntó que quién le había pagado para robarle su nuevo invento. ¿Qué invento?, preguntó Alejandro súbitamente. Y el hombre respondió algo de lo que luego se arrepintió: mi máquina para viajar en el tiempo. ¿Máquina para viajar en el tiempo?, replicó Alejandro y él mismo se respondió, no me interesa, yo vengo por ti, me interesa tu vida, tu sangre, le dijo y le dio la vuelta para poder maniobrar con su mano derecha y degollarlo. El inventor cayó al suelo, Alejandro levantó los brazos y cerró los ojos para sentir nuevamente el morboso éxtasis de la muerte, semejante al que sentían los antiguos sacerdotes, cuando clavaban el puñal en el corazón de algún hombre o mujer sacrificados para aplacar la ira de los dioses.    Cuando se le pasó la repentina embriaguez, que lo hacía imaginar que la oscuridad y el mal lo poseían, reconoció que la máquina para viajar en el tiempo se había contrabandeado en su mente. Pensó que Dios se había compadecido de él y le estaba dando una oportunidad para devolverles la vida a sus víctimas y arreglar la suya propia. Buscó entre los cuartos, y en la parte trasera de la casa, junto al garaje, vio un cuarto pequeño. Se dirigió hacia allá y, al pasar la puerta, vio un extraño sillón que se parecía más a los que usan en los Estados Unidos para electrocutar gente, que al aparato que se muestra en las películas de ciencia ficción como la máquina para viajar en el tiempo. No se parecía en nada a la primorosa carroza que había visto en un filme, que parecía salida de algún cuento de hadas, a la que solamente le faltaban los renos voladores. Como tampoco a la inmensa bola metálica plateada o dorada de la que salían decenas de gruesos cables como si fueran tentáculos. El sillón era madera maciza y de las patas sobresalían electrodos de cobre y un casco metálico que permanecía sobre el asiento. El sillón estaba conectado mediante cables a una plataforma giratoria de acero y sobre el apoya brazos izquierdo descansaba un pequeño teclado. Antes de alzar el teclado, sus ojos divisaron un cuaderno de notas sobre el escritorio que se encontraba al fondo la pieza. Fue hasta allí, lo abrió y lo leyó saltando las páginas, de prisa, curioso por saber de qué se trataba todo eso que estaba viendo. Entre las páginas le llamó la atención un nombre: Ronald Mallet. El cuaderno terminó de convencerlo que el hombre que había asesinado era un científico y no un orate de esos que afirman que han inventado remedios para la melancolía. En uno de sus apuntes, el difunto citaba a Mallet, afirmando que era posible “retorcer el espacio” y viajar en el tiempo. El científico asesinado señalaba que su teoría recogía los principios de Mallet y que, a través de la energía láser, trasmitida al cuerpo humano y la generación de un campo de luz alrededor de la silla viajera (así la llamaba el difunto), era posible curvar el espacio-tiempo al punto de navegarlo como si fuera un agujero de gusano. Tomó el teclado, lo miró de un lado y de otro, de anverso y reverso, y, como entendía de computación, descubrió que frente al sillón había un tablero y una pantalla en la que aparecían las letras y los números que él escribía. Se dio cuenta que el método para viajar era sencillo, bastaba con ingresar las fechas y el nombre del lugar para llegar a destino. Se sentó en la silla, se conectó los electrodos, se puso el casco sobre la cabeza,    pensó en su fecha de nacimiento, retrocedió nueve meses antes y escribió el día, el mes y el año de su concepción, junto con el nombre de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra y apretó enter. Sintió como la silla empezó a girar, cada vez de manera más vertiginosa y de pronto un dolor intenso lo hirió por todo el cuerpo, como si lo estuvieran electrocutando y se estuviera quemando por dentro. Parecía que, por fin, Alejandro estaba pagando por todos los crímenes cometidos durante su miserable vida. El dolor y los vertiginosos giros lo hicieron perder el sentido. Despertó en un taller mecánico antiguo, sobre la pared había sensuales fotografías de chicas en biquinis que habían sido recortadas de un periódico, pensó, que en su época, las cosas seguían iguales a las de antes y en los talleres seguían tapizando las paredes con las fotos de las modelos semidesnudas que salían en los periódicos, “estos suplementos son el Playboy de los pobres”, pensó. El año coincidía con el que él había nacido. Salió a la calle y, el sol lo deslumbró, había partido de noche pero por alguna razón había llegado de día, cómo no entendía de los viajes en el tiempo no quiso preguntarse el porqué y buscó un periódico para cerciorarse de la fecha. Era el día, el mes y el año que su madre se había embarazado de él. La máquina para viajar en el tiempo había funcionado. Alejandro sonrió para sus adentros, su redención era posible. Todo estaba bien, Dios así lo había dispuesto. Esta era la segunda oportunidad que esperaba para enmendarse. Evitando su nacimiento, evitaría sus crímenes y salvaría a sus víctimas. No habría más remordimientos. Simplemente no existiría. Sería la nada.
            Aprovechó el día para recorrer la ciudad de su niñez en aquel tiempo cuando parecía otro, y no el despojo tenebroso en que se había convertido los últimos años, desde que empezó a asesinar. Caminó las calles, tomó helados, un refresco de achachairú, un vaso de somó y luego se sentó a ver anochecer desde un café de la avenida Monseñor Rivero. Esperó hasta entrada la noche para ir a buscar a su madre. Conocía muy bien el barrio donde había pasado su infancia, así que se dirigió decidido al lugar. Buscó la calle y llegó a la casa en la que había vivido su niñez, pero la encontró cerrada. Frente a lo que fue su hogar, recordó que durante un tiempo le preguntó a su madre quién era su padre, pero ella siempre eludía la respuesta, hasta que un día, cansada de sus impertinentes    cuestionamientos, le respondió que su padre había muerto antes de que él naciera y que no la molestara más y así lo hizo. Recordó también que cuando tuvo uso de razón se dio cuenta del verdadero oficio de su madre, pero nunca le increpó nada, ni le preguntó que hacía por las noches, pues se dio cuenta que vendiendo su cuerpo era como su madre lo alimentaba, le compraba ropa y le costeaba el colegio. A él nunca le faltó nada, tuvo todo lo que un niño y un joven pudiesen desear.
            Al ver cerrada la puerta, preguntó a un vecino donde podía encontrarla y el vecino sonrió maliciosamente y le respondió que la dueña trabajaba en una casa de citas. “Si a eso se le puede llamar trabajo”, agregó despectivamente; luego le informó que el lenocinio quedaba por el Cementerio General. “Busque por ahí, está en una de las calles laterales. No hay por donde perderse”, aclaró y le cerró la puerta en las narices, sin ni siquiera despedirse.
            Alejandro se dirigió hasta el local mencionado en un taxi. Cuando el taxista escuchó la dirección y el lugar, lo miró por el retrovisor y, estableciendo cierta complicidad, le señaló: “¡con que buscando con quien pasar la noche! Ha elegido un buen lugar, allá las mujeres son bonitas y baratas”. Alejandro no contestó el insidioso comentario y permaneció callado durante el viaje. Al llegar al local se sentó en una mesa en el fondo y, miró con recelo a los hombres que brindaban con las mujeres del burdel. Esa noche uno de ellos, si él no lo impedía, por supuesto, iba a ser su padre.    En la penumbra roja del local miró a cada uno de los parroquianos y a sus parejas, una de ellas podría ser su madre. El primer impulso que sintió fue el de matarlos a todos, uno por uno. En su mirada se podía ver como crecía la muerte dilatando sus pupilas de asesino en acecho. Luego se fue calmando y pensó con la sangre fría con la que seguía y luego asesinaba a sus víctimas. Lo mejor, por el momento, era preguntar si la que sería su madre estaba libre para él, si no lo estaba se las arreglaría para matar a su progenitor aunque tuviera que asesinar a todos los clientes que ella tuviese esa noche. Era la única forma de evitar que su madre sea inseminada por la semilla del mal. Vio que el mozo se acercó a su mesa y, antes de que le pregunte que bebida quería tomar, Alejandro le solicitó que busque a su madre. “Tráigame a Fabiola Llanos”, le pidió, mientras le entregaba cincuenta pesos, “no se ofenda, es para apurar el trámite”, le dijo en tono irónico y el mozo agradecido, le respondió que en seguida lo haría, “tiene usted buen gusto, en seguida se la envío”, dijo y se marchó a buscar a la chica solicitada.
            El mozo no tardó en encontrarla y, poco después, la vio venir más hermosa de lo que la recordaba. Alejandro tenía cincuenta años y hacía diez que su madre había fallecido carcomida por un cáncer de matriz, los últimos años la había visto consumirse y ese era el recuerdo que de ella le quedaba. La visión de esta bella mujer, que no alcanzaba los veinte años y que vestía una minifalda y un topless que dejaban ver un hermoso cuerpo, lo sobrecogió de tal manera que le dieron ganas de llorar en el regazo de ella, como lo había hecho de niño cuando algo lo angustiaba. En el instante que duró en llegar hasta él, Alejandro recordó su infancia y en ella la figura protectora de su madre que no siempre estaba en las mañanas para despertarlo y llevarlo a la escuela, pero que nunca olvidó ninguno de sus cumpleaños, aunque haya llegado amanecida y con la noche a cuestas, se daba modos para celebrárselos con piñatas y payasos. Alejandro tenía sentimientos encontrados respecto a su madre, había días que la recordaba con mucha ternura y otros que la odiaba por las veces que la vio llegar a la casa con algún cliente. Tomó asiento junto a él, lo miró de frente, le dijo que era un hombre muy guapo y le pidió que ordenara unos tragos. “Ya sabés que nosotras ganamos un porcentaje por cada trago que tomemos”, le aclaró y él pidió una botella de wisqui. Antes de pronunciar la primera oración, guardó un breve silencio hasta encontrar las palabras adecuadas y le dijo que era muy bonita. Hubiera querido decirle tantas cosas, pero no podía arriesgarse a que lo tomé por un loco y huya de la mesa echando a perder sus planes. La muchacha agradeció el halago y le confesó que era muy amable, “no vienen muchos caballeros por este lugar”, señaló y desplegó una amplia sonrisa que, por un instante, opacó todo el lugar.
            Roto el hielo, hablaron de las cosas de la vida, él le contó que era divorciado, sin hijos y que le gustaba enamorar a las mujeres bonitas; lo cual era cierto, pero no le dijo que las mujeres, pese a sus buenos modales y apostura, lo abandonaban, espantadas, semanas después que se les pasaba el encanto viperino con el que las conquistaba, porque intuían algo oscuro e inexplicable en Alejandro. Ella le confesó que le hubiera gustado ser otra cosa, terminar la secundaria, salir bachiller, ingresar a la universidad y profesionalizarse, pero que las cosas no siempre salían como uno quería, porque el destino depara sorpresas y ella estaba allí porque sus padres habían muerto en un accidente automovilístico. “No sé hacer otra cosa”, dijo dejando entrever entre las palabras cierta tristeza y resignación. Alejandro sabía que el pretexto era cierto, porque lo había escuchado cientos de veces durante su niñez cuando ella quería justificar sus trasnochadas y le gritaba que no la mire de esa manera, como reprochándole. Como estaba embelesado con la belleza y simpatía de su progenitora no se dio cuenta en qué momento pidió otra botella. Pero para eso había viajado en el tiempo y había ido hasta el local, venciendo la inevitable vergüenza de ver a su madre trabajando de prostituta. Había ido para emborracharla y evitar que, esa noche en especial, tuviese sexo con otros hombres y uno de ellos lo engendrase. Al día siguiente, sería otro día, y ya vería que nuevo plan trazar, por el momento el que había improvisado le estaba dando resultado y deseaba, desde lo más profundo de su corazón, que la noche le fuera perdurable.

            Siguió con la conversación y los tragos y, en el embelesamiento olvidó, que las mujeres que trabajan en ese tipo de locales son expertas en cambiar el alcohol de sus vasos por gaseosas, para que, mientras ellas permanecen sobrias, los clientes siguieran consumiendo más y más, hasta emborracharse y, de esa manera, ellas ganen más dinero. Él no pudo controlarse, quizá por la emoción de ver a su madre tan hermosa, y se emborrachó, irremediablemente, como lo hacía cuando probaba una gota de alcohol y no supo qué pasó después. Despertó sofocado por el calor de la mañana y, al lado suyo, desnuda y sudorosa, descansaba su propia madre.




FIN





Minibio del autor:
Homero carvalho Oliva (Ciencia Ficción boliviana).

Homero Carvalho Oliva, nació en Bolivia, Santa Ana, Beni, territorio de Los Reinos Dorados, en el año 1957. Ha publicado libros de cuentos, novelas, poesía y ensayo. Entre sus libros de cuentos figuran: Biografía de un otoño, El Rey Ilusión, Seres de Palabras, Territorios invadidos y Ajuste de Cuentos. Sus cuentos están en varias antologías nacionales como Antología del cuento boliviano contemporáneo; en lengua inglesa, The fatman from La Paz, y en El nuevo cuento latinoamericano de Julio Ortega. Parte de su obra narrativa ha sido traducida a varios idiomas. En cuento ha obtenido, entre otros premios literarios, el Premio Unico Latinoamericano de Cuento, México 1981; Premio Latin American Writers Institute, 1989, New York; el Segundo Premio Nacional de Cuento, 1995. Su primera novela Memoria de los espejos mereció el Premio Nacional de Novela en 1995    El año 2008 volvió a ganar el Premio Nacional de Novela con La maquinaria de los secretos, una obra dramática sobre la crueldad de las relaciones de poder entre el Estado y la sociedad. Santo Vituperio se constituye en una  de las mejores novelas bolivianas de los últimos tiempos. Su última novela La conspiración de los viejos ha sido considerada como una obra maestra de la literatura boliviana. Entre sus libros de poemas se destacan: Las puertas, Los Reinos Dorado, un extenso poema épico sobre las desaparecidas civilizaciones de Moxos. Su penultima producción es el poemario “El cazador de sueños” que continúa la poética de “Los reinos dorados” y está inspirado en los mitos y leyendas del pueblo movima de la amazonía boliviana. En 2011, es Seres Sobrenaturales y Mágicos de Bolivia, en la cual recupera a los seres míticos que hacen parte de las leyendas de los distintos grupos culturales de Bolivia. Y su última producción, en 2012, es la antología Tres Cielos, sobre la poesía amazónica, donde reúne a 46 autores.