viernes, 26 de mayo de 2017

"Extraños sucesos" por Patricia K. Olivera (Uruguay)




Esa fría noche de octubre de 1938 el viejo Andrés había logrado reunir a las  ovejas para llevarlas de vuelta a la granja. Caminaba detrás, apoyado en un grueso bastón, al tiempo que emitía el característico silbido conocido por los animales. A un costado, el ovejero también buscaba imponerse con insistentes ladridos, apurando a las que quedaban rezagadas.
Sin dejar de morder el palillo que llevaba en la boca, el hombre se quitó el sombrero y escudriñó el cielo  que aún mostraba tonos celestes en algunas zonas, dejando ver apenas algunas estrellas  titilando a años luz de la Tierra. A medida que avanzaban, un suave viento comenzó a levantarse; los animales balaron impacientes, ansiosos por llegar a destino. Un nuevo silbido las llamó a apretujarse, y el perro continuó con su tarea de mantenerlas en el rebaño. De un momento a otro, el viento se hizo más fuerte, sacudió árboles y levantó nubes de tierra y hojas. Una extraña  vibración comenzó a oírse, y aumentó de volumen hasta volverse un sonido atronador. Pronto, las sombras dieron paso a una potente luz proveniente del cielo. El viejo se cubrió los ojos  con las manos, buscando distinguir de dónde provenía esa imponente claridad, al tiempo que trataba de protegerse del viento que parecía que de un momento a otro iba a levantarlo en el aire junto con sus asustados animales. Sobre ellos parecían brillar miles de focos, lo que le impedía ver algo; parpadeó varias veces hasta que la luz disminuyó de intensidad, y lo que vio lo dejo de boca abierta: un disco plateado, de monstruosas dimensiones, giraba con extrema lentitud, emitiendo luces de distintos colores. Un brillante haz de luz los rodeó, como una pared intangible que partía del borde del artefacto hasta el piso. Dentro de ese círculo luminoso no se escuchaba sonido alguno y  todo movimiento había cesado; no ocurría lo mismo fuera del perímetro, donde se podía ver que el viento doblaba las ramas de los árboles y arremolinaba las hojas. Con lentitud, mordisqueando el palillo que todavía tenía en la boca, el viejo bajó los brazos,  sin apartar la mirada de la nave que permanecía suspendida allí arriba. Oyó un chasquido, una compuerta se abrió en la superficie del vientre metálico y una plataforma se deslizó en silencio desde el interior.
Cuando el viejo abrió los ojos,  lo último que recordaba era la potente luz blanca que le había dado de lleno en el rostro.  Intentó incorporarse, pero notó que no podía hablar ni mover ninguna parte del cuerpo; solo los ojos giraban de un lado a otro, en un intento por enfocar algo a su alrededor, pero lo único que logró fue marearse. Se obligó a tranquilizarse, extrañaba el palillo que siempre llevaba en la boca, pensó en las ovejas y en el perro: ¿qué había sucedido con ellos? Su cabeza era un hervidero de preguntas a las que nadie respondía. Poco a poco se fue adormeciendo, con el pensamiento puesto en los animales y en la esposa; ya era tarde, tenía que volver a casa...

En las calles de Nueva York imperaba el caos. En un programa de radio acababan de anunciar que había una invasión de extraterrestres. Más tarde, su responsable se vería obligado a pedir disculpas, y argumentaría que solo se trató de una broma por la festividad de Halloween. Todo había sido una parodia. Sin embargo, en alguna parte, un granjero había desaparecido junto con el  rebaño que conducía esa noche. Un círculo enorme de vegetación, de contorno definido, apareció calcinado justo en el lugar por el que acostumbraba a pasar. A excepción de la esposa del hombre desaparecido, la cual hizo la denuncia esa misma noche al ver que este no volvió a la hora acostumbrada, y de los efectivos policiales, conocidos de todos en esa comunidad tan pequeña, nadie del exterior pareció enterarse de lo ocurrido hasta unos cuantos días después. Cuando la policía local ya no supo dónde más buscar, desconcertada por la repentina desaparición y ante una evidencia que no entendía, finalmente dio aviso a los organismos gubernamentales. Sin que llegara a conocimiento del público, y sin que la transmisión del programa radial se viera interrumpida, ya que atrapaba, al mismo tiempo que aterraba, a miles de espectadores  cada día, la pequeña localidad se vio invadida por expertos del gobierno, quienes cercaron la zona para impedir el paso a cualquiera de sus pobladores; levantaron tiendas de campaña por doquier para que los investigadores husmearan dentro del perímetro enfundados en trajes plateados, portando elementos extraños para medir la radiactividad y  hallar cualquier indicio que los ayudara a desentrañar lo sucedido.

Un chasquido proveniente de alguna parte lo sobresaltó haciéndole recuperar el sentido. Otra vez el forcejeo inútil lo obligó a estarse quieto. Oyó que algo se deslizó, quizá una puerta, aguzó el oído, pero no percibió nada. La desesperación ya comenzaba a hacer mella en él. Intentó gritar,  y no logró emitir ningún sonido. Las lágrimas comenzaron a caer sin control. ¿Qué  sería de él?, ¿qué pensaban hacerle?, se preguntaba, sin sospechar que pronto lo sabría. Quiso gritar cuando sobre su rostro apareció un ser extraño que le acercó los enormes ojos al rostro y le apoyó los dedos largos y pegajosos sobre la piel, inspeccionándole los miembros uno a uno. Rodeado por varios de esos seres ―los que gesticulaban entre ellos y emitían extraños sonidos, y lo observaban como  a una cosa sin alma y sin sentimientos, el martirio le llegó al viejo Andrés cuando, luego de una potente vibración, varias agujas de diversos tamaños comenzaron a emerger del espacio oscuro que quedaba fuera del haz de luz bajo el que se encontraba. No pudo aullar de dolor cuando estas se hundieron sin misericordia en distintas zonas de su cuerpo. Mientras, los expertos del gobierno recababan información en el área donde hacía apenas horas lo habían abducido.

Luego de un par de días, al no hallar nada de interés, el organismo gubernamental abandonó el lugar, dejando todo el terreno removido. El pueblo volvió a la vida rutinaria de siempre, y el incidente cayó en el olvido de inmediato. El escritor del momento hizo historia y su obra de ficción La Guerra de los Mundos, emitida en el polémico programa radial, fue el primer escalón que lo llevaría a la fama. En tanto, el viejo Andrés, sin poder moverse, sin poder gritar, y sin ningún tipo de anestesia, se convertía en un cobayo de laboratorio y contribuía a aportar conocimientos indispensables acerca del cuerpo humano.
Pronto tendría su propio espacio en la colección «Especies extrañas de planetas diversos» .

Este texto, editado recientemente, integra la antología alemana de Ciencia Ficción Around the world in more than 80 cifi stories, en la cual participan escritores de varias partes del mundo. Se  puede visitar en el siguiente enlace: https://drive.google.com/file/d/0B65NWCZD5V9MSXpvSld4Q0MyVEk/view?usp=drivesdk

Patricia K. Olivera vive en Montevideo, Uruguay. Ha colaborado en varias revista literarias virtuales, afines al género fantástico, el terror y la ciencia ficción como miNatura, NM (La Nueva Literatura Fantástica Hispanoamericana), Axxón, Cruz Diablo, Historias Pulp y Relatos Increíbles, entre otras. No tiene libros publicados, pero comparte espacio con diversos autores en antologías extranjeras como: Antología de cuentos de terror: Memento Móri. Proyecto A Arte do Terror (Brasil), Antología de cuentos de terror: Cuentos ocultistas. Editorial Cthulhu (México) y Antología de Ciencia ficción:Around de world in more than 80 cifi stories. Editado por Erik Schreiber (Alemania). Es Correctora de estilo en lengua española, y cursa en forma conjunta las licenciaturas en Lingüística y en Letras en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación (Udelar).
Administra el blog De ciencia ficción by Patricia K. Olivera: http://pkolivera.blogspot.com